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lunes, 2 de marzo de 2015

¡Oh, buen Jesús!

Una poesía lasaliana de autor controvertido




















Las estrofas del “¡Oh, buen Jesús!” han sido entonadas durante muchos años por el pueblo fiel de habla hispana, pues fue un canto muy popular y muy extendido por nuestras iglesias españolas y latinoamericanas. Seguro que, aún hoy, se sigue interpretando de vez en cuando en más de una.

Según se afirma en distintos lugares desde hace mucho tiempo, el autor de la letra de tan bello himno sería el santo Hermano Miguel Febres Cordero, aunque las opiniones no se muestran del todo unánimes a la hora de atribuirle su autoría. ¿Qué podemos decir?

La hermosa poesía “Actos para antes de la comunión”, título original de la letra del mencionado canto, es de origen indiscutiblemente lasaliano, aunque su atribución al Hermano Miguel pueda ponerse razonablemente en cuestión. Al menos su autoría no debería sostenerse de modo tan terminante como propone el bello libro “Cartas y poesías del Hermano Miguel”, que los Hermanos del Ecuador publicaron con ocasión del centenario de la muerte del Santo Hermano[1].

De hecho, distintos indicios y testimonios muy sólidos de algunos conocidos suyos atribuyen la autoría del poema al Hermano Valeriano León, también conocido como Hermano Valeriano Benildo[2] (Juan Sáez Montalbo), nacido en 1879 en Tarancón (Cuenca)  -que, como hijo insigne del pueblo, le ha dedicado recientemente una calle, del mismo modo que hicieran algunos años antes en Jerez-  y fallecido en Griñón, en 1958. El Hermano Valeriano León fue durante veinte años catequista en el noviciado de Bujedo, donde también él mismo se había formado, cuando el monasterio premostratense acababa apenas de pasar a manos de los hijos de De La Salle. Nuestro Hermano dirigió asimismo, en su momento, la Editorial Bruño, en Madrid, y una comunidad de Hermanos estudiantes en Zaragoza, a más de su larga presencia en Jerez, entre otros destinos. También se encargó, durante bastante tiempo, de llevar adelante las causas de beatificación de los Hermanos mártires del antiguo Distrito de Madrid. De la afición y buen hacer literarios del Hermano Valeriano, además de sus poesías[3], habla la cuarentena de cuentos catequísticos que llegó a publicar en la revista “Vida y luz”. A veces firmó sus obras mediante seudónimos, como “León” o “Noel”.

La “Colección de cánticos sagrados” en español, de la que el poema “Actos para antes de la comunión” forma parte desde sus orígenes, fue reunida hacia 1904 por el Hermano belga Bethervien Léon (1862-1943), que al parecer puso también música a bastantes de ellos. El libro recogía un amplio abanico de canciones piadosas: no pocas de ellas nacidas del genio poético y musical de distintos Hermanos; otras procedían de autores de fuera del Instituto y el resto eran, más que nada, cantos tradicionales y latinos, casi siempre de autor desconocido.

A causa de los criterios para publicar sus obras que han utilizado los Hermanos de La Salle hasta bien entrado el siglo XX, no sabemos quiénes fueron los Hermanos que compusieron esos cánticos lasalianos, pues todas sus obras han llegado a nosotros de forma completamente anónima; no así otras, que sí indican con claridad el nombre de su autor o autores, como hemos comentado más arriba. Sí que se podrían especificar algunos nombres de Hermanos que participaron en los trabajos de composición del libro, aunque sin poder precisar casi nada de sus aportaciones concretas. Es el caso de los tres Hermanos que se citan en el presente artículo.

Por ejemplo, en la edición de 1913 del libro “Colección de cánticos religiosos” todos los cantos lasalianos van firmados por “H*”, asterisco incluido. En la de 1941  –con nihil obstat de 1930–  el canto “Actos para antes de la comunión”[4] aparece firmado dos veces por “H. E. C.”: una debajo del título, al que seguirá la partitura, y la otra al final del texto escrito, sin música, que sigue a los pentagramas iniciales. Al principio de esta última edición[5] se puede leer lo siguiente: “Hay en la Colección más de sesenta composiciones musicales completamente inéditas y expresamente compuestas para ser en ella publicadas. Otro tanto decimos de no pocas de las literarias, que son la mayor parte de las firmadas  por H. E. C.” No hace falta ser demasiado imaginativo para suponer que tras esas iniciales podría esconderse la expresión “Hermanos de las Escuelas Cristianas”, sin afinar más la identidad del autor. En ediciones posteriores del mismo libro se verán cantos firmados por “H. E. C.”, u otras iniciales comenzadas por “H.” o “H*”, además de cantos latinos o tradicionales, y de otros autores, letra y música, que se citan con la inicial de su nombre y apellido completo, además de indicar si es presbítero o de una congregación religiosa particular. La composición de “Actos para después de la comunión”, en concreto, se atribuirá siempre a “H. E. C.”, sin que en ningún lugar de las obras se explique cómo han de interpretarse todos esos signos y letras. Por otra parte, en el libro “Devocionario de la juventud, seguido de una colección de cantos”, publicado por Bruño en 1931, aparece asimismo nuestro canto con el título “Para antes de la comunión”, firmado por “H. E. C”[6]. En definitiva, a partir de las indicaciones de las publicaciones donde fue editado, nada podemos saber sobre la identidad del autor de la letra del canto.

A este respecto, es conocido que al propio Hermano Miguel se le asignó alguna vez el seudónimo “G. M. Bruño”, presunto autor permanente, durante mucho tiempo, de todos los libros lasalianos en español. En realidad, como es bien sabido, dicho seudónimo escondía el nombre, adaptado libremente a la fonética española, del Hermano  Gabriel Marie Brunhes, gran matemático y Superior General del Instituto cuando echaron a andar las primeras publicaciones escolares lasalianas en España. De hecho, los Hermanos decidieron en 1909 que, a partir de esa fecha, todos sus libros llevasen como razón social común “G. M. Bruño”, aunque todavía faltasen varios años para que la Editorial Bruño quedara oficialmente constituida como tal. Para los no enterados, sin embargo, de acuerdo con el número ingente de sus publicaciones  -y según el chascarrillo bien conocido en ámbitos lasalianos-,  el tal G. M. Bruño no podía menos que ser un escritor extraordinariamente prolífico...

No ha llegado a nosotros ninguna copia manuscrita o mecanografiada del poema “Actos para antes de la comunión”, previa o posterior a su publicación en “Cánticos religiosos”, que lleve la firma de ninguno de los dos Hermanos en cuestión. Tampoco disponemos de otras fuentes escritas de la época que confirmen nada, en uno u otro sentido. De ahí el interés de los testimonios personales, en los que se basa tanto el citado libro de los Hermanos ecuatorianos para atribuírsela al Hermano Miguel como nosotros, aquí mismo, para apuntar que su autoría podría corresponder al Hermano Valeriano León. Pero a partir de estos testimonios contradictorios, y sin más datos concluyentes, nada se puede deducir de forma demasiado definitiva. Sin pretender suscitar controversias estériles, y mucho menos hirientes, quede sencillamente constancia de esas dudas en la autoría del poema, nada gratuitas por otra parte...

Lo mejor de todo tal vez sea que “¡Oh, buen Jesús!” es un texto indiscutiblemente lasaliano, como, incluso, su división en actos y el tenor de los mismos estarían sugiriendo. En línea con los escritos de nuestro santo Padre y Fundador, podría añadirse que se trata de un canto que ha tocado el corazón[7] del pueblo cristiano durante varias generaciones, y a buen seguro que lo ha hecho con fruto generoso. ¡Gracias sean dadas al Dios del cielo que reparte estos dones entre sus hijos y se sirve de ellos para extender y fortalecer la fe cristiana por el mundo!


Hermano Josean Villalabeitia




[1] Hermanos Guillermo Pérez Pazmiño y Edwin Arteaga Tobón, Cartas y poesías del Hermano Miguel, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Quito 2011; cf. páginas 314-315. Los Hermanos ecuatorianos acaban de publicar una segunda edición, “aumentada y corregida”, en 2014.
[2] El Hermano Valeriano resultó curado de manera milagrosa por mediación del Hermano Benildo. De hecho, este hecho fue oficialmente reconocido como milagro para la beatificación del Santo Hermano. Por este motivo, el Hermano Valeriano solicitó y obtuvo de sus superiores el que se reemplazase su segundo nombre en el Instituto por el de Benildo. Por ello, si al principio se llamaba Hermano Valeriano León, a partir de 1931 aproximadamente comenzó a conocérsele como Hermano Valeriano Benildo.
[3] Hasta 114 poemas y letras de canciones habría escrito el Hermano Valeriano León, según testimonio de un Hermano que conoce bien su obra.
[4] Canto número 83, pp. 116-117.
[5] Página 7.
[6] Se trata del canto número 12, de una selección de 32, no todos tomados de la “Colección de cánticos sagrados”, ya conocida para aquel momento; cf. pp 316-317. Es de señalar que en las ediciones de 1904 y 1908 de citado devocionario lasaliano no aparece nuestro canto.
[7] Cf. Meditaciones para los domingos, MD 43,3,2.



Actos para antes de la comunión

Acto de fe

¡Oh buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar.

Acto de humildad

Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa comunión;
Jesús, que ves mi nada y mi pecado,
prepara tú mi pobre corazón.
 
Acto de contrición

Pequé, Señor: ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad.
Contrito ya, perdón, Señor, te pido;
eres mi Dios, apelo a tu bondad.

Acto de esperanza

Espero en ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz, que dice: «Ven a mí».
Porque eres fiel, por eso en ti confío;
todo, Señor, espérolo de Ti.

Acto de amor

¡Oh buen Jesús, amable y fino amante!
Mi corazón se abrasa en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que, constante,
he de vivir tan solo de tu amor.

Acto de deseo

Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud del que te come bien,
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida;










lunes, 7 de julio de 2014

Romancillo de Juan Bautista

Teresa Carrascal es una profesora de rancia estirpe lasaliana, que sin descanso cultiva desde hace años en las aulas del madrileño Colegio La Salle-Institución
Aparte de sus múltiples habilidades manuales, Tere también exhibe una reiterada afición por los trovos populares, que le viene de familia y exhibe siempre que puede. "Nada de poesía medida y esas cosas  -comenta ella sin darle importancia-; simples rimas que quedan más o menos bien..."
Una de sus últimas composiciones tiene que ver con Juan Bautista De La Salle. Es la que tienes a continuación, muestra indudable de su cariño hacia nuestro Padre y Fundador y, también, de su extenso conocimiento de la vida del santo lasaliano. ¡Enhorabuena, Teresa, por estos sentidos versos!





















En Reims, ciudad distinguida de Francia,
en mil seiscientos cincuenta y uno,
el 30 de abril, en la abundancia,
JUAN BAUTISTA vino al mundo.

Todo parecía resplandecer
bajo el mando del “Rey Sol
y en el gran siglo francés
¡Juan Bautista la luz vio!

Su padre, Luis De La Salle,
magistrado de la Audiencia;
su madre, Nicolasa Moët,
mujer piadosa y con paciencia.

Juan Bautista fue primogénito
de familia numerosa acomodada
y sus padres no dudaron un momento
en proporcionarle una educación esmerada.

¿Le harían un buen soldado?
¿A una carrera de leyes lo destinarían?
Tenía que ser digno de sus antepasados,
pues entre ellos... ¡ilustres personajes había!

Acudió a importantes colegios,
realizó sus estudios sin dificultad,
pero a la edad de quince años
ocurrió un hecho muy particular.

Tenía un pariente de prestigio
que era Canciller en la Universidad
y, además de renombrado canónigo,
fue de la Champaña Vicario General.

Este había decidido retirarse
y pensó en Juan Bautista para sucederle.
Ser canónigo, importante dignidad eclesiástica,
le obligaba a su mayor entrega, en breve.

Con tan solo quince abriles
era canónigo de la catedral de Reims.
Sirvió de modelo y ejemplo
a varones de mayor experiencia y saber.

Con sentida vocación sacerdotal
ingresó en un Seminario de París,
pero su triste situación familiar
le obligó a reflexionar sobre su porvenir.

Con nueve meses de diferencia
a sus dos progenitores perdió,
haciéndose cargo con urgencia
de seis hermanos, pues él era el mayor.

Durante cuatro largos años
la función de tutor desempeñó.
Juan Bautista pidió que le relevasen
y la familia acogió su razonable petición.

En Reims, sacerdote fue ordenado,
celebró su misa en la catedral,
era Ministro de Dios enviado
con una inmensa dignidad.

La educación de los más necesitados
fue la mayor preocupación en su tiempo.
De jóvenes maestros se había rodeado,
¡que a educar también estaban dispuestos!

A su cargo de canónigo renunció,
entre los pobres repartió sus riquezas
cuando un hambre espantosa asoló
y a muchas familias llegó la pobreza.

CONFIEMOS EN LA PROVIDENCIA”,
repetía Juan Bautista a sus Hermanos
y actuando con prudencia
vivieron en comunidad como cristianos.

Fundador de las Escuelas Cristianas
revalorizó la misión del Maestro,
creó nuevos modelos de enseñanza
y la formación religiosa cuidó con esmero.

Le costó grandes sacrificios,
contratiempos, largas horas de plegarias,
dificultades en el camino
y hasta persecuciones inesperadas.

Para reforzar el fervor y la generosidad
de la comunidad de los Hermanos,
se estableció el primer Capítulo General
con los tres votos que se formularon:

ASOCIACIÓN, para sostener las escuelas,
ESTABILIDAD en la sociedad,
OBEDIENCIA a dicha sociedad y superiores,
prometieron con absoluta disponibilidad.

Con la edad, su salud fue empeorando,
la última misa celebró en san José,
y el 7 de abril de 1719
JUAN BAUTISTA en Ruan se nos fue.

ADORO EN TODO LA VOLUNTAD
DE DIOS PARA CONMIGO
fueron sus últimas palabras
con Jesús, su modelo divino.

Nos ha enseñado el amor a los alumnos,
la ayuda constante a sus necesidades,
apoyándoles en sus debilidades
y alentándoles en sus dificultades.

Hoy hay colegios de La Salle
extendidos por 87 países del mundo,
con 85.000 profesores
y cerca de un millón de alumnos.

GRACIAS, JUAN BAUTISTA,
GRACIAS, por tu destacada labor,
GRACIAS, por tu actitud progresista,
GRACIAS, “Hermano”, ... ¡de corazón!


                          Teresa Carrascal
              (Las negritas y mayúsculas son de la autora)        



jueves, 28 de enero de 2010

Ministros de Dios en la escuela


Los Hermanos de La Salle de España y Portugal se hallan embarcados en un proceso de convergencia institucional que transformará por completo el modelo organizativo por el que se han regido estos últimos tiempos. Así, de la división en diferentes distritos, con autoridades y modos de hacer diferentes, pasarán en breve a una única provincia religiosa, que coordinará los criterios y objetivos de todos los lasalianos, de manera que la nueva estructura se adapte mejor a las características actuales de la sociedad y sus esfuerzos apostólicos den más fruto.

En realidad, al igual que para los demás creyentes, el posconcilio ha supuesto para todos los lasalianos, religiosos o no, una revolución en toda regla. Sus colegios, sus comunidades, el ambiente, todo en La Salle es ahora completamente distinto de como era hace tan sólo unas décadas.

La clave fundamental para comprender este cambio habría que buscarla en el deseo de ser cada día más fieles a lo que su Fundador soñó para ellos, a aquel carisma originario que les dio vida y continúa aún hoy justificando su existencia en la Iglesia y en el mundo. Las transformaciones actuales no buscan, en el fondo, otra cosa que revivir cada día, con renovada fidelidad creativa, la misma experiencia carismática que impulsara hace más de tres siglos a Juan Bautista De La Salle y a sus primeros compañeros. De ellos, precisamente, hay que partir si se pretende comprender lo que sucede hoy en el mundo lasaliano.

Dios tiene otros planes.- Reims es una ciudad del norte de Francia, célebre por dos signos de identidad característicos. Por una parte, su hermosa catedral gótica, en la que durante varios siglos fueron coronados los reyes galos; además, es la capital de la Champaña, una de las más importante regiones vitivinícolas de Francia, en la que se elabora el vino espumoso más reputado del mundo.

En Reims, precisamente, vio también la luz, en 1651, Juan Bautista De La Salle, hijo de un influyente magistrado y de una señora de la baja nobleza rural. A pesar de su condición de primogénito, el joven Señor de La Salle manifestó enseguida su intención de seguir la carrera eclesiástica, quizás con el inconfesado objetivo de convertirse un día en obispo. Sus orígenes en la alta burguesía de su tierra, su temprano acceso a una canonjía en la catedral de Reims, sus estudios en el prestigioso Seminario de San Sulpicio, de París, y en la también parisina universidad de La Sorbona −interrumpidos inesperadamente por la repentina muerte de sus dos progenitores− y el doctorado en teología, que concluyera más tarde en su ciudad natal, eran argumentos más que sobrados para progresar sin trabas en la carrera hacia el episcopado. Pero Dios, que −según De La Salle− “gobierna todas las cosas con sabiduría y suavidad”, tenía para él otros planes.

Las escuelas y los niños pobres, en efecto, se cruzaron de improviso en su camino y lo que en un principio sólo era un deber de caridad para con unos maestros cristianos desamparados terminó por dar un vuelco completo a la vida del joven canónigo. Primero fue buscar una casa para alojar a aquellos maestros; luego encargarse de su sustento, trayéndolos a comer incluso a la propia mansión familiar de los De La Salle; hasta acabar, al final, viviendo como ellos y con ellos, tras renunciar a la canonjía y repartir gran parte de sus bienes entre los necesitados.

Todo un proceso de renuncia a su privilegiada condición social y eclesiástica para pasar a compartir vida y misión con un grupo de pobres maestros muy mal considerados por el resto de sus conciudadanos, pero elegidos por Dios para convertirlos −según dejaría escrito más tarde el propio De La Salle− en “embajadores de Dios, ministros de Jesucristo y ángeles custodios de los niños”, desempeñando en las escuelas un empleo “tan importante en la Iglesia como el de los apóstoles o el de los obispos”. Se refería al de la educación cristiana, por supuesto.

Unas escuelas diferentes.- El negocio escolar marchaba boyante por aquel entonces en muchos rincones de Francia, con todo tipo de maestros escribanos y artesanos de la caligrafía que controlaban con cuidado cuanto tuviera que ver con su trabajo, sobre todo si podía afectar a sus bolsillos.

También en la Francia católica de aquellas fechas posteriores al Concilio de Trento el mundillo escolar estaba muy activo, aunque por razones distintas. Se pretendía recristianizar con entusiasmo a amplios sectores del país que vivían su fe de manera mediocre, y como medios privilegiados para conseguirlo proponían la catequesis y la escuela cristiana, que a menudo se confundían. Así las cosas, muchas parroquias organizaban escuelas para niños pobres, que, no obstante su nombre, dedicaban gran parte del tiempo a temas de catequesis, liturgia, moral y vida cristiana en general, de modo que de allí salieran cantores, acólitos, algunos candidatos al sacerdocio y, sobre todo, buenos creyentes.

En su inesperado acercamiento al ambiente escolar católico, Juan Bautista podía haber copiado cualquiera de los muchos modelos que, aquí o allá, un poco por todas partes, se estaban experimentando. Habría sido lo más sencillo. Sin embargo, decepcionado seguramente en sus primeros contactos con los responsables diocesanos de las escuelas de Reims, con quienes tuvo que gestionar el reconocimiento legal de una comunidad de religiosas, decidió transitar con sus maestros por un camino diferente.

Este planteamiento original, que dio a sus primeros cultivadores no pocos dolores de cabeza, terminó por imponerse sin discusión, de manera que a lo largo del siglo XVIII, y sobre todo en el XIX y primera mitad del XX, alcanzó un éxito impresionante, tanto dentro como fuera de las fronteras geográficas y culturales francesas. Trece Hermanos oficialmente canonizados, 74 beatificados −bastantes de ellos mártires de la última Guerra Civil Española− y muchos otros que esperan el veredicto vaticano acreditan, además, la sublime calidad espiritual del camino lasaliano.

Tres puntos clave.- Para comprender como es debido la originalidad del carisma lasaliano habría que fijarse fundamentalmente en tres aspectos, que han de ir siempre inseparablemente unidos. En primer lugar, la íntima convicción, que debe animar a todos los lasalianos, de haber sido elegidos y enviados por Dios a trabajar en su viña, de ser testigos del amor del Padre entre los niños y jóvenes necesitados, instrumentos del Reino de Dios en las escuelas. Esta manera de plantear la educación cristiana la vuelve mucho más interesante y atractiva que una simple profesión de utilidad social, para hacer de ella un auténtico ministerio eclesial, por el que la gracia del cielo llega a los hombres y va haciendo realidad el sueño de Dios en relación con los niños y jóvenes más pobres.

No se puede ser seguidor de Juan Bautista De La Salle sin cultivar con mimo esta profunda dimensión mística del trabajo apostólico, a base de contactos prolongados con la Palabra de Dios, de recuerdo frecuente de su presencia en nuestro derredor, de plegaria intensa y profunda, de “espíritu de fe”, en definitiva, como dejaría escrito el propio Juan Bautista.

En segundo lugar, los primeros Hermanos de La Salle concibieron un modelo profundamente comunitario de animación de las escuelas, basado en un concepto original que para ellos resultaba primordial: la “asociación para la misión”. Algunos especialistas consideran que ésta es la gran aportación lasaliana a la historia de la educación: constituir un grupo sólido de educadores entusiasmados con la tarea de promover juntos la obra de las escuelas cristianas, de modo que los niños más necesitados puedan convertirse en hombres de provecho para la sociedad y cristianos coherentes con su fe. Así, cada lasaliano tiene su puesto concreto en el conjunto de la obra de las escuelas, pero todos juntos, “asociados”, desarrollan la única misión de implantar el Reino de Dios entre niños y jóvenes. La comunión profunda entre sus protagonistas es, por tanto, el imprescindible punto de partida de toda iniciativa apostólica lasaliana.

Un tercer aspecto que caracteriza desde sus primeros momentos la obra de los Hermanos fundados por De La Salle es la organización de sus obras educativas, que estarán fundamentalmente destinadas y pensadas para los pobres, pero, al mismo tiempo, se abrirán sin complejos a todos los interesados en acudir a ellas. Los centros lasalianos nunca serán guetos sociales, como pedía, con frecuencia, la costumbre y hasta la legislación de la época fundacional, sino espacios bien organizados, concebidos con una visión muy práctica de la educación, donde poder prepararse con rapidez y eficacia a ocupar un puesto en la sociedad, dando importancia primordial a las relaciones de calidad entre todos, más allá de su responsabilidad precisa en el organigrama escolar, y reservando permanentemente a la religión un lugar destacado, de modo que los alumnos se habitúen desde pequeños a vivir su fe con naturalidad e interés.

Figuras clave en las escuelas lasalianas serán sus maestros, “hermanos entre ellos y hermanos mayores de sus alumnos”, según les recomendaba su Fundador, lo que hará de la cercanía y la confianza claves indispensables del éxito escolar.

Los primeros lasalianos sólo utilizaban el latín en las iglesias, lo que les valió no pocas veces la mofa y hasta el insulto explícito de quienes los consideraban unos auténticos incultos. Sin embargo, eran unos profesionales de la educación entusiasmados con su trabajo y formados para ejercerlo bien; excelentes conocedores y desarrolladores prácticos de un método escolar original que, con el tiempo, terminaría por mostrar una eficacia pedagógica de alto nivel en todos los sentidos; personas convencidas de la extraordinaria importancia de realizar perfectamente su labor, ya que, como les aconsejaba su Fundador, “no debían hacer diferencia entre los deberes de su empleo y los de su propia salvación”. De La Salle fundó una institución de educadores cristianos, de maestros, en el mejor sentido de la palabra, y no sólo de catequistas.

En esta misma línea de exigencia en los planteamientos pedagógicos, y al contrario de lo que ha sido habitual en otras instituciones similares, entre los Hermanos de La Salle nunca ha habido sacerdotes, “porque −en opinión del Fundador− la comunidad y el empleo escolar exigen un hombre entero”.

La hora actual.- Ya hemos comentado cómo, en línea con la invitación que lanzaba insistente el Vaticano II hace ya unos cuantos decenios, los Hermanos de La Salle se hallan envueltos en un proceso de reinterpretación y renovación de su carisma fundacional, de manera que pueda adaptarse sin estridencias a las novedades del tiempo presente. Algunos han llamado a este proceso “refundación” aunque tal vez no sea el término más apropiado para una institución que existe desde hace más de tres siglos.

El ambiente de los países donde la implantación de los Hermanos era más intensa no ha favorecido en absoluto el desarrollo sereno de este proceso, pues lo ha hecho coincidir con una rápida laicización de la sociedad, al tiempo que una aguda crisis vocacional sacudía con fuerza a la institución. La perplejidad y el temor ante los nuevos planteamientos se convirtieron en una tentación que ha habido que superar, evitando achacar a los cambios que se intentaban promover la responsabilidad del mal momento.

A pesar de todo, el Instituto de los Hermanos se embarcó con audacia en la tarea de actualizar su carisma fundacional y, siguiendo a su Fundador, “se hizo a la mar sin velas ni remos”, apoyado únicamente en una irreductible convicción: mediante capítulos, reuniones, discusiones, elecciones, documentos, etc., el Espíritu continuaba guiándolos con amor.

Se puede decir que, para los Hermanos de La Salle, el pistoletazo de salida de todo el proceso de renovación institucional comenzó con el Capítulo General de 1966-1967, que alumbró unos documentos normativos tremendamente novedosos, que respiraban un aire por completo distinto al que había sido habitual durante los casi tres siglos transcurridos desde la fundación, e invitaban a dar nuevos pasos en fidelidad creativa al legado de los primeros Hermanos. Tras un par de décadas de perplejidad y agridulces ensayos, el cambio cobró nuevos bríos a principios de 1987 con la aprobación definitiva de la nueva Regla, aún vigente en el Instituto, y ha continuado haciendo camino, sin prisa ni pausa, hasta el día de hoy.

Y es que los Hermanos están convencidos de que el carisma que Juan Bautista De La Salle recibiera del Espíritu para servir a la Iglesia y al mundo no les pertenece a ellos en exclusiva, ni mucho menos. Es un bien con el que Dios bendijo a toda su Iglesia y, en consecuencia, a disposición de la Iglesia entera debe quedar. Por eso, no se sorprenden en absoluto cuando descubren a un número cada vez mayor de personas de toda condición, implicadas, sobre todo, en tareas educativas y catequísticas, que desean apoyar su vida y su compromiso apostólico en los pilares de la espiritualidad lasaliana. Como la historia anterior no hay quien la borre, a los Hermanos les corresponde −de momento− una responsabilidad particular en el discernimiento y la formación de estos nuevos llegados a los aledaños del carisma lasaliano, de manera que su experiencia sea auténtica y puedan penetrar hasta el fondo en los secretos del carisma lasaliano para recibir de él vida y sentido en plenitud.

Por utilizar sus propias palabras, los Hermanos se sienten hoy “corazón, memoria y garantía” del carisma lasaliano para cuantos están interesados en fundamentar su existencia en él. No tienen mensajes revolucionarios que comunicar a quienes buscan; tan sólo insisten en las claves lasalianas de siempre: el espíritu de fe, que hay que cultivar a base de Palabra de Dios y oración; la comunión lasaliana, a la vez fuente y fruto de la misión; la asociación para el servicio educativo de los más necesitados... Y elevan confiados sus brazos al cielo, esperando, una vez más, que el Espíritu fecunde sus desvelos como sólo Él lo sabe hacer.


Hermano Josean Villalabeitia