Mostrando entradas con la etiqueta La Salle. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Salle. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de junio de 2015

Nicolás Roland, un apóstol tridentino

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (18)


Terminados sus estudios eclesiásticos, siendo sacerdote y canónigo, el Padre Roland arde en deseos de ser un buen sacerdote y de dedicarse de lleno a la misión. Para ello, visitará con asiduidad las experiencia parisinas de San Nicolás del Chardonnet  —a cuya comunidad perteneció su padrino Mateo Beuvelet—, San Sulpicio y San Lázaro, la sede de los seguidores de Vicente de Paúl; se irá así impregnando de la inspiración de las personalidades más brillantes de la Iglesia de su tiempo: Bérulle, Vicente de Paúl, Olier, Bourdoise...

También se desplazará a Ruan, donde conoce en profundidad a Nicolás Barré y su apostolado en las escuelas. De Ruan, precisamente, del entorno del Padre Barré más en concreto, llegarán a Reims quienes serían las dos primeras Hermanas del Niño Jesús, sociedad fundada por Roland para servicio de las escuelas gratuitas para niñas pobres. Estas discípulas del Padre Barré ayudarán a Roland a lanzar su Instituto y a formar a las primeras Hermanas del Niño Jesús[1]. Se sabe también que Roland conocía las Remontrances de Démia, publicadas en 1668. En suma, se puede afirmar, sin exagerar, que en la persona de Roland confluían las grandes corrientes de la reforma católica del siglo XVII en Francia, en especial las que, en aquellos tiempos, se dedicaban, sobre todo en el norte, a la educación y a la evangelización de la juventud popular[2].

Como consecuencia de estos múltiples contactos espirituales y apostólicos, se iniciará una segunda conversión en Roland: ponerse al servicio entusiasta y generoso de los pobres. Así surgirá su interés por fundar escuelas gratuitas para niñas. Según el propio Roland dejó escrito, “hay que cambiar de estilo y predicar más apostólicamente; y, como el pueblo y las grandes personas aprovechan poco de los mejores sermones, estoy decidido […] a trabajar por establecer las escuelas gratuitas para la instrucción de las niñas”.

Momento trascendental en esta opción es el abandono de su casa familiar para irse a vivir a una casa más sencilla. Y es que se le hacía imprescindible alejarse de su opulento ambiente burgués  —con ruidoso escándalo por parte de su familia y de los dirigentes de la iglesia local—  para entregarse de lleno a las niñas pobres. Y también, para poder acoger en ella a algunos sacerdotes, tal como deseaba, y convertir así su casa en una especie de seminario de excelencia sacerdotal, al modelo tridentino, repitiendo experiencias que había tenido oportunidad de conocer en distintos lugares.

Al mismo tiempo que sus opciones de vida se materializan, su espíritu apostólico va haciéndose cada día más intenso, hasta el punto de que sus compañeros canónigos le acusan con insistencia de descuidar sus deberes en el capítulo catedralicio para dedicarse a la misión. En el fondo, a Roland estas polémicas le interesaban poco, porque tenía una senda bien marcada, que le llevaba lejos de los quehaceres e intereses canonicales. Y es que, según indican sus biógrafos, Nicolás “veía en el avance de la gloria de Dios el culto principal que debía rendirle”. Tal vez por ello, nuestro canónigo teologal recordase con frecuencia a sus Hermanas lo siguiente: “En las fatigas de vuestro empleo no olvidéis nunca que habéis sido llamadas a llevar una vida apostólica y que es necesario que os impregnéis de su espíritu para cumplir dignamente vuestras obligaciones”.


Y es que, además de a sus dirigidos espirituales, nuestro el canónigo teologal había decidido tiempo atrás dedicarse con intensidad a tres actividades fundamentales: 1. la predicación, en la catedral, en el ámbito de sus obligaciones como canónigo, y sobre todo en misiones populares, organizadas por él mismo o por sus amigos, los discípulos de Vicente de Paúl, en las que él colabora con gusto; 2. la formación de los sacerdotes que acoge en su propia casa, por periodos variables de tiempo; entre ellos estará, precisamente, el futuro fundador del seminario diocesano de Reims; 3. sobre todo, la fundación de escuelas gratuitas para niñas y la formación de las Hermanas que las atienden, a las que aconsejará de esta manera: “Cuando se trate de la salvación de las almas no os guardéis nada para vosotras; ellas nunca os costarán tanto como le costaron a Jesucristo y si no podéis entregar como Él vuestra sangre, entregad al menos vuestros sudores en testimonio del amor que tenéis por el divino salvador que tanto ha sufrido por vosotras. Cumplid los trabajos de Dios con ardor y aceptando siempre esa especie de paradoja de que Él pueda servirse de un instrumento tan débil como vosotras para procurar su gloria; aprovisionaos a menudo de espíritu apostólico para llevar con eficacia la Palabra de Dios a las almas, tratad más de mover sus corazones que de contentar a los espíritus, recurrid más a la oración y a los sufrimientos que a otras argucias”. La fundación y progresivo afianzamiento de sus Hermanas del Niño Jesús fue, sin duda, la gran pasión apostólica de su vida.

Nicolás Roland falleció en 1678, pocos días después de la ordenación sacerdotal de De La Salle, su dirigido espiritual, colega de cabildo catedralicio y ejecutor testamentario. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1994.

Hermano Josean Villalabeitia





[1] Oficialmente fundadas en 1671, se sabe que en 1674 eran ya diez y dirigían cuatro escuelas para niñas en Reims. Contaban con el potente apoyo del arzobispo remense.
[2] En realidad, parece que Roland comenzó acogiendo en su casa a huérfanas o niñas abandonadas por sus padres. Solo después de conocer la obra de Barré, en Ruan, y Démia, en Lyon, se animará a hacer evolucionar su fundación hacia las escuelas para niñas pobres, con un interés particular por la formación de las maestras que se ocuparían de ellas, que serán las futuras Hermanas del Niño Jesús.

martes, 26 de mayo de 2015

La Salle con los niños de la calle de Abiyán

Hogar Akwaba, de Abiyán (Costa de Marfil)


UN FUTURO DE DIGNIDAD 
PARA LOS NIÑOS DE LA CALLE

África no se asoma demasiado a los medios de comunicación occidentales. Y, si lo hace, suele ser para presentar paisajes, tradiciones ancestrales o comportamientos que por su exotismo, colorido o rareza atraen la curiosidad del espectador sensacionalista, cuando no son noticias de guerras u otras catástrofes cuyas dramáticas consecuencias impresionan por todas partes.

Existen, no obstante, realidades africanas muy crudas que rara vez saltan a las portadas de nuestros periódicos, porque parecen no adornarse con el patetismo imprescindible para resultar atractivas. Pero no por ello dejan de constituir auténticas heridas abiertas por las que las sociedades africanas sangran sin cesar y van perdiendo jirones de su porvenir y su esperanza.

Un hogar para niños de la calle.- Uno de estos ignorados problemas de África es el de los llamados “niños de la calle”, circunscrito a ciudades más bien grandes, que, de acuerdo con los datos más recientes, no hace más que crecer. Hasta hace poco se trataba de un fenómeno exclusivamente masculino, pero entre ellos se ven cada vez más chicas.

Al mismo tiempo que los niños de la calle aumentan, distintas personas e instituciones, fieles a su vocación de socorrer a los más necesitados, se lanzan sin contemplaciones al encuentro de estos menores en dificultad para tratar de aliviar de su deplorable situación.

Una de estas instituciones es el “Hogar Akwaba”, de Abiyán (Costa de Marfil), dirigido por los Hermanos de La Salle, que atiende a una cincuentena de niños de entre 8 y 15 años, llegados directamente de la calle, la policía o algún otro organismo implicado en esos asuntos. Una minúscula gota de agua en el inmenso océano de necesidad que constituyen los alrededor de 30.000 niños de la calle que se calcula viven en la metrópoli marfileña, pero una gota que, de no estar allí, se echaría en falta.

La palabra “akwaba”, en lengua local, significa “bienvenido”, toda una declaración de intenciones sobre lo que desde el primer instante quiere ser el Hogar para cuantos se acogen a él: cariño y atención personal, comida sana y abundante, atención médica cuidadosa, deporte, ocio, educación especializada, camaradería, tareas domésticas para colaborar en el mantenimiento de la casa limpia y los jardines en condiciones... con un insistente acento en el aseo personal y la correcta vestimenta en todo momento...

Un hogar, en definitiva, donde todos puedan sentirse a gusto y disfrutar de su amplia cuota de dignidad y respeto; todo lo contrario de lo que habitualmente sucede en los círculos de los que proceden. Con todo, la ocasional huida de algún chico, para reintegrarse a sus antiguas cuadrillas callejeras, invita a no idealizar en exceso la vida cotidiana del Centro, al menos desde los criterios de algunos internos.

El Hogar lo atienden tres Hermanos de La Salle  –dos españoles y un burkinés–  apoyados por seis monitores locales y una pequeña nube de voluntarios, la mayor parte de ellos jóvenes religiosos en formación, de ambos sexos, que complementan sus estudios teóricos de pedagogía, trabajo social, enfermería, pastoral, etc., con el acompañamiento de los chicos del Centro y la animación de actividades para ellos y con ellos.

Aunque tampoco conviene llevarse a engaño: el objetivo esencial del Centro no es hacer que los internos se sientan a gusto en él, sino encontrar a sus familias y disponerlo todo para que los chicos puedan retornar cuanto antes a ellas, en las mejores condiciones. El buen ambiente en el Hogar es un medio imprescindible para cumplir adecuadamente sus metas, pero no el fin primordial.

                En busca de la familia.- Cuando un niño llega a Akwaba lo primero es ocuparse de su persona y de su dignidad: lavarlo, vestirlo, curarlo, darle de comer y buscarle unos compañeros que le ayuden a integrarse cuanto antes en la rutina del Centro, cosa más complicada de lo que a primera vista podría parecer.

Pero cuando estos primeros auxilios urgentes han sido adecuadamente cumplimentados comienza una tarea no menos delicada: conocer las circunstancias por las que ese niño ha terminado en la calle, empezar a comprender cómo valora su situación y obtener datos para localizar a su familia. Dará así inicio un proceso de indagación, a veces lejos de la ciudad, con visitas a la familia cuando ha sido localizada y reiteradas invitaciones a que pase periódicamente por el Centro para conocer mejor al chico, dialogar con el equipo responsable de Akwaba e ir madurando la decisión de acoger de nuevo a su hijo en casa. Una mediación en toda regla, entre el chico y su familia, que nunca resulta sencilla.

A veces los propios chicos entorpecen la progresión de este proceso al no colaborar en las pesquisas, desviar las pistas o estropear los contactos una vez que se han producido. Por parte de las familias tampoco se ve siempre nítido el panorama y suelen iniciar la aproximación con bastantes recelos, lo que no ayuda a que las cosas marchen sobre ruedas precisamente. En ocasiones, por más iniciativas que se intentan, no aparece nadie de la familia; en estos casos una posibilidad interesante puede ser encontrar una familia de acogida. En fin: procesos cuya complejidad tiene una explicación sencilla: las amargas experiencias que han dado con los menores en la calle.

Porque si tratásemos de imaginar qué motivos han podido empujar a esos niños a escapar de casa, fácilmente nos vendrían a la cabeza unos cuantos de peso: la miseria en que vivía su familia, el excesivo trabajo o duro trato al que se veían sometidos... Y estas cuestiones suelen tener su influencia en el problema, por supuesto. Pero los verdaderos motivos, los decisivos, son de otra índole. Es lo que aseguran los propios chicos cuando se les pregunta: “me pegaban”, “murió mi madre y con mi madrastra todo cambió”, “mis padres se separaron”, “no me querían”, “se olvidaron de mí”... Algunos incluso han llegado a ser considerados en su familia como “niños brujos”, causantes de la muerte de algún familiar o de múltiples desgracias. Como consecuencia, sufren un rechazo social angustioso y, si no escapan, pueden ser cruelmente torturados y hasta asesinados.

Como puede apreciarse, se trata siempre de un problema afectivo; los niños se lanzan a la calle como consecuencia de los conflictos conyugales de sus padres, del fallecimiento de la madre, de los golpes y amenazas que reciben en casa, del rechazo o indiferencia de los suyos... A veces su reacción es inmediata: se van justo después de un incidente doloroso; en otras ocasiones el vaso se va llenando poco a poco, hasta que, al final, rebosa y el niño se marcha.

Recomponer una relación tan profundamente marcada por el fracaso afectivo resulta muy complicado; no es extraño, por tanto, que los niños tiendan a rehuir el intento, o lo abandonen en cuanto aparecen los primeros obstáculos. El proceso de reinserción en la familia es, en definitiva, muy arduo. De hecho, algunos niños terminan regresando a la calle poco después de haberse reincorporado a sus familias.

Hay, con todo, chicos que han llegado a las calles como consecuencia de los últimos conflictos bélicos del país o la muerte de sus padres  –con frecuencia a causa del sida, lo que a la desgracia de la orfandad añade el estigma social–. Con ellos, la problemática afectiva suele ser distinta, así como los recursos a los que se puede acudir.

La educación, clave fundamental.- Otro aspecto prioritario en el Hogar Akwaba es la educación, entendida de manera integral, que persigue formar a los muchachos en todos los aspectos de su persona: corporales, intelectuales, sociales, emocionales, culturales, cívicos, morales... Todos juntos, complementándose mutuamente, han de contribuir a hacer de los chicos personas de paz, de justicia, de libertad responsable, de compromiso, de coherencia, de seriedad... Artífices activos de un mundo muy distinto del que ellos mejor conocen por haberlo frecuentado intensamente. Tanto la organización del Centro, con sus valores, criterios, actividades, reglamentos, etc., como la dedicación y entrega de todos sus educadores están al servicio de este objetivo fundamental.

Más allá de la experiencia cotidiana de convivir en armonía, bajo criterios comúnmente aceptados, un instrumento específico para cultivar con denuedo muchos de estos valores es la escuela, que en el Hogar Akwaba se organiza en dos estructuras diferentes. Por un lado, una escuela llamada “de base”, con contenidos muy elementales y metodologías apropiadas, que tiene su sede en el propio Centro. A ella acuden tanto los chicos del Hogar cuya asistencia se juzga conveniente como otros escolares de diversas escuelas de la ciudad con serias dificultades para seguir el ritmo normal de las clases; en la escuela de base de Akwaba encuentran todos la posibilidad de recibir una atención adaptada a su poca capacidad, o a su deficiente escolarización. En abril de 2014, esta escuela de base del Centro acogía a 44 niños del propio Hogar y a 70 externos  –88 chicos y 26 chicas en total–  distribuidos en varios niveles.

No faltan chicos que son capaces de seguir los cursos normales de las escuelas; algunos de ellos destacan incluso por sus buenos resultados. En este caso, se les busca un puesto escolar adecuado y se sigue con atención su evolución en él. Algunos externos de la escuela de base que se recuperan adecuadamente de su situación inicial también pasan a este proceso de normalización escolar, en las mismas condiciones que los internos del Hogar. En abril de 2014 el Hogar Akwaba seguía en la ciudad la marcha escolar de 9 chicos del Centro y 10 externos; de ellos, 3 chicas.

Dificultades en estas actividades escolares se pueden imaginar sin esfuerzo: escaso nivel de estudios y de interés por la escuela, ausencias injustificadas, dejadez de los padres en el seguimiento los chicos, indisciplina, robos, pérdida y destrozo de materiales... Nada que no se pueda combatir con la paciencia, el buen hacer y el compromiso de los maestros.

Para los más mayorcitos, como remate de los esfuerzos escolarizadores anteriores, existe la posibilidad de ingresar como aprendiz en alguno de los talleres colaboradores del Centro, en especialidades como costura, carpintería, mecánica del automóvil, fontanería, etc. Además, para complementar esta formación profesional directa, Akwaba organiza para ellos cursos de alfabetización que tratan de fijar lo mejor posible ciertos aspectos fundamentales de lengua, hablada y escrita, cálculo, cultura general y civismo. La verdad es que este apartado sobrevive a duras penas porque no es fácil encontrar, con realismo, especialidades que entusiasmen a los aprendices, ni profesionales que colaboren de buen grado en aspectos formativos que ni son prioritarios para ellos ni generan beneficios contables inmediatos. Aún así, en 2014 el Centro seguía a dos aprendices de Akwaba y a otros 14 externos, casi todas chicas.

Todo el anterior entramado de herramientas socio-pedagógicas se completa con una serie de actividades más o menos habituales que podríamos agrupar bajo el denominador común de “relación de ayuda”, con el apoyo de algún especialista cuando se ve necesario: escucha activa de los chicos, individualmente o en pequeños grupos; elaboración de un proyecto de vida para cada uno de ellos, que se evalúa y corrige periódicamente; tutorías semanales; análisis detallado de casos concretos; etc.

                Encontrarse con los niños en su ambiente.- Una última actividad fundamental del Hogar Akwaba son las salidas para ir en busca de los chicos de la calle, a los lugares habituales donde ellos se mueven. Pensemos que para estos chavales las calles están llenas de atractivos  –cartas, tabaco, alcohol, drogas, peripecias diversas...–  a los que no es fácil renunciar, como tampoco resulta sencillo dejar de moverse a sus anchas, haciendo en cada momento lo que les venga en gana.

La gran preocupación cotidiana de esos niños suele ser conseguir comida. Para ello, algunos se dedican a la mendicidad; otros prefieren cargar mercancías en tiendas y mercados: a cambio de unas monedillas ofrecen su caja de cartón y, una vez llena, la llevan al coche, que pueden incluso vigilar mientras el “patrón” realiza otras gestiones; no faltan quienes, sencillamente, roban.

A pesar de lo que ellos suelen afirmar, la calle es para estos niños un auténtico infierno, pues a la precariedad de su alimentación cotidiana hay que sumar sus incontables problemas de salud, que las pésimas condiciones de higiene y la dureza de su vida a la intemperie agravan día a día. Para colmo de males, cuando se sienten enfermos prefieren utilizar los medicamentos que encuentran en los puestos al aire libre, de procedencia y estado de conservación más que dudosos, que ningún médico les prescribe. Y es que los hospitales y dispensarios no les merecen confianza, o exigen un dinero del que los niños carecen.

En los círculos de estos menores en dificultad a menudo impera la violencia, como método para solventar conflictos o por simple capricho del más fuerte. También pueden resultar agredidos por bandas organizadas que tratan de obligarlos a desaparecer de ciertos barrios. Al mismo tiempo, la sexualidad precoz y no protegida, que se traduce en violaciones, pedofilia y abusos de todo género, causa estragos entre ellos.

El consumo de drogas más o menos sofisticadas es, asimismo, habitual en la calle, sobre todo entre los más mayores. Estas sustancias inducen en quienes las consumen graves trastornos de comportamiento, que se manifiestan sobre todo en forma de violencia física y agresividad permanente, que ejercen entre ellos mismos o sobre las personas que encuentran por ahí. A veces interviene la policía y entonces, muy a menudo, el remedio  –palizas, cárcel, asesinatos...–  es mucho peor que la enfermedad.

Las salidas al encuentro de estos chicos, con su compleja problemática, tienen por objeto echarles una mano en sus dificultades cotidianas, escuchándoles con atención, tratando sus afecciones más corrientes y trasladándolos al hospital cuando se ven casos preocupantes. Y, por supuesto, ofreciéndoles la posibilidad de incorporarse al Hogar Akwaba, u otro de características similares, donde sus males tengan un horizonte más esperanzador. Las estadísticas dan cuenta de alrededor de un centenar de chicas y chicos contactados cada mes, de los que solo alguna rara unidad opta por acompañar a los animadores al Centro. Un inconveniente de cada vez más difícil gestión es, por otra parte, la presencia creciente de chicas en las calles, así como la de antiguos internos de Centros como Akwaba, que suelen remar a contracorriente de los objetivos previstos para estas salidas.

Así las cosas, el Hogar Akwaba se ha convertido en un eslabón muy activo de esa extensa cadena de solidaridad que apoya a los menores de Abiyán en grave riesgo de exclusión. Porque el proyecto Akwaba brinda a los niños de la calle la oportunidad de reinsertarse en la sociedad, animándoles a ser protagonistas de su propio desarrollo luchando contra las causas que los marginan y transformando, en definitiva, su sociedad. De esta manera, el Hogar Akwaba participa activamente en esa corriente mundial a favor de la infancia que lanzó Unicef  –y a la que se ha sumado Costa de Marfil–, cuyo eslogan invita a “Cambiar el mundo con los niños”. Una espléndida síntesis de los ideales del Hogar Akwaba.

                                                                                                          Josean Villalabeitia

Un interesante vídeo sobre lo que es Akwaba, de gran calidad de imagen y 27 minutos de duración, lo podéis encontrar el este enlace: Vídeo "Akwaba, bienvenidos a la vida".



lunes, 6 de abril de 2015

Influencia literaria de Barré en De La Salle

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (16)

Hemos podido entrever ya una posible influencia entre el santo Mínimo Barré y Juan Bautista De La Salle en lo que hace a la forma de animar las escuelas para pobres y a la formación de sus maestros. Pero esta influencia es aún más clara cuando hablamos de libros.

Porque en los escritos de Juan Bautista De La Salle se perciben resonancias indiscutibles de temas que planteó el propio Padre Barré bastantes años antes que él: la oración de atención sencilla, la espiritualidad apostólica de la comunidad de maestras[1], la generosidad (‘desinterés’) de las maestras en su dedicación escolar, el abandono confiado en Dios, la Providencia... Con todo, es muy difícil saber si existió una conexión concreta entre ambos fundadores en estos asuntos, pues hablamos de planteamientos espirituales bastante extendidos en aquella época  —aunque no siempre bien admitidos por todos—, de los que probablemente hubieran acabado beneficiándose nuestros dos santos, personas ambas bien formadas en lo teológico y lo espiritual, y muy sensibles a las corrientes de la época, aun sin haberse conocido y frecuentado.

De lo que no hay duda es de la enorme influencia de las meditaciones que escribió para las maestras el Padre Giry, sucesor de Barré al frente de la comunidad de Hermanas de San Mauro[2], en las Meditaciones para los días de retiro redactadas por De La Salle bastante después. En su extensión y estructura de tres puntos, en su manera de aplicar la reflexión a la vida concreta de las maestras, en su temática  —buen ejemplo, celo, ángeles custodios...—  la influencia es indiscutible.

Las propias Hermanas de Barré, en definitiva, al final de una reciente biografía del Mínimo, indican que “el grupo de maestros de escuela creado por el Padre Barré no sobrevivió. [Pero] los Hermanos de San Juan Bautista De La Salle tomaron el relevo y sienten un profundo reconocimiento por el Padre Barré”. O, en palabras más antiguas del biógrafo Blain, “se puede decir que [Barré] dejó al Señor De La Salle como heredero de su espíritu y de su gracia. El reverendo Padre Barré y el Señor De La Salle son dos hombres a los que la Providencia asoció para la realización de sus designios, a los que condujo, cada uno por su camino, al mismo objetivo, y a ambos los llevó al mismo término, en dos estados diferentes”.

De cualquier manera, si los parecidos son innegables, también hay aspectos que distinguen las obras de Barré de la lasaliana. La diferencia más notable quizás sea que Barré, por razones obvias de sexo, y también porque era un fraile obligado a la vida común con sus frailes Mínimos, nunca compartió vida con sus Hermanas: orientó de cerca sus pasos, se preocupó por ellas, atendió a sus dificultades, pero era alguien que, en definitiva, las dirigía desde fuera.

Además, a su muerte, sus compañeros Mínimos continuaron haciéndose cargo de ellas, hasta el punto de cambiar por completo el proyecto que Barré había puesto en marcha. En realidad, si consideramos el contexto histórico y eclesiástico, la condición femenina de aquellas ‘maestras caritativas’ hacía impensable una verdadera autonomía interna de su comunidad, aunque en su organización hubiera siempre alguna Hermana que ejercía de directora o responsable[3].

De La Salle, desde los primeros momentos de su institución, por consejo del Padre Barré precisamente, se incorporó a ella como uno más, y luchó en todo momento por dotarla de una autonomía que la librase de los peligros de estar sometida a la autoridad de alguien que no conociera bien los entresijos y peculiaridades de la institución. De ahí los tempranos intentos de nombrar a un Hermano como superior de la comunidad, y el acta de elección de superior, de 1694, por la que quienes acababan de fundar, por voto, la Sociedad de las Escuelas Cristianas se comprometían, “en el futuro y para siempre, a que no haya nadie, ni admitido entre nosotros ni escogido como superior, que sea sacerdote o haya recibido las órdenes sagradas,  y que no tendremos ni admitiremos a ningún superior que no esté asociado, y que no haya hecho voto como nosotros y como todos los demás que se asocien en el futuro”. Otra actitud hubiera supuesto, en opinión de aquellos primeros Hermanos lasalianos, con su Fundador al frente, una seria amenaza al Instituto que estaban formando.

Hay otros detalles, como los votos, que la Sociedad lasaliana sí admitió, o el hecho que, en la concepción apostólica lasaliana, la comunidad de maestros fuera un elemento imprescindible, al que de ninguna manera se debía renunciar, por grave que fuera la razón; sin embargo Barré  —como Nyel—  admitía la fórmula del maestro o la maestra aislados.

Distinto es asimismo, al menos en parte, el planteamiento del seminario de formación de maestros, que De La Salle abrió para gente que no pertenecería a su Instituto, dando por sentado que sus candidatos a Hermanos también recibían formación profesional, pero dentro del propio Instituto, en un marco distinto  —aunque con contenidos similares—  del de los maestros que no pertenecerían a la institución de las Escuelas Cristianas. Los seminarios barresianos estaban concebidos como centros de preparación reservados exclusivamente a las Hermanas. Además, el seminario lasaliano impartía la formación antes de salir a dar clase, mientras que las Hermanas de Barré preferían formar a maestras que ya estaban en la escuela, pues consideraban que “las jóvenes puestas a trabajar pronto en la misión adelantan mucho más que si se las instruye durante mucho tiempo antes de ponerlas a dar clase […] La necesidad de actuar es lo que estimula el espíritu y le hace realizar esfuerzos provechosos que forman con rapidez a una maestra”. En los seminarios las ayudaban, más bien, a resolver las dificultades y a reflexionar sobre su misión.

La obra de De La Salle formó desde sus primeros momentos una única y sólida institución compacta, independientemente de los lugares en los que se iba implantando y de las circunstancias históricas que la rodeaban y, con frecuencia, sacudían. Parece como que, desde la fundación, los Hermanos de las Escuelas Cristianas llevaban dentro de sí una energía particular que les permitió sobrevivir unidos a los distintos intentos que sufrieron de deshacer esa consistencia institucional. Las dos Sociedades de Hermanas de Barré, por el contrario, aun reconociendo un origen, una espiritualidad y una filosofía de base comunes, formaron siempre, hasta nuestros días, dos instituciones independientes que, por encima de las diferencias surgidas a lo largo de los siglos, luchan todavía hoy por estrechar lazos y establecer vínculos más sólidos entre ellas.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] “Dios es santo, y solo Él hace santos. Nosotros, al cooperar con su labor de hacer santos, nos convertimos en santos”; “si Dios os halaga y favorece durante vuestras clases, agradecedle su visita, diciéndole que debéis trabajar en sus asuntos por el momento. Rogadle que deje sus misericordias para el tiempo de la oración”.
[2] En sus tiempos jóvenes, el Padre François Giry había sido alumno de Barré en teología. Más tarde fue provincial de los Mínimos y, por tanto, superior canónico del Padre Nicolás Barré. En algún momento actuó también de responsable general de una de las redes de escuelas fundadas por este último. Es de suponer, en consecuencia, que conocería bastante bien su manera de pensar. El Padre Giry falleció en 1665.
[3] De hecho, en los estatutos de Barré existe una serie de figuras ajenas a la comunidad de Hermanas y Hermanos  —director espiritual, director general, administradores temporales, damas asociadas...—  con amplios poderes sobre todas las personas implicadas en la obra de las escuelas caritativas: decisión de fundar en un lugar, cambio de responsables y de maestras, admisión de candidatas, gestión económica... Además, gran parte de estas autoridades externas son elegidas por ellas mismas, sin intervención de maestras o maestros.

lunes, 2 de marzo de 2015

¡Oh, buen Jesús!

Una poesía lasaliana de autor controvertido




















Las estrofas del “¡Oh, buen Jesús!” han sido entonadas durante muchos años por el pueblo fiel de habla hispana, pues fue un canto muy popular y muy extendido por nuestras iglesias españolas y latinoamericanas. Seguro que, aún hoy, se sigue interpretando de vez en cuando en más de una.

Según se afirma en distintos lugares desde hace mucho tiempo, el autor de la letra de tan bello himno sería el santo Hermano Miguel Febres Cordero, aunque las opiniones no se muestran del todo unánimes a la hora de atribuirle su autoría. ¿Qué podemos decir?

La hermosa poesía “Actos para antes de la comunión”, título original de la letra del mencionado canto, es de origen indiscutiblemente lasaliano, aunque su atribución al Hermano Miguel pueda ponerse razonablemente en cuestión. Al menos su autoría no debería sostenerse de modo tan terminante como propone el bello libro “Cartas y poesías del Hermano Miguel”, que los Hermanos del Ecuador publicaron con ocasión del centenario de la muerte del Santo Hermano[1].

De hecho, distintos indicios y testimonios muy sólidos de algunos conocidos suyos atribuyen la autoría del poema al Hermano Valeriano León, también conocido como Hermano Valeriano Benildo[2] (Juan Sáez Montalbo), nacido en 1879 en Tarancón (Cuenca)  -que, como hijo insigne del pueblo, le ha dedicado recientemente una calle, del mismo modo que hicieran algunos años antes en Jerez-  y fallecido en Griñón, en 1958. El Hermano Valeriano León fue durante veinte años catequista en el noviciado de Bujedo, donde también él mismo se había formado, cuando el monasterio premostratense acababa apenas de pasar a manos de los hijos de De La Salle. Nuestro Hermano dirigió asimismo, en su momento, la Editorial Bruño, en Madrid, y una comunidad de Hermanos estudiantes en Zaragoza, a más de su larga presencia en Jerez, entre otros destinos. También se encargó, durante bastante tiempo, de llevar adelante las causas de beatificación de los Hermanos mártires del antiguo Distrito de Madrid. De la afición y buen hacer literarios del Hermano Valeriano, además de sus poesías[3], habla la cuarentena de cuentos catequísticos que llegó a publicar en la revista “Vida y luz”. A veces firmó sus obras mediante seudónimos, como “León” o “Noel”.

La “Colección de cánticos sagrados” en español, de la que el poema “Actos para antes de la comunión” forma parte desde sus orígenes, fue reunida hacia 1904 por el Hermano belga Bethervien Léon (1862-1943), que al parecer puso también música a bastantes de ellos. El libro recogía un amplio abanico de canciones piadosas: no pocas de ellas nacidas del genio poético y musical de distintos Hermanos; otras procedían de autores de fuera del Instituto y el resto eran, más que nada, cantos tradicionales y latinos, casi siempre de autor desconocido.

A causa de los criterios para publicar sus obras que han utilizado los Hermanos de La Salle hasta bien entrado el siglo XX, no sabemos quiénes fueron los Hermanos que compusieron esos cánticos lasalianos, pues todas sus obras han llegado a nosotros de forma completamente anónima; no así otras, que sí indican con claridad el nombre de su autor o autores, como hemos comentado más arriba. Sí que se podrían especificar algunos nombres de Hermanos que participaron en los trabajos de composición del libro, aunque sin poder precisar casi nada de sus aportaciones concretas. Es el caso de los tres Hermanos que se citan en el presente artículo.

Por ejemplo, en la edición de 1913 del libro “Colección de cánticos religiosos” todos los cantos lasalianos van firmados por “H*”, asterisco incluido. En la de 1941  –con nihil obstat de 1930–  el canto “Actos para antes de la comunión”[4] aparece firmado dos veces por “H. E. C.”: una debajo del título, al que seguirá la partitura, y la otra al final del texto escrito, sin música, que sigue a los pentagramas iniciales. Al principio de esta última edición[5] se puede leer lo siguiente: “Hay en la Colección más de sesenta composiciones musicales completamente inéditas y expresamente compuestas para ser en ella publicadas. Otro tanto decimos de no pocas de las literarias, que son la mayor parte de las firmadas  por H. E. C.” No hace falta ser demasiado imaginativo para suponer que tras esas iniciales podría esconderse la expresión “Hermanos de las Escuelas Cristianas”, sin afinar más la identidad del autor. En ediciones posteriores del mismo libro se verán cantos firmados por “H. E. C.”, u otras iniciales comenzadas por “H.” o “H*”, además de cantos latinos o tradicionales, y de otros autores, letra y música, que se citan con la inicial de su nombre y apellido completo, además de indicar si es presbítero o de una congregación religiosa particular. La composición de “Actos para después de la comunión”, en concreto, se atribuirá siempre a “H. E. C.”, sin que en ningún lugar de las obras se explique cómo han de interpretarse todos esos signos y letras. Por otra parte, en el libro “Devocionario de la juventud, seguido de una colección de cantos”, publicado por Bruño en 1931, aparece asimismo nuestro canto con el título “Para antes de la comunión”, firmado por “H. E. C”[6]. En definitiva, a partir de las indicaciones de las publicaciones donde fue editado, nada podemos saber sobre la identidad del autor de la letra del canto.

A este respecto, es conocido que al propio Hermano Miguel se le asignó alguna vez el seudónimo “G. M. Bruño”, presunto autor permanente, durante mucho tiempo, de todos los libros lasalianos en español. En realidad, como es bien sabido, dicho seudónimo escondía el nombre, adaptado libremente a la fonética española, del Hermano  Gabriel Marie Brunhes, gran matemático y Superior General del Instituto cuando echaron a andar las primeras publicaciones escolares lasalianas en España. De hecho, los Hermanos decidieron en 1909 que, a partir de esa fecha, todos sus libros llevasen como razón social común “G. M. Bruño”, aunque todavía faltasen varios años para que la Editorial Bruño quedara oficialmente constituida como tal. Para los no enterados, sin embargo, de acuerdo con el número ingente de sus publicaciones  -y según el chascarrillo bien conocido en ámbitos lasalianos-,  el tal G. M. Bruño no podía menos que ser un escritor extraordinariamente prolífico...

No ha llegado a nosotros ninguna copia manuscrita o mecanografiada del poema “Actos para antes de la comunión”, previa o posterior a su publicación en “Cánticos religiosos”, que lleve la firma de ninguno de los dos Hermanos en cuestión. Tampoco disponemos de otras fuentes escritas de la época que confirmen nada, en uno u otro sentido. De ahí el interés de los testimonios personales, en los que se basa tanto el citado libro de los Hermanos ecuatorianos para atribuírsela al Hermano Miguel como nosotros, aquí mismo, para apuntar que su autoría podría corresponder al Hermano Valeriano León. Pero a partir de estos testimonios contradictorios, y sin más datos concluyentes, nada se puede deducir de forma demasiado definitiva. Sin pretender suscitar controversias estériles, y mucho menos hirientes, quede sencillamente constancia de esas dudas en la autoría del poema, nada gratuitas por otra parte...

Lo mejor de todo tal vez sea que “¡Oh, buen Jesús!” es un texto indiscutiblemente lasaliano, como, incluso, su división en actos y el tenor de los mismos estarían sugiriendo. En línea con los escritos de nuestro santo Padre y Fundador, podría añadirse que se trata de un canto que ha tocado el corazón[7] del pueblo cristiano durante varias generaciones, y a buen seguro que lo ha hecho con fruto generoso. ¡Gracias sean dadas al Dios del cielo que reparte estos dones entre sus hijos y se sirve de ellos para extender y fortalecer la fe cristiana por el mundo!


Hermano Josean Villalabeitia




[1] Hermanos Guillermo Pérez Pazmiño y Edwin Arteaga Tobón, Cartas y poesías del Hermano Miguel, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Quito 2011; cf. páginas 314-315. Los Hermanos ecuatorianos acaban de publicar una segunda edición, “aumentada y corregida”, en 2014.
[2] El Hermano Valeriano resultó curado de manera milagrosa por mediación del Hermano Benildo. De hecho, este hecho fue oficialmente reconocido como milagro para la beatificación del Santo Hermano. Por este motivo, el Hermano Valeriano solicitó y obtuvo de sus superiores el que se reemplazase su segundo nombre en el Instituto por el de Benildo. Por ello, si al principio se llamaba Hermano Valeriano León, a partir de 1931 aproximadamente comenzó a conocérsele como Hermano Valeriano Benildo.
[3] Hasta 114 poemas y letras de canciones habría escrito el Hermano Valeriano León, según testimonio de un Hermano que conoce bien su obra.
[4] Canto número 83, pp. 116-117.
[5] Página 7.
[6] Se trata del canto número 12, de una selección de 32, no todos tomados de la “Colección de cánticos sagrados”, ya conocida para aquel momento; cf. pp 316-317. Es de señalar que en las ediciones de 1904 y 1908 de citado devocionario lasaliano no aparece nuestro canto.
[7] Cf. Meditaciones para los domingos, MD 43,3,2.



Actos para antes de la comunión

Acto de fe

¡Oh buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar.

Acto de humildad

Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa comunión;
Jesús, que ves mi nada y mi pecado,
prepara tú mi pobre corazón.
 
Acto de contrición

Pequé, Señor: ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad.
Contrito ya, perdón, Señor, te pido;
eres mi Dios, apelo a tu bondad.

Acto de esperanza

Espero en ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz, que dice: «Ven a mí».
Porque eres fiel, por eso en ti confío;
todo, Señor, espérolo de Ti.

Acto de amor

¡Oh buen Jesús, amable y fino amante!
Mi corazón se abrasa en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que, constante,
he de vivir tan solo de tu amor.

Acto de deseo

Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud del que te come bien,
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida;