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martes, 5 de mayo de 2015

Nicolás Roland (1642-1678)

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (17)


La influencia de este canónigo remense en su joven familiar lejano, Juan Bautista De La Salle, del que fue director espiritual durante aquel importante lustro en que De La Salle se preparaba para ser ordenado sacerdote, es probablemente mayor de lo que solemos imaginar. Históricamente, Roland se halla en los orígenes del itinerario de nuestro Santo Fundador en un periodo vital en que las personas son especialmente permeables a ciertas influencias. Por otro lado, es llamativo constatar la cantidad de temas desarrollados por Juan Bautista que habían sido ya tratados o, al menos, insinuados por Roland.

Lo primero que sorprende es la similitud de itinerarios vocacionales en ambos. Porque el recorrido espiritual del joven Nicolás Roland se parece mucho, en determinados momentos trascendentales, al de Juan Bautista De La Salle, aunque otros aspectos sean netamente diferentes.

Nicolas Roland nació en 1642, en el seno una familia rica y poderosa de Reims. Era solo ocho años y medio mayor que su posterior dirigido; demasiada juventud para la figura de un director espiritual, lo que no deja de llamar la atención. Que los Roland eran una familia influyente en la villa del champán nos lo puede sugerir el hecho de que varios de sus tíos fueron alcaldes o altos cargos de aquella región, y un par de ellos canónigos; de hecho, el joven Nicolás heredaría la prebenda de canónigo de su familia. Su padrino, el Padre Mateo Beuvelet, perteneció a la comunidad de san Nicolás del Chardonnet y fue un escritor espiritual de renombre. El propio Roland fue criado por una tía, viuda de un alto cargo del municipio remense. Una familia de postín, en efecto...

Nicolás Roland fue educado en coherencia con sus orígenes familiares: aprendió a leer desde muy pequeño y luego estuvo bastantes años interno en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal. Habiendo alcanzado un cierto nivel de formación, abandonó el internado para iniciar una carrera de rico comerciante. A esas alturas de su vida, viajando por alta mar para impulsar definitivamente sus negocios, vive una aventura de intenso peligro, físico y moral a la vez, que le obligará a recapacitar. Aunque no se conocen demasiados detalles de lo que sucedió, es evidente que le tocó sus fibras más profundas, hasta el punto de hacerle regresar a puerto, renunciar a sus proyectos y cambiar de vida por completo; abandonará sus ambiciones mundanas y se decidirá a ser sacerdote para dedicarse por entero a la misión apostólica. He aquí la primera gran conversión de Nicolás Roland: la conversión a Dios y a su Reino.

A resultas de esta conversión, Nicolás intentará hacerse jesuita, pero los seguidores de san Ignacio no le admitirán. Frecuentará luego a los misioneros que se preparaban para ir a Asia, pero tampoco tiene sitio entre ellos, tal vez porque era de salud frágil… Por fin, regresa a su tierra, donde reanuda sus estudios. En 1663 obtiene el doctorado en Teología y poco después hereda la plaza de canónigo teologal en Reims, es decir, se convierte en el encargado de predicar en la catedral todos los domingos y fiestas, teniendo que impartir, además, tres conferencias por semana.

Ordenado sacerdote hacia 1668, se dedicará desde el primer momento a la dirección espiritual de religiosas y sacerdotes. En estas circunstancias le conocerá su compañero en el capítulo de la catedral de Reims, el canónigo De La Salle, que, a su vuelta de París, en 1673, elegirá a Nicolás como director espiritual.


Hermano Josean Villalabeitia

lunes, 6 de abril de 2015

Influencia literaria de Barré en De La Salle

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (16)

Hemos podido entrever ya una posible influencia entre el santo Mínimo Barré y Juan Bautista De La Salle en lo que hace a la forma de animar las escuelas para pobres y a la formación de sus maestros. Pero esta influencia es aún más clara cuando hablamos de libros.

Porque en los escritos de Juan Bautista De La Salle se perciben resonancias indiscutibles de temas que planteó el propio Padre Barré bastantes años antes que él: la oración de atención sencilla, la espiritualidad apostólica de la comunidad de maestras[1], la generosidad (‘desinterés’) de las maestras en su dedicación escolar, el abandono confiado en Dios, la Providencia... Con todo, es muy difícil saber si existió una conexión concreta entre ambos fundadores en estos asuntos, pues hablamos de planteamientos espirituales bastante extendidos en aquella época  —aunque no siempre bien admitidos por todos—, de los que probablemente hubieran acabado beneficiándose nuestros dos santos, personas ambas bien formadas en lo teológico y lo espiritual, y muy sensibles a las corrientes de la época, aun sin haberse conocido y frecuentado.

De lo que no hay duda es de la enorme influencia de las meditaciones que escribió para las maestras el Padre Giry, sucesor de Barré al frente de la comunidad de Hermanas de San Mauro[2], en las Meditaciones para los días de retiro redactadas por De La Salle bastante después. En su extensión y estructura de tres puntos, en su manera de aplicar la reflexión a la vida concreta de las maestras, en su temática  —buen ejemplo, celo, ángeles custodios...—  la influencia es indiscutible.

Las propias Hermanas de Barré, en definitiva, al final de una reciente biografía del Mínimo, indican que “el grupo de maestros de escuela creado por el Padre Barré no sobrevivió. [Pero] los Hermanos de San Juan Bautista De La Salle tomaron el relevo y sienten un profundo reconocimiento por el Padre Barré”. O, en palabras más antiguas del biógrafo Blain, “se puede decir que [Barré] dejó al Señor De La Salle como heredero de su espíritu y de su gracia. El reverendo Padre Barré y el Señor De La Salle son dos hombres a los que la Providencia asoció para la realización de sus designios, a los que condujo, cada uno por su camino, al mismo objetivo, y a ambos los llevó al mismo término, en dos estados diferentes”.

De cualquier manera, si los parecidos son innegables, también hay aspectos que distinguen las obras de Barré de la lasaliana. La diferencia más notable quizás sea que Barré, por razones obvias de sexo, y también porque era un fraile obligado a la vida común con sus frailes Mínimos, nunca compartió vida con sus Hermanas: orientó de cerca sus pasos, se preocupó por ellas, atendió a sus dificultades, pero era alguien que, en definitiva, las dirigía desde fuera.

Además, a su muerte, sus compañeros Mínimos continuaron haciéndose cargo de ellas, hasta el punto de cambiar por completo el proyecto que Barré había puesto en marcha. En realidad, si consideramos el contexto histórico y eclesiástico, la condición femenina de aquellas ‘maestras caritativas’ hacía impensable una verdadera autonomía interna de su comunidad, aunque en su organización hubiera siempre alguna Hermana que ejercía de directora o responsable[3].

De La Salle, desde los primeros momentos de su institución, por consejo del Padre Barré precisamente, se incorporó a ella como uno más, y luchó en todo momento por dotarla de una autonomía que la librase de los peligros de estar sometida a la autoridad de alguien que no conociera bien los entresijos y peculiaridades de la institución. De ahí los tempranos intentos de nombrar a un Hermano como superior de la comunidad, y el acta de elección de superior, de 1694, por la que quienes acababan de fundar, por voto, la Sociedad de las Escuelas Cristianas se comprometían, “en el futuro y para siempre, a que no haya nadie, ni admitido entre nosotros ni escogido como superior, que sea sacerdote o haya recibido las órdenes sagradas,  y que no tendremos ni admitiremos a ningún superior que no esté asociado, y que no haya hecho voto como nosotros y como todos los demás que se asocien en el futuro”. Otra actitud hubiera supuesto, en opinión de aquellos primeros Hermanos lasalianos, con su Fundador al frente, una seria amenaza al Instituto que estaban formando.

Hay otros detalles, como los votos, que la Sociedad lasaliana sí admitió, o el hecho que, en la concepción apostólica lasaliana, la comunidad de maestros fuera un elemento imprescindible, al que de ninguna manera se debía renunciar, por grave que fuera la razón; sin embargo Barré  —como Nyel—  admitía la fórmula del maestro o la maestra aislados.

Distinto es asimismo, al menos en parte, el planteamiento del seminario de formación de maestros, que De La Salle abrió para gente que no pertenecería a su Instituto, dando por sentado que sus candidatos a Hermanos también recibían formación profesional, pero dentro del propio Instituto, en un marco distinto  —aunque con contenidos similares—  del de los maestros que no pertenecerían a la institución de las Escuelas Cristianas. Los seminarios barresianos estaban concebidos como centros de preparación reservados exclusivamente a las Hermanas. Además, el seminario lasaliano impartía la formación antes de salir a dar clase, mientras que las Hermanas de Barré preferían formar a maestras que ya estaban en la escuela, pues consideraban que “las jóvenes puestas a trabajar pronto en la misión adelantan mucho más que si se las instruye durante mucho tiempo antes de ponerlas a dar clase […] La necesidad de actuar es lo que estimula el espíritu y le hace realizar esfuerzos provechosos que forman con rapidez a una maestra”. En los seminarios las ayudaban, más bien, a resolver las dificultades y a reflexionar sobre su misión.

La obra de De La Salle formó desde sus primeros momentos una única y sólida institución compacta, independientemente de los lugares en los que se iba implantando y de las circunstancias históricas que la rodeaban y, con frecuencia, sacudían. Parece como que, desde la fundación, los Hermanos de las Escuelas Cristianas llevaban dentro de sí una energía particular que les permitió sobrevivir unidos a los distintos intentos que sufrieron de deshacer esa consistencia institucional. Las dos Sociedades de Hermanas de Barré, por el contrario, aun reconociendo un origen, una espiritualidad y una filosofía de base comunes, formaron siempre, hasta nuestros días, dos instituciones independientes que, por encima de las diferencias surgidas a lo largo de los siglos, luchan todavía hoy por estrechar lazos y establecer vínculos más sólidos entre ellas.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] “Dios es santo, y solo Él hace santos. Nosotros, al cooperar con su labor de hacer santos, nos convertimos en santos”; “si Dios os halaga y favorece durante vuestras clases, agradecedle su visita, diciéndole que debéis trabajar en sus asuntos por el momento. Rogadle que deje sus misericordias para el tiempo de la oración”.
[2] En sus tiempos jóvenes, el Padre François Giry había sido alumno de Barré en teología. Más tarde fue provincial de los Mínimos y, por tanto, superior canónico del Padre Nicolás Barré. En algún momento actuó también de responsable general de una de las redes de escuelas fundadas por este último. Es de suponer, en consecuencia, que conocería bastante bien su manera de pensar. El Padre Giry falleció en 1665.
[3] De hecho, en los estatutos de Barré existe una serie de figuras ajenas a la comunidad de Hermanas y Hermanos  —director espiritual, director general, administradores temporales, damas asociadas...—  con amplios poderes sobre todas las personas implicadas en la obra de las escuelas caritativas: decisión de fundar en un lugar, cambio de responsables y de maestras, admisión de candidatas, gestión económica... Además, gran parte de estas autoridades externas son elegidas por ellas mismas, sin intervención de maestras o maestros.

lunes, 9 de marzo de 2015

La estrecha conexión Barré-De La Salle

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (15)


El Padre Barré y Juan Bautista De La Salle no se frecuentaron demasiado, es verdad, pero la huella que la espiritualidad del fraile Mínimo dejó en el canónigo remense tuvo que ser muy intensa. No lo afirmamos porque Juan Bautista lo haya consignado expresamente en algún sitio, que no es así, sino por las decisiones que De La Salle fue adoptando en adelante, y mantuvo hasta el final de su vida. De hecho, la fundación lasaliana fue la única que mantuvo los criterios de Barré hasta la muerte de su fundador; luego, como resulta inevitable, también comenzó a evolucionar... Y es que ni las dos congregaciones de maestras de Barré, ni la de Roland, admitieron vivir sin garantías financieras que asegurasen su subsistencia material, y sin patentes reales que oficializaran de alguna manera su existencia en la sociedad de la época. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en cambio, sí lo hicieron, y solo comenzaron el proceso de solicitud de tales patentes tras el fallecimiento de su fundador[1].

De La Salle aplicaría a pies juntillas lo que el santo Mínimo le propuso. Por un lado, la primera invitación fue a vivir con los maestros y como ellos, a guiarlos desde dentro, siendo uno más en su fraternidad. El Padre Barré, por su condición de fraile obligado a vivir en comunidad, nunca pudo practicar en carne propia este consejo; pero De La Salle, sacerdote diocesano sin más obligación concreta que la canonjía, sí que podía hacerlo. De La Salle aplicó el consejo trayendo primero a los maestros a su casa, y yéndose más tarde a vivir con ellos en una casa alquilada.

Pero es que, además, en la propuesta del Padre Barré estaba también el que Juan Bautista renunciara a todos sus bienes, incluida “su prebenda de canónigo, para que se pudiera entregar por entero, sin división, a una obra que le reclamaba por completo, y ofrecer en su persona el modelo de una renuncia total y de un abandono perfecto”, según indica Blain; es más: Barré pensaba que “no atraería la gracia sobre los suyos sino cuando les hubiera dado ese ejemplo”. Además, esos ingentes bienes a los que se le invitaba a renunciar, no debía utilizarlos para garantizar la existencia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, cuya institución estaba a punto de nacer en aquellos precisos momentos. Asegurar la existencia material de una criatura tan frágil era lo que la prudencia más elemental reclamaba, pero el santo Mínimo invitaba a De La Salle a confiar en que su obra nacía por voluntad de la Providencia y, como consecuencia, en buena lógica espiritual, a ella le tocaba otorgar a la fundación lasaliana un futuro luminoso: “Un hombre que no quería más fondos para las Escuelas Cristianas que la divina Providencia, no podía aprobar dedicar los bienes a la fundación de las escuelas. Pensaba que, de todo tipo de fondo, el mejor y más seguro era el abandono a los cuidados del Padre celestial, y que las Escuelas Cristianas se arruinarían si las dotaba de fondos”.


De La Salle nos ha dejado testimonio explícito de cuánto le costó cumplir todas y cada una de las indicaciones del Padre Barré[2], pero, de hecho, las puso en práctica sin tardar demasiado. Y aquí se puede, quizás, descubrir una de las claves del éxito de la fundación de la comunidad lasaliana de maestros, en la que Barré, como tantos otros, había fracasado hasta en dos ocasiones: el que los maestros lasalianos tuvieran desde el principio a alguien de elevada categoría espiritual que vivía como ellos y era uno de ellos, pero que, no obstante, tenía la formación y el criterio suficientes como para orientarlos de cerca con acierto por el camino de la vida interior y el compromiso apostólico escolar.

Ciertamente De La Salle fue un destacado discípulo del Padre Barré, en el ámbito espiritual y en el escolar. Pero, en concreto, ¿qué tomó de él, aparte de su ejemplo y sus consejos? Difícil de responder con detalle...

De fundar escuelas y surtirlas de maestros, De La Salle pasa rápidamente a reunirlos en comunidad e intentar organizar un poco su vida de oración y su cualificación profesional. Y al poco de comenzar a vivir con los maestros, por otra parte, De La Salle materializa su idea de constituir un seminario de maestros para las escuelas rurales. ¿De dónde le llegaron a De La Salle estas ideas, tan peculiares en aquellas fechas?

Porque eran ideas de las que Juan Bautista estaba muy convencido; el marco comunitario para los maestros lo fue apuntalando con cuidado durante toda su vida, y el seminario para maestros rurales constituyó un proyecto que, como a Barré, nunca terminó de resultarle bien, aunque Juan Bautista insistió en su fundación en varias ocasiones a lo largo de su existencia. Así las cosas, nada tendría de extraño suponer que, a la hora de pensar soluciones e imaginar actuaciones concretas, De La Salle se inspiró, de manera más o menos lejana, en cuanto había hecho, o intentado hacer, Nicolás Barré con sus maestras y maestros. Y a partir de una idea inicial iría, más tarde, delineando su propio camino, por supuesto.

Como hemos indicado más arriba, a Rigault no le quedan dudas a este respecto, hasta llegar a colocar un reconocimiento explícito de los hechos en boca del propio Juan Bautista. Lo que no dice el historiador lasaliano es de dónde extrae una convicción tan firme, aunque, ciertamente, la coherencia de toda la historia no está en absoluto reñida con constataciones de ese estilo.

Hermano Josean Villalabeitia





[1] En realidad a De La Salle le pasó, al menos en parte, lo mismo que a su consejero espiritual. Porque a la muerte del Padre Barré, los responsables de los Mínimos que se hicieron cargo de las maestras de Ruan y París pudieron, al fin, asegurar el sostenimiento financiero de tales instituciones por el que tanto suspiraban, y solicitaron su reconocimiento oficial. A ambas decisiones se había opuesto expresamente Barré en vida, suscitando una agria polémica en el interior de su Orden. De La Salle tuvo que conocer, sin duda, esas decisiones y, sin embargo, no cambió de ruta. En este criterio él sí que se mantuvo fiel a los criterios de su maestro Barré. Roland, por su parte, nunca siguió en este asunto al Padre Barré, su inspirador. De hecho, desde un principio decidió poner su fortuna personal al servicio de la fundación de las Hermanas del Niño Jesús y, antes de morir, encomendó a su amigo De La Salle las gestiones para obtener la patente real para sus Hermanas, cuyas primeras gestiones Roland había ya iniciado personalmente cerca de sus amigos poderosos.
[2] Es el llamado Memorial de los orígenes. En él también se recogen los razonamientos que nuestro canónigo remense se planteó ante la posibilidad de abandonar su canonjía para dedicarse a las escuelas; desde el punto de vista meramente intelectual, esto parece que lo tuvo más claro casi desde el principio.

domingo, 9 de noviembre de 2014

La estrecha conexión Barré-De La Salle

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (11)


Beato Nicolás Barré
Cuando trata sobre el Padre Nicolás Barré y su relación con la fundación del Instituto de las Escuelas Cristianas, Blain, el principal biógrafo de De La Salle, no tiene la menor duda: “Si el santo Mínimo [Barré] no tuvo ante los hombres la gloria de haber realizado esta institución [de las Escuelas Cristianas], sí la tuvo, sin duda, delante de Dios, pues de hecho fue el primero que concibió el proyecto, el primero que lo planificó y el primero que trabajó en él”. Según Rigault, el propio “Señor De La Salle, concluyendo sus años terrestres en San Yon, en el suburbio ruanés de San Severo, no se privaba de repetir a quienes le rodeaban cómo las obras de Ruan habían suscitado las de Reims, cómo él mismo había solicitado y seguido los consejos del Padre [Barré] para comprometerse a fondo en su propio camino”. Y, como para justificar su opinión, Rigault añade a continuación un comentario nada gratuito: “Evidentemente, a los Hermanos les gustaba recordar, con Blain, todo lo que tenía que ver con su Congregación en la historia de la capital normanda”.


Pero la influencia no se habría producido únicamente en los aspectos exteriores. Según Blain, el Padre Barré tuvo por aquellos primeros años de la fundación lasaliana una influencia trascendental en la vida espiritual de Juan Bautista, de modo especial en aquellas opciones heroicas que le encaminaron de manera definitiva hacia la opción por las escuelas y a compartir su vida con los maestros, “ya que fue el Padre Barré quien le inspiró el espíritu y las máximas con las que debía guiarse; él quien le sostuvo en las dificultades y contradicciones que encontró; él quien le sugirió los consejos heroicos de abandonar la canonjía, de despojarse de su patrimonio, de distribuirlo entre los pobres, de fundar sus escuelas solo sobre la pobreza evangélica, y de abandonarse él mismo y los suyos a la divina Providencia. En una palabra, fue el Padre Barré quien arrojó en el alma del Santo Fundador las semillas de esta sublime perfección que admiramos”. O, por afirmarlo con aún más rotunda nitidez, “fue él quien animó al Señor De La Salle a comenzar su Instituto y quien le dirigió en esta empresa”.
Pensionado La Salle - Ruan

En otro momento de su obra, Blain adopta una visión algo diferente, aunque también relaciona estrechamente a ambos protagonistas con una obra que, a la postre, resultaría trascendental: los institutos de maestros caritativos que animaban esas escuelas populares. Solo que, en esta ocasión, el biógrafo ruanés distribuye los papeles: “El reverendo Padre Barré, Mínimo, y el Señor De La Salle fueron los primeros que pensaron en establecer Institutos consagrados exclusivamente a la instrucción caritativa y a la educación cristiana de los niños pobres y abandonados. El primero lo consiguió para las niñas; el segundo para los niños. Y estos son los dos tipos de Institutos según los cuales se forman otros”.

En otro momento, respondiendo a una autopregunta retórica, el canónigo Blain se plantea la existencia de precursores de las obras apostólicas escolares de Barré y De La Salle, y hasta se anima a citar algunos: “¿Es cierto que la Institución de las Escuelas Cristianas es tan reciente? Si se contemplan las circunstancias, lo reconozco: es de fecha reciente. Son el reverendo Padre Barré, Mínimo, y el Señor De La Salle los que parecen ser sus primeros autores. Si se les quiere dar un origen más antiguo en Francia, se encontrará un esbozo en los establecimientos de las religiosas Ursulinas, en las instituciones de las Hijas de Nuestra Señora, de la Señora de Lestonac, de las hijas de nombre parecido fundadas por el Señor Fourier, párroco de Mataincourt, y en fin, las Damas Grises, que deben su nacimiento al Señor Vincent y a la Señora Le Gras”. Interesante colección de experiencias previas, a tener en cuenta, sin duda. Aunque, al final, como no podía ser menos, el canónigo ruanés concluya defendiendo reiteradamente su tesis: “Si se examina en su profundidad, en relación con su objeto y su principal fin, no hay nada más antiguo” que las Escuelas Cristianas de Barré y De La Salle; el primero para chicas y el segundo para chicos”.

Ruan (Francia)
¿Hasta qué punto es todo esto tal como lo cuenta Blain, y Rigault con él? ¿No se habrá extralimitado el primitivo biógrafo lasaliano en su loa al Padre Barré, cuyo prestigio en Ruan, ciudad en la que Blain estuvo incardinado la mayor parte de su vida, era muy alto? ¿No se dejaría llevar por aquella corriente popular de simpatía hacia el santo Mínimo, hasta exagerar su influencia sobre el joven canónigo de Reims? No hay que olvidar, por otra parte, que Blain conoció a De La Salle en sus últimos años de vida, y hasta podría considerársele como uno de sus amigos; tenía, por ello, sobradas razones para conocer en profundidad el alma del anciano Fundador[1].

En definitiva, es posible que haya algo de cierto en todas nuestras suposiciones. Pero lo que no se puede poner en duda es la influencia, mayor o menor, que ejerció sobre De La Salle el pensamiento espiritual y las obras apostólicas puestas en pie por iniciativa del santo Mínimo, influencia que llegaría hasta Juan Bautista a través de algunos amigos comunes, como Roland y Nyel, y también mediante el encuentro personal y el intercambio epistolar, por más que no nos quede constancia material de este último.

Hermano Josean Villalabeitia





[1] El Hermano Saturnino comenta la intervención del canónigo Blain en la cabecera del moribundo De La Salle, para tratar de aclarar el delicado problema de la suspensión de sus facultades como sacerdote, que se gestaba en el arzobispado contra el fundador de los lasalianos. Blain, buen conocedor del tema por ser uno de sus protagonistas, lo cuenta al detalle, pero no ha quedado ningún registro documental más sobre el incidente, por lo que nada concreto se ha llegado a saber en firme. De cualquier manera, da la sensación de que Blain, más que gestionar, como un funcionario diocesano más, un asunto oficial del arzobispado, lo que hace es preocuparse por resolver las dificultades de un amigo personal.

lunes, 7 de julio de 2014

Romancillo de Juan Bautista

Teresa Carrascal es una profesora de rancia estirpe lasaliana, que sin descanso cultiva desde hace años en las aulas del madrileño Colegio La Salle-Institución. 
Aparte de sus múltiples habilidades manuales, Tere también exhibe una reiterada afición por los trovos populares, que le viene de familia y exhibe siempre que puede. "Nada de poesía medida y esas cosas  -comenta ella sin darle importancia-; simples rimas que quedan más o menos bien..."
Una de sus últimas composiciones tiene que ver con Juan Bautista De La Salle. Es la que tienes a continuación, muestra indudable de su cariño hacia nuestro Padre y Fundador y, también, de su extenso conocimiento de la vida del santo lasaliano. ¡Enhorabuena, Teresa, por estos sentidos versos!





















En Reims, ciudad distinguida de Francia,
en mil seiscientos cincuenta y uno,
el 30 de abril, en la abundancia,
JUAN BAUTISTA vino al mundo.

Todo parecía resplandecer
bajo el mando del “Rey Sol”
y en el gran siglo francés
¡Juan Bautista la luz vio!

Su padre, Luis De La Salle,
magistrado de la Audiencia;
su madre, Nicolasa Moët,
mujer piadosa y con paciencia.

Juan Bautista fue primogénito
de familia numerosa acomodada
y sus padres no dudaron un momento
en proporcionarle una educación esmerada.

¿Le harían un buen soldado?
¿A una carrera de leyes lo destinarían?
Tenía que ser digno de sus antepasados,
pues entre ellos... ¡ilustres personajes había!

Acudió a importantes colegios,
realizó sus estudios sin dificultad,
pero a la edad de quince años
ocurrió un hecho muy particular.

Tenía un pariente de prestigio
que era Canciller en la Universidad
y, además de renombrado canónigo,
fue de la Champaña Vicario General.

Este había decidido retirarse
y pensó en Juan Bautista para sucederle.
Ser canónigo, importante dignidad eclesiástica,
le obligaba a su mayor entrega, en breve.

Con tan solo quince abriles
era canónigo de la catedral de Reims.
Sirvió de modelo y ejemplo
a varones de mayor experiencia y saber.

Con sentida vocación sacerdotal
ingresó en un Seminario de París,
pero su triste situación familiar
le obligó a reflexionar sobre su porvenir.

Con nueve meses de diferencia
a sus dos progenitores perdió,
haciéndose cargo con urgencia
de seis hermanos, pues él era el mayor.

Durante cuatro largos años
la función de tutor desempeñó.
Juan Bautista pidió que le relevasen
y la familia acogió su razonable petición.

En Reims, sacerdote fue ordenado,
celebró su misa en la catedral,
era Ministro de Dios enviado
con una inmensa dignidad.

La educación de los más necesitados
fue la mayor preocupación en su tiempo.
De jóvenes maestros se había rodeado,
¡que a educar también estaban dispuestos!

A su cargo de canónigo renunció,
entre los pobres repartió sus riquezas
cuando un hambre espantosa asoló
y a muchas familias llegó la pobreza.

“CONFIEMOS EN LA PROVIDENCIA”,
repetía Juan Bautista a sus Hermanos
y actuando con prudencia
vivieron en comunidad como cristianos.

Fundador de las Escuelas Cristianas
revalorizó la misión del Maestro,
creó nuevos modelos de enseñanza
y la formación religiosa cuidó con esmero.

Le costó grandes sacrificios,
contratiempos, largas horas de plegarias,
dificultades en el camino
y hasta persecuciones inesperadas.

Para reforzar el fervor y la generosidad
de la comunidad de los Hermanos,
se estableció el primer Capítulo General
con los tres votos que se formularon:

ASOCIACIÓN, para sostener las escuelas,
ESTABILIDAD en la sociedad,
OBEDIENCIA a dicha sociedad y superiores,
prometieron con absoluta disponibilidad.

Con la edad, su salud fue empeorando,
la última misa celebró en san José,
y el 7 de abril de 1719
JUAN BAUTISTA en Ruan se nos fue.

“ADORO EN TODO LA VOLUNTAD
DE DIOS PARA CONMIGO”
fueron sus últimas palabras
con Jesús, su modelo divino.

Nos ha enseñado el amor a los alumnos,
la ayuda constante a sus necesidades,
apoyándoles en sus debilidades
y alentándoles en sus dificultades.

Hoy hay colegios de La Salle
extendidos por 87 países del mundo,
con 85.000 profesores
y cerca de un millón de alumnos.

GRACIAS, JUAN BAUTISTA,
GRACIAS, por tu destacada labor,
GRACIAS, por tu actitud progresista,
GRACIAS, “Hermano”, ... ¡de corazón!


                          Teresa Carrascal
              (Las negritas y mayúsculas son de la autora)        



miércoles, 7 de mayo de 2014

Pedro Fourier y otras congregaciones

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (5)

Así como todo parece indicar que los escolapios apenas tuvieron ninguna influencia en el modelo de escuela que impulsaron los primeros Hermanos de La Salle, otras congregaciones francesas, de corte más o menos cercano al de la de José de Calasanz, sí tuvieron una influencia más significativa en las escuelas populares que estaban gestándose por esa época en tantos rincones de Francia; entre ellas, las lasalianas.
Beato César de Bus

En la región de Aviñón, por ejemplo, de la mano del inquieto César de Bus, surgió la Congregación de la Doctrina Cristiana, que en un principio se dedicaba expresamente a la educación de los pobres. Con el tiempo, no obstante, su clientela varió y terminaron manejando el latín y dirigiendo colegios de postín, como los jesuitas o los oratorianos.

Mucho más próximos a la experiencia lasaliana podemos encontrar, con todo, otras congregaciones, promovidas por los padres Barré, en Ruan y París, Roland, en Reims, o Démia, en Lyon  —estos dos últimos orientados, en cierta medida, por los consejos por el primero—  de las que tendremos tiempo de hablar más adelante.

Entre las que no tienen una ligazón directa con Juan Bautista De La Salle tal vez la fundación más interesante sea la de Pedro Fourier, iniciada en la región de  Lorena, no lejos de Reims, en 1597: las religiosas de ‘Nuestra Señora’, que con seguridad De La Salle tuvo oportunidad de conocer en acción en el monasterio-escuela que tenían Reims; de hecho, varias familiares de nuestro Fundador habían ingresado allí como monjas. En realidad, como sucedía con las ursulinas o las salesas  —que no tenían convento en Reims—, entre las monjas de Nuestra Señora solo una de cada tres religiosas del monasterio se dedicaba a la enseñanza; las demás ocupaban toda la jornada en la contemplación, como las demás monjas de clausura. Algunas ‘jóvenes bien’ viven internas en el monasterio con las Hermanas, pero también admiten como externas a las niñas pobres que estén interesadas.

Por ceñirnos exclusivamente a la experiencia escolar de las discípulas de Fourier, subrayemos, de entrada, su deseo explícito de no admitir en su co
munidad, organizada a la manera de los monasterios medievales de monjas canonesas  —clausura estricta incluida[1]—, sino a jóvenes bien dispuestas para ejercer el empleo de educadoras, de modo que las niñas pobres pudieran tener siempre a su disposición a las mejores maestras.

San Pedro Fourier
Esta marcada orientación en favor de la educación de los pobres llevó asimismo a las discípulas de Fourier a una opción por la gratuidad, que se sustentaba en las dotes que depositaban las monjas al ingresar en la comunidad, pues de allí venían los fondos para asegurar el funcionamiento de las escuelas. Sorprendente  —y más si consideramos que surgió en ambiente monástico—  es, asimismo, la decisión de dar prioridad a la lengua materna sobre el latín, que también se estudiaba en las escuelas de las monjas de Nuestra Señora cuando el aprendizaje del francés andaba ya algo avanzado.

Si nos centramos en la manera en que las discípulas de Fourier organizaban sus escuelas nos sorprenderemos de sus originales y fecundas iniciativas, muchas de las cuales tuvieron continuidad en otras instituciones. Para empezar, digamos que, como objetivo general, en las escuelas de la Congregación de Nuestra Señora “las niñas aprenderán a leer, a escribir y a ocuparse en algunos trabajos manuales honrados y apropiados para ganarse con ellos el pan y aprovecharlos en el hogar de diversas maneras... Se les enseñará con suavidad y discreción algunas cosas sencillas que podrán servirles luego, como coser y arreglar sus vestidos, mantenerlos limpios, recomponerlos... Para la ortografía, se les dejará, a veces, recibos, obligaciones, pagarés, recetas, facturas por mercancía vendida, trabajos realizados, dinero prestado u otras cuestiones diversas que se manejan todos los días en los negocios del mundo y que, para mayor seguridad, necesitan presentarse por escrito”. Es, como se ve, una visión muy práctica de la escuela, considerada como un lugar de preparación directa para la vida.
Religiosa de Nuestra Señora

En cuanto a la organización más concreta de la actividad escolar, toda la escuela estaba dividida en tres clases, según los niveles de lectura de las niñas, desde las que empezaban a deletrear hasta las que eran capaces de leer manuscritos, pasando por las que se atrevían con los libros. Cada clase estaba, a su vez, dividida en bancos de hasta veinte escolares, a cuyo cargo había una maestra, que normalmente las atendía de una en una. En ocasiones, todas las alumnas de un banco hacían la lectura juntas; para ello debían disponer todas del mismo libro. Para escribir se organizaban de manera similar, pero para el cálculo, dado que las diferencias entre alumnas eran mayores, se subdividía cada banco en varios grupos formados por alumnas de nivel parecido. Y, cuando hacía falta, se utilizaba una pizarra colocada en lugar bien visible. Al frente de la labor escolar global una religiosa ‘intendente’ coordinaba todo y velaba por que las cosas se hicieran bien; la acompañaban varias maestras preparadas y obedientes, contentas de trabajar en las escuelas para niñas pobres.

San Pedro Fourier
Las religiosas del Padre Fourier concibieron y pusieron en práctica un sistema realmente sencillo de hacer las cosas en la escuela, que, con todo, en aquel tiempo resultaba tremendamente novedoso, y hasta revolucionario. Con el paso del tiempo, tendrían una influencia notable, al menos en Francia. Sin embargo, en relación con las escuelas de chicos, y más en concreto con las escuelas de los Hermanos de La Salle, estamos tentados de decir que, aun coincidiendo en algunas cuestiones  —gratuidad, distintas facetas de la organización de la escuela en clases y bancos, motivación de los maestros, formación para la vida, preferencia de la lengua materna...—, la influencia directa fue muy pequeña. En especial por dos razones concretas, estrechamente relacionadas entre sí: por un lado, porque se trataba de escuelas para chicas, con formas de hacer muy genuinas de la educación femenina y objetivos finales muy conectados con el mundo concreto que esperaba en la sociedad a aquellas chicas cuando fueran mujeres; por otro lado, porque su estilo monástico de vida, y en especial su clausura, marcaban de manera inevitable toda la actividad de aquellas buenas Hermanas, en modos concretos muy difíciles de conciliar con el estilo de aquellas auténticas escuelas de barrio que fueron las de los primeros Hermanos.

Pedro Fourier intentó fundar una orden similar a la de las Hermanas de Nuestra Señora, pero masculina. Como tantos otros después de él, fracasó en su intento. ¿Razones? Muchas, como es lógico; entre ellas, probablemente, la dificultad de conciliar escuela y monasterio; y también, sin duda, tratándose de monjes, el clericalismo, o, por decirlo con más suavidad, la excelsa concepción del sacerdocio que circulaba por aquella época en comparación con la del empleo escolar, mucho más indigna.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] En realidad, la intención de Pedro Fourier era librar a sus Hermanas de la clausura monástica, pero la Santa Sede no aceptó su idea y las sometió por bula, en 1628, al régimen común de las monjas.