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martes, 26 de mayo de 2015

La Salle con los niños de la calle de Abiyán

Hogar Akwaba, de Abiyán (Costa de Marfil)


UN FUTURO DE DIGNIDAD 
PARA LOS NIÑOS DE LA CALLE

África no se asoma demasiado a los medios de comunicación occidentales. Y, si lo hace, suele ser para presentar paisajes, tradiciones ancestrales o comportamientos que por su exotismo, colorido o rareza atraen la curiosidad del espectador sensacionalista, cuando no son noticias de guerras u otras catástrofes cuyas dramáticas consecuencias impresionan por todas partes.

Existen, no obstante, realidades africanas muy crudas que rara vez saltan a las portadas de nuestros periódicos, porque parecen no adornarse con el patetismo imprescindible para resultar atractivas. Pero no por ello dejan de constituir auténticas heridas abiertas por las que las sociedades africanas sangran sin cesar y van perdiendo jirones de su porvenir y su esperanza.

Un hogar para niños de la calle.- Uno de estos ignorados problemas de África es el de los llamados “niños de la calle”, circunscrito a ciudades más bien grandes, que, de acuerdo con los datos más recientes, no hace más que crecer. Hasta hace poco se trataba de un fenómeno exclusivamente masculino, pero entre ellos se ven cada vez más chicas.

Al mismo tiempo que los niños de la calle aumentan, distintas personas e instituciones, fieles a su vocación de socorrer a los más necesitados, se lanzan sin contemplaciones al encuentro de estos menores en dificultad para tratar de aliviar de su deplorable situación.

Una de estas instituciones es el “Hogar Akwaba”, de Abiyán (Costa de Marfil), dirigido por los Hermanos de La Salle, que atiende a una cincuentena de niños de entre 8 y 15 años, llegados directamente de la calle, la policía o algún otro organismo implicado en esos asuntos. Una minúscula gota de agua en el inmenso océano de necesidad que constituyen los alrededor de 30.000 niños de la calle que se calcula viven en la metrópoli marfileña, pero una gota que, de no estar allí, se echaría en falta.

La palabra “akwaba”, en lengua local, significa “bienvenido”, toda una declaración de intenciones sobre lo que desde el primer instante quiere ser el Hogar para cuantos se acogen a él: cariño y atención personal, comida sana y abundante, atención médica cuidadosa, deporte, ocio, educación especializada, camaradería, tareas domésticas para colaborar en el mantenimiento de la casa limpia y los jardines en condiciones... con un insistente acento en el aseo personal y la correcta vestimenta en todo momento...

Un hogar, en definitiva, donde todos puedan sentirse a gusto y disfrutar de su amplia cuota de dignidad y respeto; todo lo contrario de lo que habitualmente sucede en los círculos de los que proceden. Con todo, la ocasional huida de algún chico, para reintegrarse a sus antiguas cuadrillas callejeras, invita a no idealizar en exceso la vida cotidiana del Centro, al menos desde los criterios de algunos internos.

El Hogar lo atienden tres Hermanos de La Salle  –dos españoles y un burkinés–  apoyados por seis monitores locales y una pequeña nube de voluntarios, la mayor parte de ellos jóvenes religiosos en formación, de ambos sexos, que complementan sus estudios teóricos de pedagogía, trabajo social, enfermería, pastoral, etc., con el acompañamiento de los chicos del Centro y la animación de actividades para ellos y con ellos.

Aunque tampoco conviene llevarse a engaño: el objetivo esencial del Centro no es hacer que los internos se sientan a gusto en él, sino encontrar a sus familias y disponerlo todo para que los chicos puedan retornar cuanto antes a ellas, en las mejores condiciones. El buen ambiente en el Hogar es un medio imprescindible para cumplir adecuadamente sus metas, pero no el fin primordial.

                En busca de la familia.- Cuando un niño llega a Akwaba lo primero es ocuparse de su persona y de su dignidad: lavarlo, vestirlo, curarlo, darle de comer y buscarle unos compañeros que le ayuden a integrarse cuanto antes en la rutina del Centro, cosa más complicada de lo que a primera vista podría parecer.

Pero cuando estos primeros auxilios urgentes han sido adecuadamente cumplimentados comienza una tarea no menos delicada: conocer las circunstancias por las que ese niño ha terminado en la calle, empezar a comprender cómo valora su situación y obtener datos para localizar a su familia. Dará así inicio un proceso de indagación, a veces lejos de la ciudad, con visitas a la familia cuando ha sido localizada y reiteradas invitaciones a que pase periódicamente por el Centro para conocer mejor al chico, dialogar con el equipo responsable de Akwaba e ir madurando la decisión de acoger de nuevo a su hijo en casa. Una mediación en toda regla, entre el chico y su familia, que nunca resulta sencilla.

A veces los propios chicos entorpecen la progresión de este proceso al no colaborar en las pesquisas, desviar las pistas o estropear los contactos una vez que se han producido. Por parte de las familias tampoco se ve siempre nítido el panorama y suelen iniciar la aproximación con bastantes recelos, lo que no ayuda a que las cosas marchen sobre ruedas precisamente. En ocasiones, por más iniciativas que se intentan, no aparece nadie de la familia; en estos casos una posibilidad interesante puede ser encontrar una familia de acogida. En fin: procesos cuya complejidad tiene una explicación sencilla: las amargas experiencias que han dado con los menores en la calle.

Porque si tratásemos de imaginar qué motivos han podido empujar a esos niños a escapar de casa, fácilmente nos vendrían a la cabeza unos cuantos de peso: la miseria en que vivía su familia, el excesivo trabajo o duro trato al que se veían sometidos... Y estas cuestiones suelen tener su influencia en el problema, por supuesto. Pero los verdaderos motivos, los decisivos, son de otra índole. Es lo que aseguran los propios chicos cuando se les pregunta: “me pegaban”, “murió mi madre y con mi madrastra todo cambió”, “mis padres se separaron”, “no me querían”, “se olvidaron de mí”... Algunos incluso han llegado a ser considerados en su familia como “niños brujos”, causantes de la muerte de algún familiar o de múltiples desgracias. Como consecuencia, sufren un rechazo social angustioso y, si no escapan, pueden ser cruelmente torturados y hasta asesinados.

Como puede apreciarse, se trata siempre de un problema afectivo; los niños se lanzan a la calle como consecuencia de los conflictos conyugales de sus padres, del fallecimiento de la madre, de los golpes y amenazas que reciben en casa, del rechazo o indiferencia de los suyos... A veces su reacción es inmediata: se van justo después de un incidente doloroso; en otras ocasiones el vaso se va llenando poco a poco, hasta que, al final, rebosa y el niño se marcha.

Recomponer una relación tan profundamente marcada por el fracaso afectivo resulta muy complicado; no es extraño, por tanto, que los niños tiendan a rehuir el intento, o lo abandonen en cuanto aparecen los primeros obstáculos. El proceso de reinserción en la familia es, en definitiva, muy arduo. De hecho, algunos niños terminan regresando a la calle poco después de haberse reincorporado a sus familias.

Hay, con todo, chicos que han llegado a las calles como consecuencia de los últimos conflictos bélicos del país o la muerte de sus padres  –con frecuencia a causa del sida, lo que a la desgracia de la orfandad añade el estigma social–. Con ellos, la problemática afectiva suele ser distinta, así como los recursos a los que se puede acudir.

La educación, clave fundamental.- Otro aspecto prioritario en el Hogar Akwaba es la educación, entendida de manera integral, que persigue formar a los muchachos en todos los aspectos de su persona: corporales, intelectuales, sociales, emocionales, culturales, cívicos, morales... Todos juntos, complementándose mutuamente, han de contribuir a hacer de los chicos personas de paz, de justicia, de libertad responsable, de compromiso, de coherencia, de seriedad... Artífices activos de un mundo muy distinto del que ellos mejor conocen por haberlo frecuentado intensamente. Tanto la organización del Centro, con sus valores, criterios, actividades, reglamentos, etc., como la dedicación y entrega de todos sus educadores están al servicio de este objetivo fundamental.

Más allá de la experiencia cotidiana de convivir en armonía, bajo criterios comúnmente aceptados, un instrumento específico para cultivar con denuedo muchos de estos valores es la escuela, que en el Hogar Akwaba se organiza en dos estructuras diferentes. Por un lado, una escuela llamada “de base”, con contenidos muy elementales y metodologías apropiadas, que tiene su sede en el propio Centro. A ella acuden tanto los chicos del Hogar cuya asistencia se juzga conveniente como otros escolares de diversas escuelas de la ciudad con serias dificultades para seguir el ritmo normal de las clases; en la escuela de base de Akwaba encuentran todos la posibilidad de recibir una atención adaptada a su poca capacidad, o a su deficiente escolarización. En abril de 2014, esta escuela de base del Centro acogía a 44 niños del propio Hogar y a 70 externos  –88 chicos y 26 chicas en total–  distribuidos en varios niveles.

No faltan chicos que son capaces de seguir los cursos normales de las escuelas; algunos de ellos destacan incluso por sus buenos resultados. En este caso, se les busca un puesto escolar adecuado y se sigue con atención su evolución en él. Algunos externos de la escuela de base que se recuperan adecuadamente de su situación inicial también pasan a este proceso de normalización escolar, en las mismas condiciones que los internos del Hogar. En abril de 2014 el Hogar Akwaba seguía en la ciudad la marcha escolar de 9 chicos del Centro y 10 externos; de ellos, 3 chicas.

Dificultades en estas actividades escolares se pueden imaginar sin esfuerzo: escaso nivel de estudios y de interés por la escuela, ausencias injustificadas, dejadez de los padres en el seguimiento los chicos, indisciplina, robos, pérdida y destrozo de materiales... Nada que no se pueda combatir con la paciencia, el buen hacer y el compromiso de los maestros.

Para los más mayorcitos, como remate de los esfuerzos escolarizadores anteriores, existe la posibilidad de ingresar como aprendiz en alguno de los talleres colaboradores del Centro, en especialidades como costura, carpintería, mecánica del automóvil, fontanería, etc. Además, para complementar esta formación profesional directa, Akwaba organiza para ellos cursos de alfabetización que tratan de fijar lo mejor posible ciertos aspectos fundamentales de lengua, hablada y escrita, cálculo, cultura general y civismo. La verdad es que este apartado sobrevive a duras penas porque no es fácil encontrar, con realismo, especialidades que entusiasmen a los aprendices, ni profesionales que colaboren de buen grado en aspectos formativos que ni son prioritarios para ellos ni generan beneficios contables inmediatos. Aún así, en 2014 el Centro seguía a dos aprendices de Akwaba y a otros 14 externos, casi todas chicas.

Todo el anterior entramado de herramientas socio-pedagógicas se completa con una serie de actividades más o menos habituales que podríamos agrupar bajo el denominador común de “relación de ayuda”, con el apoyo de algún especialista cuando se ve necesario: escucha activa de los chicos, individualmente o en pequeños grupos; elaboración de un proyecto de vida para cada uno de ellos, que se evalúa y corrige periódicamente; tutorías semanales; análisis detallado de casos concretos; etc.

                Encontrarse con los niños en su ambiente.- Una última actividad fundamental del Hogar Akwaba son las salidas para ir en busca de los chicos de la calle, a los lugares habituales donde ellos se mueven. Pensemos que para estos chavales las calles están llenas de atractivos  –cartas, tabaco, alcohol, drogas, peripecias diversas...–  a los que no es fácil renunciar, como tampoco resulta sencillo dejar de moverse a sus anchas, haciendo en cada momento lo que les venga en gana.

La gran preocupación cotidiana de esos niños suele ser conseguir comida. Para ello, algunos se dedican a la mendicidad; otros prefieren cargar mercancías en tiendas y mercados: a cambio de unas monedillas ofrecen su caja de cartón y, una vez llena, la llevan al coche, que pueden incluso vigilar mientras el “patrón” realiza otras gestiones; no faltan quienes, sencillamente, roban.

A pesar de lo que ellos suelen afirmar, la calle es para estos niños un auténtico infierno, pues a la precariedad de su alimentación cotidiana hay que sumar sus incontables problemas de salud, que las pésimas condiciones de higiene y la dureza de su vida a la intemperie agravan día a día. Para colmo de males, cuando se sienten enfermos prefieren utilizar los medicamentos que encuentran en los puestos al aire libre, de procedencia y estado de conservación más que dudosos, que ningún médico les prescribe. Y es que los hospitales y dispensarios no les merecen confianza, o exigen un dinero del que los niños carecen.

En los círculos de estos menores en dificultad a menudo impera la violencia, como método para solventar conflictos o por simple capricho del más fuerte. También pueden resultar agredidos por bandas organizadas que tratan de obligarlos a desaparecer de ciertos barrios. Al mismo tiempo, la sexualidad precoz y no protegida, que se traduce en violaciones, pedofilia y abusos de todo género, causa estragos entre ellos.

El consumo de drogas más o menos sofisticadas es, asimismo, habitual en la calle, sobre todo entre los más mayores. Estas sustancias inducen en quienes las consumen graves trastornos de comportamiento, que se manifiestan sobre todo en forma de violencia física y agresividad permanente, que ejercen entre ellos mismos o sobre las personas que encuentran por ahí. A veces interviene la policía y entonces, muy a menudo, el remedio  –palizas, cárcel, asesinatos...–  es mucho peor que la enfermedad.

Las salidas al encuentro de estos chicos, con su compleja problemática, tienen por objeto echarles una mano en sus dificultades cotidianas, escuchándoles con atención, tratando sus afecciones más corrientes y trasladándolos al hospital cuando se ven casos preocupantes. Y, por supuesto, ofreciéndoles la posibilidad de incorporarse al Hogar Akwaba, u otro de características similares, donde sus males tengan un horizonte más esperanzador. Las estadísticas dan cuenta de alrededor de un centenar de chicas y chicos contactados cada mes, de los que solo alguna rara unidad opta por acompañar a los animadores al Centro. Un inconveniente de cada vez más difícil gestión es, por otra parte, la presencia creciente de chicas en las calles, así como la de antiguos internos de Centros como Akwaba, que suelen remar a contracorriente de los objetivos previstos para estas salidas.

Así las cosas, el Hogar Akwaba se ha convertido en un eslabón muy activo de esa extensa cadena de solidaridad que apoya a los menores de Abiyán en grave riesgo de exclusión. Porque el proyecto Akwaba brinda a los niños de la calle la oportunidad de reinsertarse en la sociedad, animándoles a ser protagonistas de su propio desarrollo luchando contra las causas que los marginan y transformando, en definitiva, su sociedad. De esta manera, el Hogar Akwaba participa activamente en esa corriente mundial a favor de la infancia que lanzó Unicef  y a la que se ha sumado Costa de Marfil, cuyo eslogan invita a “Cambiar el mundo con los niños”. Una espléndida síntesis de los ideales del Hogar Akwaba.

                                                                                                          Josean Villalabeitia

Un interesante vídeo sobre lo que es Akwaba, de gran calidad de imagen y 27 minutos de duración, lo podéis encontrar el este enlace: Vídeo "Akwaba, bienvenidos a la vida".



martes, 5 de mayo de 2015

Nicolás Roland (1642-1678)

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (17)


La influencia de este canónigo remense en su joven familiar lejano, Juan Bautista De La Salle, del que fue director espiritual durante aquel importante lustro en que De La Salle se preparaba para ser ordenado sacerdote, es probablemente mayor de lo que solemos imaginar. Históricamente, Roland se halla en los orígenes del itinerario de nuestro Santo Fundador en un periodo vital en que las personas son especialmente permeables a ciertas influencias. Por otro lado, es llamativo constatar la cantidad de temas desarrollados por Juan Bautista que habían sido ya tratados o, al menos, insinuados por Roland.

Lo primero que sorprende es la similitud de itinerarios vocacionales en ambos. Porque el recorrido espiritual del joven Nicolás Roland se parece mucho, en determinados momentos trascendentales, al de Juan Bautista De La Salle, aunque otros aspectos sean netamente diferentes.

Nicolas Roland nació en 1642, en el seno una familia rica y poderosa de Reims. Era solo ocho años y medio mayor que su posterior dirigido; demasiada juventud para la figura de un director espiritual, lo que no deja de llamar la atención. Que los Roland eran una familia influyente en la villa del champán nos lo puede sugerir el hecho de que varios de sus tíos fueron alcaldes o altos cargos de aquella región, y un par de ellos canónigos; de hecho, el joven Nicolás heredaría la prebenda de canónigo de su familia. Su padrino, el Padre Mateo Beuvelet, perteneció a la comunidad de san Nicolás del Chardonnet y fue un escritor espiritual de renombre. El propio Roland fue criado por una tía, viuda de un alto cargo del municipio remense. Una familia de postín, en efecto...

Nicolás Roland fue educado en coherencia con sus orígenes familiares: aprendió a leer desde muy pequeño y luego estuvo bastantes años interno en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal. Habiendo alcanzado un cierto nivel de formación, abandonó el internado para iniciar una carrera de rico comerciante. A esas alturas de su vida, viajando por alta mar para impulsar definitivamente sus negocios, vive una aventura de intenso peligro, físico y moral a la vez, que le obligará a recapacitar. Aunque no se conocen demasiados detalles de lo que sucedió, es evidente que le tocó sus fibras más profundas, hasta el punto de hacerle regresar a puerto, renunciar a sus proyectos y cambiar de vida por completo; abandonará sus ambiciones mundanas y se decidirá a ser sacerdote para dedicarse por entero a la misión apostólica. He aquí la primera gran conversión de Nicolás Roland: la conversión a Dios y a su Reino.

A resultas de esta conversión, Nicolás intentará hacerse jesuita, pero los seguidores de san Ignacio no le admitirán. Frecuentará luego a los misioneros que se preparaban para ir a Asia, pero tampoco tiene sitio entre ellos, tal vez porque era de salud frágil… Por fin, regresa a su tierra, donde reanuda sus estudios. En 1663 obtiene el doctorado en Teología y poco después hereda la plaza de canónigo teologal en Reims, es decir, se convierte en el encargado de predicar en la catedral todos los domingos y fiestas, teniendo que impartir, además, tres conferencias por semana.

Ordenado sacerdote hacia 1668, se dedicará desde el primer momento a la dirección espiritual de religiosas y sacerdotes. En estas circunstancias le conocerá su compañero en el capítulo de la catedral de Reims, el canónigo De La Salle, que, a su vuelta de París, en 1673, elegirá a Nicolás como director espiritual.


Hermano Josean Villalabeitia

jueves, 8 de enero de 2015

La obra de Barré se desarrolla

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (13)

Una vez que sus primeras escuelas para niñas pobres funcionan con cierta normalidad en Ruan, el Padre Barré cree que ha llegado el momento de reunir a las maestras en comunidad, para estructurar mejor su jornada y cuidar su formación espiritual y profesional. De ese modo, se mejorará, sin duda, la calidad del servicio educativo y, al mismo tiempo, las maestras tendrán más oportunidades de apoyarse mutuamente y crecer como personas, desde todos los puntos de vista.

Así las cosas, la primera comunidad de maestras del Padre Barré surgirá en 1666, y el primer seminario para su formación quedará inaugurado al año siguiente. Se trata del primer centro conocido dedicado específicamente a la formación de profesionales de la educación. Por esas mismas fechas Démia hace públicas sus Remontrances que, según parece, llegaron pronto a poder del Mínimo y le animaron a trabajar con más ahínco si cabe en la implantación de sus escuelas y maestras.

Para estructurar la institución de sus maestras, Barré sigue, en parte, el modelo de San Vicente de Paúl, que trató de organizar un grupo ‘secular’ de mujeres, pues, si las convertía en monjas, el derecho eclesiástico de la época las hubiera recluido en clausura. Así, además de atender a las escuelas y al catecismo, las maestras de Barré “vivirán en comunidad, sin hacer votos ni guardar clausura, bajo la guía del superior o de la superiora”. Deberán llevar una vida piadosa y del todo entregada al apostolado escolar. Esta institución de maestras del Padre Barré adoptó el nombre oficial de ‘Hermanas de la Providencia’, o ‘del Santo Niño Jesús’. “El espíritu del Instituto del Santo Niño Jesús es enseñar al prójimo de su sexo los elementos esenciales de la doctrina cristiana. Lo hacen de una manera apostólica y con el espíritu de desinterés que impulsó a los apóstoles a instruir a todo el mundo”.

Tras su éxito con las mujeres, Barré intentó calcar el modelo femenino, aplicándolo a la letra a hombres, que serían maestros de escuelas de chicos[1]. Para ello, ya antes de 1670 había abierto una escuela para niños pobres en Darnétal, a la que siguió alguna otra; y en 1674 abrió un seminario para la formación de los maestros a ellas destinados. La suerte no le acompañó en su apuesta por los varones, porque, como afirma Blain, “si pareció al principio que daba fruto, este fue efímero. Los maestros, o no adquirieron nunca el espíritu de su vocación, o no tardaron en perderlo”. El diagnóstico del biógrafo lasaliano sobre esta fundación masculina de Barré no ofrece dudas: “La realidad es que el piadoso Mínimo […] más de una vez intentó la fundación de escuelas de niños, pero sin éxito, pues ese talento no se le había confiado”.

Trece años después de comenzar su aventura escolar en Ruan, en 1675, el Padre Barré es enviado de nuevo a París, a su viejo conocido convento de la plaza Royal, para recuperar sus actividades de profesor de teología, a las que unirá su ya bien ganada fama de director espiritual y maestro de almas. Aunque la institución y las escuelas fundadas en Ruan continúan su proceso de consolidación y extensión a otros lugares, apenas llega a París, Barré repetirá exactamente los pasos que dio en Ruan: fundación de escuelas femeninas y constitución de una institución secular para las maestras, primero; y, poco más tarde, apertura de alguna escuela masculina con maestros. El resultado es idéntico: éxito para las mujeres y fracaso rotundo con los hombres[2].

Las maestras parisinas de Barré fueron iniciadas en la vida institucional por una Hermana expresamente llegada de Ruan con dicho objetivo. En París recibirán el nombre de Hermanas del Niño Jesús, o sencillamente, Hermanas de san Mauro, pues fue en la calle así conocida donde se estableció, en 1678, el primer seminario para maestras; en realidad, un auténtico noviciado. Del éxito de las Hermanas del Padre Barré en París puede dar cuenta el hecho de que a la llegada de los Hermanos de La Salle a la parisina parroquia de san Sulpicio, unos trece años después de la fundación de las Hermanas de Barré en París, estas dirigían ya, tan solo en dicha parroquia, ¡ocho escuelas para niñas pobres!

El Padre Barré falleció en 1686, con la indiscutible fama de haber sido uno de los más importantes promotores de escuelas para pobres del norte de Francia. Fue declarado beato por el papa Juan Pablo II en 1999.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] De hecho, en los Estatutos y reglamentos redactados por el propio Barré en 1677, se habla a menudo de ‘maestros y maestras’, de ‘superior o superiora’, de ‘Hermanos y Hermanas’ y de ‘niños’ en general; aunque a veces los textos van exclusivamente en femenino. Según se indica en la introducción al texto, “este manuscrito revela un deseo de unir en una misma misión y en un mismo espíritu Hermanos, Hermanas y miembros laicos asociados, cada uno según su vocación propia y su papel específico”. Al propio Blain le gusta escribir ‘Hermanos y Hermanas de las Escuelas Cristianas’, o ‘Hermanos y Hermanas de las Escuelas de caridad’.
[2] Se sabe que en 1686 los maestros de Barré eran únicamente dos. En 1697 se promete enviar uno a la abadesa de Fontevrault, pero esta nunca llegó a recibirlo. A partir de esa fecha no hay ninguna noticia sobre los maestros fundados por el Padre Barré. En algún momento de su llegada a París, a los Hermanos de las Escuelas Cristianas se les confundió con los Hermanos de Barré, llegándoles incluso a llamar Hermanos del Niño Jesús.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Pedro Fourier y otras congregaciones

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (5)

Así como todo parece indicar que los escolapios apenas tuvieron ninguna influencia en el modelo de escuela que impulsaron los primeros Hermanos de La Salle, otras congregaciones francesas, de corte más o menos cercano al de la de José de Calasanz, sí tuvieron una influencia más significativa en las escuelas populares que estaban gestándose por esa época en tantos rincones de Francia; entre ellas, las lasalianas.
Beato César de Bus

En la región de Aviñón, por ejemplo, de la mano del inquieto César de Bus, surgió la Congregación de la Doctrina Cristiana, que en un principio se dedicaba expresamente a la educación de los pobres. Con el tiempo, no obstante, su clientela varió y terminaron manejando el latín y dirigiendo colegios de postín, como los jesuitas o los oratorianos.

Mucho más próximos a la experiencia lasaliana podemos encontrar, con todo, otras congregaciones, promovidas por los padres Barré, en Ruan y París, Roland, en Reims, o Démia, en Lyon  —estos dos últimos orientados, en cierta medida, por los consejos por el primero—  de las que tendremos tiempo de hablar más adelante.

Entre las que no tienen una ligazón directa con Juan Bautista De La Salle tal vez la fundación más interesante sea la de Pedro Fourier, iniciada en la región de  Lorena, no lejos de Reims, en 1597: las religiosas de ‘Nuestra Señora’, que con seguridad De La Salle tuvo oportunidad de conocer en acción en el monasterio-escuela que tenían Reims; de hecho, varias familiares de nuestro Fundador habían ingresado allí como monjas. En realidad, como sucedía con las ursulinas o las salesas  —que no tenían convento en Reims—, entre las monjas de Nuestra Señora solo una de cada tres religiosas del monasterio se dedicaba a la enseñanza; las demás ocupaban toda la jornada en la contemplación, como las demás monjas de clausura. Algunas ‘jóvenes bien’ viven internas en el monasterio con las Hermanas, pero también admiten como externas a las niñas pobres que estén interesadas.

Por ceñirnos exclusivamente a la experiencia escolar de las discípulas de Fourier, subrayemos, de entrada, su deseo explícito de no admitir en su co
munidad, organizada a la manera de los monasterios medievales de monjas canonesas  —clausura estricta incluida[1]—, sino a jóvenes bien dispuestas para ejercer el empleo de educadoras, de modo que las niñas pobres pudieran tener siempre a su disposición a las mejores maestras.

San Pedro Fourier
Esta marcada orientación en favor de la educación de los pobres llevó asimismo a las discípulas de Fourier a una opción por la gratuidad, que se sustentaba en las dotes que depositaban las monjas al ingresar en la comunidad, pues de allí venían los fondos para asegurar el funcionamiento de las escuelas. Sorprendente  —y más si consideramos que surgió en ambiente monástico—  es, asimismo, la decisión de dar prioridad a la lengua materna sobre el latín, que también se estudiaba en las escuelas de las monjas de Nuestra Señora cuando el aprendizaje del francés andaba ya algo avanzado.

Si nos centramos en la manera en que las discípulas de Fourier organizaban sus escuelas nos sorprenderemos de sus originales y fecundas iniciativas, muchas de las cuales tuvieron continuidad en otras instituciones. Para empezar, digamos que, como objetivo general, en las escuelas de la Congregación de Nuestra Señora “las niñas aprenderán a leer, a escribir y a ocuparse en algunos trabajos manuales honrados y apropiados para ganarse con ellos el pan y aprovecharlos en el hogar de diversas maneras... Se les enseñará con suavidad y discreción algunas cosas sencillas que podrán servirles luego, como coser y arreglar sus vestidos, mantenerlos limpios, recomponerlos... Para la ortografía, se les dejará, a veces, recibos, obligaciones, pagarés, recetas, facturas por mercancía vendida, trabajos realizados, dinero prestado u otras cuestiones diversas que se manejan todos los días en los negocios del mundo y que, para mayor seguridad, necesitan presentarse por escrito”. Es, como se ve, una visión muy práctica de la escuela, considerada como un lugar de preparación directa para la vida.
Religiosa de Nuestra Señora

En cuanto a la organización más concreta de la actividad escolar, toda la escuela estaba dividida en tres clases, según los niveles de lectura de las niñas, desde las que empezaban a deletrear hasta las que eran capaces de leer manuscritos, pasando por las que se atrevían con los libros. Cada clase estaba, a su vez, dividida en bancos de hasta veinte escolares, a cuyo cargo había una maestra, que normalmente las atendía de una en una. En ocasiones, todas las alumnas de un banco hacían la lectura juntas; para ello debían disponer todas del mismo libro. Para escribir se organizaban de manera similar, pero para el cálculo, dado que las diferencias entre alumnas eran mayores, se subdividía cada banco en varios grupos formados por alumnas de nivel parecido. Y, cuando hacía falta, se utilizaba una pizarra colocada en lugar bien visible. Al frente de la labor escolar global una religiosa ‘intendente’ coordinaba todo y velaba por que las cosas se hicieran bien; la acompañaban varias maestras preparadas y obedientes, contentas de trabajar en las escuelas para niñas pobres.

San Pedro Fourier
Las religiosas del Padre Fourier concibieron y pusieron en práctica un sistema realmente sencillo de hacer las cosas en la escuela, que, con todo, en aquel tiempo resultaba tremendamente novedoso, y hasta revolucionario. Con el paso del tiempo, tendrían una influencia notable, al menos en Francia. Sin embargo, en relación con las escuelas de chicos, y más en concreto con las escuelas de los Hermanos de La Salle, estamos tentados de decir que, aun coincidiendo en algunas cuestiones  —gratuidad, distintas facetas de la organización de la escuela en clases y bancos, motivación de los maestros, formación para la vida, preferencia de la lengua materna...—, la influencia directa fue muy pequeña. En especial por dos razones concretas, estrechamente relacionadas entre sí: por un lado, porque se trataba de escuelas para chicas, con formas de hacer muy genuinas de la educación femenina y objetivos finales muy conectados con el mundo concreto que esperaba en la sociedad a aquellas chicas cuando fueran mujeres; por otro lado, porque su estilo monástico de vida, y en especial su clausura, marcaban de manera inevitable toda la actividad de aquellas buenas Hermanas, en modos concretos muy difíciles de conciliar con el estilo de aquellas auténticas escuelas de barrio que fueron las de los primeros Hermanos.

Pedro Fourier intentó fundar una orden similar a la de las Hermanas de Nuestra Señora, pero masculina. Como tantos otros después de él, fracasó en su intento. ¿Razones? Muchas, como es lógico; entre ellas, probablemente, la dificultad de conciliar escuela y monasterio; y también, sin duda, tratándose de monjes, el clericalismo, o, por decirlo con más suavidad, la excelsa concepción del sacerdocio que circulaba por aquella época en comparación con la del empleo escolar, mucho más indigna.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] En realidad, la intención de Pedro Fourier era librar a sus Hermanas de la clausura monástica, pero la Santa Sede no aceptó su idea y las sometió por bula, en 1628, al régimen común de las monjas.

sábado, 8 de marzo de 2014

Comenio

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (3)

Juan Amós Comenio (1592-1670) fue un pensador y pedagogo de origen checo que trabajó en varios países europeos. Convencido del trascendental papel de la educación en el desarrollo de la persona, Comenio escribió una obra de gran impacto en su época, que tituló Didáctica magna y le ha valido el título de ‘Padre de la Pedagogía’.

En la citada obra, nuestro pedagogo preconiza una organización completa de la educación, a partir de la escuela maternal, que para él es el hogar familiar, cuya maestra es la madre, hasta las ‘academias’, especie de universidades donde las élites intelectuales habrían de recibir una formación de acuerdo con la exigente misión social que se les iba a  encomendar al salir de ellas.

Según Comenio, nadie deber ser excluido de la educación, pues se trata del principal camino para llegar a ser una persona de verdad. En consecuencia, a partir de este criterio, todas las personas deben ser acogidas como candidatas a formarse en plenitud, lo que significa que nunca se debería menospreciar educativamente a quienes les cuesta más trabajo asimilar las cosas. Para conseguirlo, habrá que explicar las materias de acuerdo con la capacidad de cada persona.

En línea con estos planteamientos, en el esquema escolar de Comenio cada pueblo, por pequeño que fuera, debía disponer de dos escuelas, una elemental y otra más avanzada, cuyo objetivo primordial, que compartirían ambas, sería el de preparar de forma integral a los alumnos para desenvolverse en la vida como lo que son: personas e hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza, invitados a grandes metas en la vida. Comenio proponía un solo maestro en cada escuela, trabajando en la lengua materna de los alumnos y utilizando unos pocos libros de apoyo. Los alumnos de estas escuelas habrían de ser niños y niñas de entre diez y trece años, sin diferencia de clase social, desde el plebeyo hasta el noble.

En el ‘plan de estudios’  —concepto que Comenio fija definitivamente y utiliza con profusión—  de sus escuelas se puede encontrar la lectura de manuscritos y de textos impresos, la escritura, el cálculo, las técnicas y sistemas de medida, el canto, nociones de geografía y cosmología, pasajes escogidos de la Biblia, oraciones... También se proponía un poco de trabajo manual y, en definitiva, una iniciación a los distintos oficios. Todo sobre la base de una concepción integral de la educación, que llevaba a cultivar la inteligencia, la memoria, la fuerza física, la observación, el buen juicio... Para Comenio los chicos y chicas no necesitaban tanto memorizar muchas teorías, cuanto capacidad de observación y de discernimiento; ello les evitaría caer en los errores más groseros.

Universidad 'Comenius', de Bratislava (Eslovaquia)
En cuanto a la educación en el comportamiento, Comenio, cristiano convencido, la dejaba en manos de la religión, que también tenían un lugar importante en las actividades escolares. Hasta tal punto es así que un especialista ha escrito que “pese a sus análisis sistemáticos y a la pertinencia de sus observaciones, la Didáctica magna de Comenio, en el fondo, no es sino una teología práctica”.

Además de filósofo conspicuo, Comenio fue un educador avezado que conocía bien las dificultades de esa profesión y, también, los grandes logros a los que está llamada; además, su propuesta pedagógica está repleta de descubrimientos y formas de hacer interesantes. Sin embargo, podríamos decir que en la Francia del siglo XVII el nombre de Comenio, o Comenius, jamás fue pronunciado en público. Sin duda alguna por su condición de protestante, que era lo mismo que decir ignorante y malintencionado, incapaz de escapar de su error. A pesar de ello, no hay duda de que algunas de sus ideas sobre educación y organización escolar terminarían por llegar a quienes reflexionaban sobre estas cuestiones y estaban encargados de tomar decisiones escolares. Y es que anular por completo los procesos de ósmosis intelectual resulta siempre del todo imposible.

Hermano Josean Villalabeitia