jueves, 28 de agosto de 2014

Si yo te amo, dulce Madre

Existe una canción religiosa, dedicada a María, muy conocida en algunos países de Latinoamérica. Me refiero a la titulada “Si yo te amo, dulce Madre”; tanto su letra como su música pueden encontrarse con facilidad en Internet. Se la atribuyen al Santo Hermano Miguel, o firma parecida, como es fácil comprobar en la red, lo mismo que en muchas publicaciones en papel.

Sin embargo, a pesar de los numerosos lugares de todo tipo que aseguran que su autor es el santo lasaliano ecuatoriano, la mencionada poesía mariana no ha sido incluida en el hermoso libro “Cartas y poesías del Hermano Miguel”, que los Hermanos del Ecuador publicaron con ocasión del centenario de la muerte del Santo Hermano[1]. ¿Por qué? La respuesta es sencilla...

El canto no es, en absoluto, desconocido para los lasalianos. De hecho, había sido incluido en un conocido librito lasaliano de canciones religiosas titulado “Cánticos sagrados”, donde se atribuye su letra a “T. Vargas, s. j.”, mientras que la música sería de “A. Recasens, s.s.”.[2] Preguntando en Quito por el jesuita autor, un Hermano entendido me asegura que sería colombiano y respondería al nombre de pila de Teodulfo. He mirado un poco por Internet y la verdad es que no puedo añadir ni confirmar nada sobre dicha persona.

No cabe duda de que, en su inocencia  -pese a algunos términos rebuscadísimos-,  nuestra poesía rezuma ternura y amor a María, “dulce Madre”. El estilo podría calificarse como similar al de tantas composiciones poéticas marianas del santo Hermano Miguel, lo que explicaría la equivocación a la hora de atribuir su autoría. Pero dejémoslo claro: su autor no es nuestro santo ecuatoriano.

Hela aquí tal como la he podido recomponer a partir de algún texto impreso o fotocopiado, y varias páginas de Internet. Se encuentran tantas variaciones sobre los versos o el orden de las estrofas que ¡cualquiera sabe cómo era el original! Añado al final una estrofilla suelta que, siguiendo la lógica del resto del poema, no he podido emparejar de ninguna forma...


Si yo te amo, dulce Madre

1. Si yo te amo dulce Madre,
si yo te amo, saber quieres.
A una Madre cual Tú eres,
¿quién su amor ha de negar?

Pero más amarte quiero,
y que te amen a porfía,
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.

2. Aún no asoma en el Oriente
sonriendo el alba bella,
ya te miro, linda estrella,
en las sombras rutilar.

Cuanto es dulce abrir los ojos
y tu rostro ver, María;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.

3. En el llanto, en los afanes
eres paz y dulcedumbre;
luna hermosa de alba lumbre
en la noche del pesar.

Cuantas veces en ti pienso
me enajena la alegría;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.

4. En asedio me circundan
amistad, placer y oro,
y mi amor, que es mi tesoro,
solicitan sin cesar.

Mas mi corazón es tuyo
pues yo te lo di un día;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.

5. Quiero, Virgen, venerarte,
de tu amor ser prisionero,
y a tu trono elevar quiero
un suavísimo cantar.

Haz tú que este se confunda
con la eterna melodía;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.


(Y una última estrofilla, que ha quedado por ahí colgada, sin su pareja...)

Y en la hora en que el infierno
mueva cruda y fiera guerra,
sé mi escudo, y de la tierra
alegre pueda volar.







[1] Hermanos Guillermo Pérez Pazmiño y Edwin Arteaga Tobón, Cartas y poesías del Hermano Miguel, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Quito 2011. Los Hermanos ecuatorianos acaban de publicar una segunda edición, “aumentada y corregida”, en 2014.
[2] 7ª edición, 1958, cántico número 111, pp. 160-161.

viernes, 22 de agosto de 2014

Vida de comunidad

"Se manifestará y se conservará siempre en este Instituto 
verdadero espíritu de comunidad" (Regla lasaliana primitiva)


¿Qué puede decir un lasaliano sobre la vida de comunidad? ¿Qué es vivir en comunidad?

Muchas cosas, a cual más interesante. Si no, echad un vistazo atento a este vídeo de los Hermanos del Distrito de Argentina-Paraguay, que hablan con el corazón en la mano acerca de su vida comunitaria.

Lugar para compartir, trabajar juntos, labor de un conjunto de personas, encontrarse con otros, complementarse con ellos, mirar hacia un mismo horizonte común, cultivar un clima de fraternidad, compartir, conversar, reflexionar juntos desde la luz de Dios, personas que te escuchan, que te echan una mano, gente con la que reflexionas, con la que oras… Todo eso y mucho más irá saliendo poco a poco de los sinceros labios de estos Hermanos.

Juntos y por asociación”, la divisa lasaliana de la primera hora que sigue hoy, tres siglos y pico después, más viva y boyante que nunca. Veamos a estos Hermanos y escuchemos lo que nos dicen sobre la comunidad: hermoso de verdad, y cien por cien lasaliano.

El vídeo se puede encontrar AQUÍ. ¡A disfrutar!


jueves, 14 de agosto de 2014

Togoville, tierra lasaliana

Como él mismo indica en su post, el Hermano 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Démia, gran organizador y administrador escolar

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (8)

























En nuestra anterior entrega dejábamos a Carlos Démia enviando escritos a las autoridades de Lyon, para convencerlas del gran interés que, desde tantos puntos de vista, tenían para su ciudad las escuelas para pobres. Los esfuerzos de Démia no cayeron en saco roto pues, poco después de la iniciativa epistolar del sacerdote, la ciudad de Lyon abrirá una escuela popular.

El arzobispo, por su parte, encomendará a Démia la dirección general e intendencia de las escuelas de la arquidiócesis de Lyon, tanto de las gratuitas como de las de pago; no olvidemos que la Iglesia era por aquel entonces la responsable oficial única de cuanto tenía que ver con las escuelas. A esta labor de promoción escolar dedicará Démia los últimos veinte años de su vida, demostrando en ella sus altas dotes de organizador y administrador.

Para cumplir su cometido de intendente escolar, lo primero que al buen sacerdote lionés se le ocurre es organizar el ‘Gabinete de las Escuelas’[1], integrado por dieciséis personas, clérigos y laicos, bajo la dirección del propio Démia. El principal cometido de este equipo era visitar las distintas escuelas y discutir luego, en el Gabinete, lo en ellas observado, para corregir deficiencias y mejorar el servicio. “Esta inspección se ocupaba de los reglamentos, los registros de ausencia y asiduidad, y de todos los aspectos del funcionamiento de una escuela. Los visitadores del Gabinete interrogaban a algunos alumnos tomados al azar, ‘sin esperar a que fuesen designados por los maestros’. Les hacían leer […] Se informaban sobre los métodos aplicados. Examinaban los libros que utilizaban. Y si tenían que censurar al maestro u observaban algún fallo, evitaban comentarlo o hacer las críticas en presencia de los alumnos, pero tomaban nota para llevar su informe al Gabinete”. Además de inspeccionar las escuelas, estas personas también visitaban alguna vez a las familias de los alumnos y revisaban las cuentas.

Desde aquel privilegiado puesto de vigía que constituía el Gabinete escolar, Démia se dará pronto cuenta de la necesidad de formación que tenían aquellos maestros, y a ello dedicará en adelante no pocos esfuerzos. En primer lugar procurará que sus maestros fueran personas entregadas en cuerpo y alma a su trascendental función: “En cuanto a los sujetos de los que podríamos servirnos como maestros de escuela, es de destacar que no se debería tomar nunca ni a sacerdotes ni a personas casadas. A los primeros porque desatenderían la dedicación que exige el empleo escolar, a causa de sus otros trabajos, o por los sacerdotes de la zona, que no dudarían en llamarlos para que les ayudaran en sus funciones pastorales, o por otros intereses asociados a su cargo, de manera que acabarían por dejar vacantes sus plazas de maestros. A los segundos porque también se distraerían de su trabajo por cuidar del hogar y por el espíritu mercenario con que ordinariamente actúan”. Así pues, a poder ser, dedicación completa para los maestros.

Démia comenzará enseguida a reunir a sus maestros y maestras, de manera que recen, se formen juntos, confraternicen y creen lazos entre ellos. Para ello, los reunirá un domingo cada mes, maestros y maestras por separado. Esos días tendrán un retiro donde rezarán juntos, recibirán conferencias sobre asuntos profesionales y tendrán ocasión de comentar entre ellos sus cosas y animarse mutuamente.

El interés del director del Gabinete por la formación de los maestros irá aún más lejos, hasta llegar a fundar centros en los que prepararlos para su empleo, porque “nunca se tendrán buenos maestros... a menos que hayan sido formados y adiestrados para esa función”. Para ello, primero, en 1672, organizará el ‘Seminario de san Carlos’, donde jóvenes que se preparaban para el sacerdocio aprendían, al mismo tiempo, los rudimentos de la profesión de maestros. Así, estos seminaristas pasan por el noviciado de las escuelas antes de acceder al sacerdocio, “porque instruyendo a los pequeños aprenderán a instruir a los mayores”.

Quizás en estos planteamientos podamos localizar precisamente algunas de las raíces del fracaso de esta obra, que no sobrevivió a su fundador. Y es que, una vez ordenados, los jóvenes sacerdotes se olvidaban de sus escolares, para dedicarse a otras labores más prestigiosas y lucrativas a las que la ordenación sacerdotal daba acceso. Más tarde, en 1687, Démia fundó el ‘Seminario de Hermanas de san Carlos’, con el objetivo de formar maestras y darles un cuadro de vida cristiana y apostólica apropiado. Esta fundación tuvo éxito, tal vez porque la ordenación sacerdotal no estaba de por medio. Con el tiempo, las Hermanas de san Carlos terminarían constituyéndose en un Instituto religioso que ha perdurado hasta nuestros días.

En el cuadro de esta preocupación por organizar centros de formación de maestros es como Démia se interesa por lo que hace De La Salle, que por esa época está poniendo en pie en Reims un seminario para maestros rurales, aunque con planteamientos muy distintos de los del sacerdote de Lyon. Sea como fuere, alguna noticia de las actividades nuestro Santo Fundador llegaría hasta Lyon, y el jefe del Gabinete escolar lionés trató de informarse como buenamente pudo.

Ni que decir tiene que esta conexión se produciría en ambos sentidos, ya que, tal como se estaba comenzando a comprometerse en el mundillo escolar, parece lógico que a Juan Bautista también le interesasen las noticias sobre las escuelas de Lyon y sus detalles organizativos concretos. Lo más probable es que la vía de conexión entre ambos fuera Nicolás Roland, compañero de inquietudes de Démia en el París común de sus años jóvenes y director espiritual del joven De La Salle.

Hermano Josean Villalabeitia

(Continuará…)




[1] Bureau des Écoles, en su versión francesa original.

lunes, 14 de julio de 2014

La misión, según La Salle


En el vídeo, cuatro Hermanos de La Salle argentinos van desgranado, poco a poco, ante la cámara su concepción de la misión lasaliana. Cuatro Hermanos de generaciones diferentes, con planteamientos e ideas distintas, pero trayendo a sus labios permanentemente los mismos conceptos: Dios, Jesús, niños y jóvenes pobres, educación, comunidad, asociación, Jesús... 
Este vídeo, elaborado por los responsables de la Pastoral Vocacional de los Hermanos del Distrito de Argentina-Paraguay, trata sobre el tema de la misión; lo puedes ver AQUÍ.

viernes, 11 de julio de 2014

Las ‘Advertencias’ de Carlos Démia

                      Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (7)

Dejábamos en nuestro anterior capítulo al Padre Démia, en su Lyon natal, interesado por el problema de las escuelas como medio para corregir la descristianización e ignorancia religiosa que había conocido en sus visitas a las parroquias de su diócesis. Esta inquietud será el inicio de lo que llegaría a ser una vida dedicada por entero a la creación, organización y sostenimiento de escuelas populares.

El pistoletazo de salida de esta carrera escolarizadora lo daría Démia en 1666, con el envío a los responsables municipales de una carta ‘sobre la necesidad de escuelas para la instrucción de los niños pobres’. Dos años más tarde, insistirá sobre el mismo asunto en un escrito algo más extenso y mejor pensado que, a la postre, sería el más conocido del autor. Su título: ‘Advertencias’[1] a las personas importantes de la ciudad de Lyon, un escrito que alcanzó gran difusión porque fue enviado a muchos conocidos de Démia que, a su vez, se lo dieron a leer a otras personas; tuvo, pues, lo que hoy en día llamaríamos un propagación ‘viral’... Uno de los que, sin duda, lo recibió fue el futuro director espiritual de De La Salle, Nicolás Roland, de quien el primer editor de las Remontrances asegura que, impresionado por su lectura, se decidió a fundar en Reims una comunidad para atender las escuelas.

Este opúsculo[2] de las Advertencias está escrito con un estilo vivo y enérgico, que no duda en incorporar, al mismo tiempo, ciertos recursos para ganarse a los lectores a quienes se dirige: las autoridades de la ciudad. Por ello, se puede decir que el texto comienza con un poco de incienso, afirmando que “el principal medio para consumar el esplendor y la magnificencia de esta gran ciudad es crear en ella escuelas cristianas”. Y como remate del escrito, de nuevo se dará Démia a la adulación de la villa para tratar de convencer a sus regidores de lo que esta ganaría con la incorporación de alguna escuela, pues “recibiría así el último rasgo de belleza que parece faltarle para convertirla en perfecta, de modo que en adelante pueda servir de modelo cumplido para otras ciudades del reino”.

Entrado ya en materia, Démia intenta a continuación razonar en torno a la diferencia que existe entre la aportación social de los niños de buena familia, bien educados y provechosos para la sociedad, y los niños pobres, que quedan al albur de sus tendencias naturales porque no tienen a nadie que les enseñe cómo domeñarlas. De ahí la conclusión: “La educación de los hijos de los pobres está totalmente abandonada, cuando tendría que ser la más importante del Estado ya que son los más numerosos en él”.

A la descripción de los males que provoca entre los niños pobres la falta de escuelas para ellos no le falta, en absoluto, crudeza, por pretender quizás Démia desplegar de esa manera su máxima capacidad de convicción: “Los jóvenes mal educados caen en la holgazanería; de ahí que no hagan otra cosa que deambular y correr de un lado para otro; que se les vea amontonados en los cruces de las calles, donde se entretienen hablando como desvergonzados; que se vuelvan díscolos, libertinos, jugadores, blasfemos, violentos; que se entreguen al alcohol, la impureza, el robo y la delincuencia; que se conviertan, en definitiva, en los más depravados y rebeldes del Estado, de quien son miembros, y terminarían corrompiendo al resto del cuerpo si no fuera porque el látigo de los verdugos, las galeras de los príncipes y los patíbulos de la justicia arrebatan de la tierra a estas serpientes venenosas antes de que infecten a todo el mundo”[3]. Un cuadro similar pintará a continuación con protagonistas de sexo femenino: chicas pobres que, tras un sinfín de vicios y perversiones, terminarán cayendo “en la miseria, que es la roca donde ordinariamente naufraga el pudor de este sexo”. De hecho, según indica Démia, “los crímenes son normalmente cometidos por quienes han sido mal educados”. Seguro que no ha pasado desapercibida para el lector la intensa acritud con que el clérigo lionés describe los males sociales a los que puede avocar la miseria.

Pero el perjuicio que esta situación provoca no es únicamente moral, o de costumbres; también tiene gran incidencia económica y social: “De esta penuria de buena educación viene la dificultad que existe para encontrar servidores fieles y obreros competentes”. Obsérvese el punto de vista marcadamente social con que Démia plantea sus reflexiones.

No es que los asuntos propiamente catequísticos no le interesen; de hecho, Démia hace referencia, en algún momento, a prácticas específicamente religiosas, como sermones y catecismos. Pero, a su modo de ver, a los jóvenes dichas prácticas piadosas no les sirven para nada, “porque muchos de ellos no van nunca a la iglesia, y los que lo hacen no aprovechan nada, porque la mayor parte de las instrucciones que en ella reciben no están al alcance de su comprensión, o por […] la corrupción de la naturaleza y las malas compañías”. A nuestro sacerdote probablemente le interesa más el aspecto social porque cree que es la mejor manera de convencer a los responsables del gobierno de la ciudad para que se animen a abrir escuelas. Aunque solo sea por miedo a las posibles consecuencias de tener por las calles a tanta gente rebelde, maleante, revoltosa... “Se ven tantos holgazanes y vagabundos por las calles que, no sabiendo otra cosa que beber, comer y traer al mundo batallones de miserables, podrían provocar desórdenes públicos; porque este tipo de gente está normalmente inclinado a la sedición y es capaz de cualquier empresa maléfica”. Aparecen de nuevo en este texto, como se ve, los paisajes humanos ásperos y desabridos...

Y, como es lógico, tras la descripción del problema llega la propuesta de solución, que no es otra que la escuela, esto es, la formación humana y cristiana de esa gente tan peligrosa para sociedad: “Establecer escuelas cristianas donde los pobres de uno y otro sexo reciban enseñanza gratuita en su primera infancia”. ‘Noviciados’, ‘seminarios’, ‘semilleros’ de ciudadanos adultos, ‘academias de perfección de los niños pobres’... eso son para Démia las escuelas, porque, según indica, “a menudo se encuentra oro en ese barro, y piedras preciosas entre esas rocas, es decir, sujetos tanto o mejor dispuestos para las artes, las ciencias y la virtud que entre el resto de los hombres, como un gran número de ejemplos confirma con bastante claridad”. Según las convicciones de Démia, “de la masa surgirá una élite; la masa misma será un reservorio de fuerzas. Se vendrá a buscar a ella, como en la parábola del Evangelio, jóvenes obreros para la viña”. Además, el remedio escolar promete ser buena solución durante largo tiempo, pues “los buenos hábitos adquiridos en la juventud solo raramente se pierden”.

Una vez expuestos los argumentos, Démia se dirige directamente a los interesados para que reaccionen y se pongan manos a la obra de fundar escuelas para pobres: eclesiásticos, magistrados, constructores... y toda persona caritativa que pueda aportar su “limosna para una buena educación […] Porque esta no sirve únicamente para sostener el cuerpo, sino también para el alimento y la perfección del alma. Cuando se entrega a los pobres víveres contra el hambre o vestidos para los rigores del clima, se les aportan beneficios pasajeros que terminan desapareciendo, unos por la llegada del calor natural, los otros por su consumo. Pero la buena educación es una limosna permanente, el cultivo de los espíritus juveniles un beneficio que poseerán para siempre y del que extraerán frutos durante toda su vida”. Sin olvidar los beneficios espirituales, por supuesto, ya que, una vez formados, los pobres “estarán en condiciones, no solo de escapar a las miserias de la vida, sino, además, por la lectura de buenos libros y la práctica de los mandamientos de Dios, podrán conducirse con eficacia hacia el fin para el que fueron traídos al mundo”.

                                                                  Hermano Josean Villalabeitia
(Continuará…)



[1] El título original completo, de difícil traducción literal, es: Remontrances faites à Messieurs les Prévôt des Marchands, Échevins et principaux habitants de la ville de Lyon. Hoy se cita habitualmente solo con la primera palabra: Remontrances.
[2] Se trataba de un texto muy corto, que probablemente no fuera al principio sino una larga carta, o un breve informe o memorial manuscrito. Probablemente no fue imprimido hasta después de la muerte de Démia, en una recopilación de documentos que circuló bastante.
[3] Podríamos encontrar cierta similitud con estos planteamientos en la visión social que muestra De La Salle en su segunda meditación para los días de retiro, aunque, sin duda, el fundador de los Hermanos lo expone todo con mucha más delicadeza. cf. MR 194,1,1, p. 581.

lunes, 7 de julio de 2014

Romancillo de Juan Bautista

Teresa Carrascal es una profesora de rancia estirpe lasaliana, que sin descanso cultiva desde hace años en las aulas del madrileño Colegio La Salle-Institución
Aparte de sus múltiples habilidades manuales, Tere también exhibe una reiterada afición por los trovos populares, que le viene de familia y exhibe siempre que puede. "Nada de poesía medida y esas cosas  -comenta ella sin darle importancia-; simples rimas que quedan más o menos bien..."
Una de sus últimas composiciones tiene que ver con Juan Bautista De La Salle. Es la que tienes a continuación, muestra indudable de su cariño hacia nuestro Padre y Fundador y, también, de su extenso conocimiento de la vida del santo lasaliano. ¡Enhorabuena, Teresa, por estos sentidos versos!





















En Reims, ciudad distinguida de Francia,
en mil seiscientos cincuenta y uno,
el 30 de abril, en la abundancia,
JUAN BAUTISTA vino al mundo.

Todo parecía resplandecer
bajo el mando del “Rey Sol
y en el gran siglo francés
¡Juan Bautista la luz vio!

Su padre, Luis De La Salle,
magistrado de la Audiencia;
su madre, Nicolasa Moët,
mujer piadosa y con paciencia.

Juan Bautista fue primogénito
de familia numerosa acomodada
y sus padres no dudaron un momento
en proporcionarle una educación esmerada.

¿Le harían un buen soldado?
¿A una carrera de leyes lo destinarían?
Tenía que ser digno de sus antepasados,
pues entre ellos... ¡ilustres personajes había!

Acudió a importantes colegios,
realizó sus estudios sin dificultad,
pero a la edad de quince años
ocurrió un hecho muy particular.

Tenía un pariente de prestigio
que era Canciller en la Universidad
y, además de renombrado canónigo,
fue de la Champaña Vicario General.

Este había decidido retirarse
y pensó en Juan Bautista para sucederle.
Ser canónigo, importante dignidad eclesiástica,
le obligaba a su mayor entrega, en breve.

Con tan solo quince abriles
era canónigo de la catedral de Reims.
Sirvió de modelo y ejemplo
a varones de mayor experiencia y saber.

Con sentida vocación sacerdotal
ingresó en un Seminario de París,
pero su triste situación familiar
le obligó a reflexionar sobre su porvenir.

Con nueve meses de diferencia
a sus dos progenitores perdió,
haciéndose cargo con urgencia
de seis hermanos, pues él era el mayor.

Durante cuatro largos años
la función de tutor desempeñó.
Juan Bautista pidió que le relevasen
y la familia acogió su razonable petición.

En Reims, sacerdote fue ordenado,
celebró su misa en la catedral,
era Ministro de Dios enviado
con una inmensa dignidad.

La educación de los más necesitados
fue la mayor preocupación en su tiempo.
De jóvenes maestros se había rodeado,
¡que a educar también estaban dispuestos!

A su cargo de canónigo renunció,
entre los pobres repartió sus riquezas
cuando un hambre espantosa asoló
y a muchas familias llegó la pobreza.

CONFIEMOS EN LA PROVIDENCIA”,
repetía Juan Bautista a sus Hermanos
y actuando con prudencia
vivieron en comunidad como cristianos.

Fundador de las Escuelas Cristianas
revalorizó la misión del Maestro,
creó nuevos modelos de enseñanza
y la formación religiosa cuidó con esmero.

Le costó grandes sacrificios,
contratiempos, largas horas de plegarias,
dificultades en el camino
y hasta persecuciones inesperadas.

Para reforzar el fervor y la generosidad
de la comunidad de los Hermanos,
se estableció el primer Capítulo General
con los tres votos que se formularon:

ASOCIACIÓN, para sostener las escuelas,
ESTABILIDAD en la sociedad,
OBEDIENCIA a dicha sociedad y superiores,
prometieron con absoluta disponibilidad.

Con la edad, su salud fue empeorando,
la última misa celebró en san José,
y el 7 de abril de 1719
JUAN BAUTISTA en Ruan se nos fue.

ADORO EN TODO LA VOLUNTAD
DE DIOS PARA CONMIGO
fueron sus últimas palabras
con Jesús, su modelo divino.

Nos ha enseñado el amor a los alumnos,
la ayuda constante a sus necesidades,
apoyándoles en sus debilidades
y alentándoles en sus dificultades.

Hoy hay colegios de La Salle
extendidos por 87 países del mundo,
con 85.000 profesores
y cerca de un millón de alumnos.

GRACIAS, JUAN BAUTISTA,
GRACIAS, por tu destacada labor,
GRACIAS, por tu actitud progresista,
GRACIAS, “Hermano”, ... ¡de corazón!


                          Teresa Carrascal
              (Las negritas y mayúsculas son de la autora)