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lunes, 15 de junio de 2015

Nicolás Roland, un apóstol tridentino

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (18)


Terminados sus estudios eclesiásticos, siendo sacerdote y canónigo, el Padre Roland arde en deseos de ser un buen sacerdote y de dedicarse de lleno a la misión. Para ello, visitará con asiduidad las experiencia parisinas de San Nicolás del Chardonnet  —a cuya comunidad perteneció su padrino Mateo Beuvelet—, San Sulpicio y San Lázaro, la sede de los seguidores de Vicente de Paúl; se irá así impregnando de la inspiración de las personalidades más brillantes de la Iglesia de su tiempo: Bérulle, Vicente de Paúl, Olier, Bourdoise...

También se desplazará a Ruan, donde conoce en profundidad a Nicolás Barré y su apostolado en las escuelas. De Ruan, precisamente, del entorno del Padre Barré más en concreto, llegarán a Reims quienes serían las dos primeras Hermanas del Niño Jesús, sociedad fundada por Roland para servicio de las escuelas gratuitas para niñas pobres. Estas discípulas del Padre Barré ayudarán a Roland a lanzar su Instituto y a formar a las primeras Hermanas del Niño Jesús[1]. Se sabe también que Roland conocía las Remontrances de Démia, publicadas en 1668. En suma, se puede afirmar, sin exagerar, que en la persona de Roland confluían las grandes corrientes de la reforma católica del siglo XVII en Francia, en especial las que, en aquellos tiempos, se dedicaban, sobre todo en el norte, a la educación y a la evangelización de la juventud popular[2].

Como consecuencia de estos múltiples contactos espirituales y apostólicos, se iniciará una segunda conversión en Roland: ponerse al servicio entusiasta y generoso de los pobres. Así surgirá su interés por fundar escuelas gratuitas para niñas. Según el propio Roland dejó escrito, “hay que cambiar de estilo y predicar más apostólicamente; y, como el pueblo y las grandes personas aprovechan poco de los mejores sermones, estoy decidido […] a trabajar por establecer las escuelas gratuitas para la instrucción de las niñas”.

Momento trascendental en esta opción es el abandono de su casa familiar para irse a vivir a una casa más sencilla. Y es que se le hacía imprescindible alejarse de su opulento ambiente burgués  —con ruidoso escándalo por parte de su familia y de los dirigentes de la iglesia local—  para entregarse de lleno a las niñas pobres. Y también, para poder acoger en ella a algunos sacerdotes, tal como deseaba, y convertir así su casa en una especie de seminario de excelencia sacerdotal, al modelo tridentino, repitiendo experiencias que había tenido oportunidad de conocer en distintos lugares.

Al mismo tiempo que sus opciones de vida se materializan, su espíritu apostólico va haciéndose cada día más intenso, hasta el punto de que sus compañeros canónigos le acusan con insistencia de descuidar sus deberes en el capítulo catedralicio para dedicarse a la misión. En el fondo, a Roland estas polémicas le interesaban poco, porque tenía una senda bien marcada, que le llevaba lejos de los quehaceres e intereses canonicales. Y es que, según indican sus biógrafos, Nicolás “veía en el avance de la gloria de Dios el culto principal que debía rendirle”. Tal vez por ello, nuestro canónigo teologal recordase con frecuencia a sus Hermanas lo siguiente: “En las fatigas de vuestro empleo no olvidéis nunca que habéis sido llamadas a llevar una vida apostólica y que es necesario que os impregnéis de su espíritu para cumplir dignamente vuestras obligaciones”.


Y es que, además de a sus dirigidos espirituales, nuestro el canónigo teologal había decidido tiempo atrás dedicarse con intensidad a tres actividades fundamentales: 1. la predicación, en la catedral, en el ámbito de sus obligaciones como canónigo, y sobre todo en misiones populares, organizadas por él mismo o por sus amigos, los discípulos de Vicente de Paúl, en las que él colabora con gusto; 2. la formación de los sacerdotes que acoge en su propia casa, por periodos variables de tiempo; entre ellos estará, precisamente, el futuro fundador del seminario diocesano de Reims; 3. sobre todo, la fundación de escuelas gratuitas para niñas y la formación de las Hermanas que las atienden, a las que aconsejará de esta manera: “Cuando se trate de la salvación de las almas no os guardéis nada para vosotras; ellas nunca os costarán tanto como le costaron a Jesucristo y si no podéis entregar como Él vuestra sangre, entregad al menos vuestros sudores en testimonio del amor que tenéis por el divino salvador que tanto ha sufrido por vosotras. Cumplid los trabajos de Dios con ardor y aceptando siempre esa especie de paradoja de que Él pueda servirse de un instrumento tan débil como vosotras para procurar su gloria; aprovisionaos a menudo de espíritu apostólico para llevar con eficacia la Palabra de Dios a las almas, tratad más de mover sus corazones que de contentar a los espíritus, recurrid más a la oración y a los sufrimientos que a otras argucias”. La fundación y progresivo afianzamiento de sus Hermanas del Niño Jesús fue, sin duda, la gran pasión apostólica de su vida.

Nicolás Roland falleció en 1678, pocos días después de la ordenación sacerdotal de De La Salle, su dirigido espiritual, colega de cabildo catedralicio y ejecutor testamentario. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1994.

Hermano Josean Villalabeitia





[1] Oficialmente fundadas en 1671, se sabe que en 1674 eran ya diez y dirigían cuatro escuelas para niñas en Reims. Contaban con el potente apoyo del arzobispo remense.
[2] En realidad, parece que Roland comenzó acogiendo en su casa a huérfanas o niñas abandonadas por sus padres. Solo después de conocer la obra de Barré, en Ruan, y Démia, en Lyon, se animará a hacer evolucionar su fundación hacia las escuelas para niñas pobres, con un interés particular por la formación de las maestras que se ocuparían de ellas, que serán las futuras Hermanas del Niño Jesús.

martes, 26 de mayo de 2015

La Salle con los niños de la calle de Abiyán

Hogar Akwaba, de Abiyán (Costa de Marfil)


UN FUTURO DE DIGNIDAD 
PARA LOS NIÑOS DE LA CALLE

África no se asoma demasiado a los medios de comunicación occidentales. Y, si lo hace, suele ser para presentar paisajes, tradiciones ancestrales o comportamientos que por su exotismo, colorido o rareza atraen la curiosidad del espectador sensacionalista, cuando no son noticias de guerras u otras catástrofes cuyas dramáticas consecuencias impresionan por todas partes.

Existen, no obstante, realidades africanas muy crudas que rara vez saltan a las portadas de nuestros periódicos, porque parecen no adornarse con el patetismo imprescindible para resultar atractivas. Pero no por ello dejan de constituir auténticas heridas abiertas por las que las sociedades africanas sangran sin cesar y van perdiendo jirones de su porvenir y su esperanza.

Un hogar para niños de la calle.- Uno de estos ignorados problemas de África es el de los llamados “niños de la calle”, circunscrito a ciudades más bien grandes, que, de acuerdo con los datos más recientes, no hace más que crecer. Hasta hace poco se trataba de un fenómeno exclusivamente masculino, pero entre ellos se ven cada vez más chicas.

Al mismo tiempo que los niños de la calle aumentan, distintas personas e instituciones, fieles a su vocación de socorrer a los más necesitados, se lanzan sin contemplaciones al encuentro de estos menores en dificultad para tratar de aliviar de su deplorable situación.

Una de estas instituciones es el “Hogar Akwaba”, de Abiyán (Costa de Marfil), dirigido por los Hermanos de La Salle, que atiende a una cincuentena de niños de entre 8 y 15 años, llegados directamente de la calle, la policía o algún otro organismo implicado en esos asuntos. Una minúscula gota de agua en el inmenso océano de necesidad que constituyen los alrededor de 30.000 niños de la calle que se calcula viven en la metrópoli marfileña, pero una gota que, de no estar allí, se echaría en falta.

La palabra “akwaba”, en lengua local, significa “bienvenido”, toda una declaración de intenciones sobre lo que desde el primer instante quiere ser el Hogar para cuantos se acogen a él: cariño y atención personal, comida sana y abundante, atención médica cuidadosa, deporte, ocio, educación especializada, camaradería, tareas domésticas para colaborar en el mantenimiento de la casa limpia y los jardines en condiciones... con un insistente acento en el aseo personal y la correcta vestimenta en todo momento...

Un hogar, en definitiva, donde todos puedan sentirse a gusto y disfrutar de su amplia cuota de dignidad y respeto; todo lo contrario de lo que habitualmente sucede en los círculos de los que proceden. Con todo, la ocasional huida de algún chico, para reintegrarse a sus antiguas cuadrillas callejeras, invita a no idealizar en exceso la vida cotidiana del Centro, al menos desde los criterios de algunos internos.

El Hogar lo atienden tres Hermanos de La Salle  –dos españoles y un burkinés–  apoyados por seis monitores locales y una pequeña nube de voluntarios, la mayor parte de ellos jóvenes religiosos en formación, de ambos sexos, que complementan sus estudios teóricos de pedagogía, trabajo social, enfermería, pastoral, etc., con el acompañamiento de los chicos del Centro y la animación de actividades para ellos y con ellos.

Aunque tampoco conviene llevarse a engaño: el objetivo esencial del Centro no es hacer que los internos se sientan a gusto en él, sino encontrar a sus familias y disponerlo todo para que los chicos puedan retornar cuanto antes a ellas, en las mejores condiciones. El buen ambiente en el Hogar es un medio imprescindible para cumplir adecuadamente sus metas, pero no el fin primordial.

                En busca de la familia.- Cuando un niño llega a Akwaba lo primero es ocuparse de su persona y de su dignidad: lavarlo, vestirlo, curarlo, darle de comer y buscarle unos compañeros que le ayuden a integrarse cuanto antes en la rutina del Centro, cosa más complicada de lo que a primera vista podría parecer.

Pero cuando estos primeros auxilios urgentes han sido adecuadamente cumplimentados comienza una tarea no menos delicada: conocer las circunstancias por las que ese niño ha terminado en la calle, empezar a comprender cómo valora su situación y obtener datos para localizar a su familia. Dará así inicio un proceso de indagación, a veces lejos de la ciudad, con visitas a la familia cuando ha sido localizada y reiteradas invitaciones a que pase periódicamente por el Centro para conocer mejor al chico, dialogar con el equipo responsable de Akwaba e ir madurando la decisión de acoger de nuevo a su hijo en casa. Una mediación en toda regla, entre el chico y su familia, que nunca resulta sencilla.

A veces los propios chicos entorpecen la progresión de este proceso al no colaborar en las pesquisas, desviar las pistas o estropear los contactos una vez que se han producido. Por parte de las familias tampoco se ve siempre nítido el panorama y suelen iniciar la aproximación con bastantes recelos, lo que no ayuda a que las cosas marchen sobre ruedas precisamente. En ocasiones, por más iniciativas que se intentan, no aparece nadie de la familia; en estos casos una posibilidad interesante puede ser encontrar una familia de acogida. En fin: procesos cuya complejidad tiene una explicación sencilla: las amargas experiencias que han dado con los menores en la calle.

Porque si tratásemos de imaginar qué motivos han podido empujar a esos niños a escapar de casa, fácilmente nos vendrían a la cabeza unos cuantos de peso: la miseria en que vivía su familia, el excesivo trabajo o duro trato al que se veían sometidos... Y estas cuestiones suelen tener su influencia en el problema, por supuesto. Pero los verdaderos motivos, los decisivos, son de otra índole. Es lo que aseguran los propios chicos cuando se les pregunta: “me pegaban”, “murió mi madre y con mi madrastra todo cambió”, “mis padres se separaron”, “no me querían”, “se olvidaron de mí”... Algunos incluso han llegado a ser considerados en su familia como “niños brujos”, causantes de la muerte de algún familiar o de múltiples desgracias. Como consecuencia, sufren un rechazo social angustioso y, si no escapan, pueden ser cruelmente torturados y hasta asesinados.

Como puede apreciarse, se trata siempre de un problema afectivo; los niños se lanzan a la calle como consecuencia de los conflictos conyugales de sus padres, del fallecimiento de la madre, de los golpes y amenazas que reciben en casa, del rechazo o indiferencia de los suyos... A veces su reacción es inmediata: se van justo después de un incidente doloroso; en otras ocasiones el vaso se va llenando poco a poco, hasta que, al final, rebosa y el niño se marcha.

Recomponer una relación tan profundamente marcada por el fracaso afectivo resulta muy complicado; no es extraño, por tanto, que los niños tiendan a rehuir el intento, o lo abandonen en cuanto aparecen los primeros obstáculos. El proceso de reinserción en la familia es, en definitiva, muy arduo. De hecho, algunos niños terminan regresando a la calle poco después de haberse reincorporado a sus familias.

Hay, con todo, chicos que han llegado a las calles como consecuencia de los últimos conflictos bélicos del país o la muerte de sus padres  –con frecuencia a causa del sida, lo que a la desgracia de la orfandad añade el estigma social–. Con ellos, la problemática afectiva suele ser distinta, así como los recursos a los que se puede acudir.

La educación, clave fundamental.- Otro aspecto prioritario en el Hogar Akwaba es la educación, entendida de manera integral, que persigue formar a los muchachos en todos los aspectos de su persona: corporales, intelectuales, sociales, emocionales, culturales, cívicos, morales... Todos juntos, complementándose mutuamente, han de contribuir a hacer de los chicos personas de paz, de justicia, de libertad responsable, de compromiso, de coherencia, de seriedad... Artífices activos de un mundo muy distinto del que ellos mejor conocen por haberlo frecuentado intensamente. Tanto la organización del Centro, con sus valores, criterios, actividades, reglamentos, etc., como la dedicación y entrega de todos sus educadores están al servicio de este objetivo fundamental.

Más allá de la experiencia cotidiana de convivir en armonía, bajo criterios comúnmente aceptados, un instrumento específico para cultivar con denuedo muchos de estos valores es la escuela, que en el Hogar Akwaba se organiza en dos estructuras diferentes. Por un lado, una escuela llamada “de base”, con contenidos muy elementales y metodologías apropiadas, que tiene su sede en el propio Centro. A ella acuden tanto los chicos del Hogar cuya asistencia se juzga conveniente como otros escolares de diversas escuelas de la ciudad con serias dificultades para seguir el ritmo normal de las clases; en la escuela de base de Akwaba encuentran todos la posibilidad de recibir una atención adaptada a su poca capacidad, o a su deficiente escolarización. En abril de 2014, esta escuela de base del Centro acogía a 44 niños del propio Hogar y a 70 externos  –88 chicos y 26 chicas en total–  distribuidos en varios niveles.

No faltan chicos que son capaces de seguir los cursos normales de las escuelas; algunos de ellos destacan incluso por sus buenos resultados. En este caso, se les busca un puesto escolar adecuado y se sigue con atención su evolución en él. Algunos externos de la escuela de base que se recuperan adecuadamente de su situación inicial también pasan a este proceso de normalización escolar, en las mismas condiciones que los internos del Hogar. En abril de 2014 el Hogar Akwaba seguía en la ciudad la marcha escolar de 9 chicos del Centro y 10 externos; de ellos, 3 chicas.

Dificultades en estas actividades escolares se pueden imaginar sin esfuerzo: escaso nivel de estudios y de interés por la escuela, ausencias injustificadas, dejadez de los padres en el seguimiento los chicos, indisciplina, robos, pérdida y destrozo de materiales... Nada que no se pueda combatir con la paciencia, el buen hacer y el compromiso de los maestros.

Para los más mayorcitos, como remate de los esfuerzos escolarizadores anteriores, existe la posibilidad de ingresar como aprendiz en alguno de los talleres colaboradores del Centro, en especialidades como costura, carpintería, mecánica del automóvil, fontanería, etc. Además, para complementar esta formación profesional directa, Akwaba organiza para ellos cursos de alfabetización que tratan de fijar lo mejor posible ciertos aspectos fundamentales de lengua, hablada y escrita, cálculo, cultura general y civismo. La verdad es que este apartado sobrevive a duras penas porque no es fácil encontrar, con realismo, especialidades que entusiasmen a los aprendices, ni profesionales que colaboren de buen grado en aspectos formativos que ni son prioritarios para ellos ni generan beneficios contables inmediatos. Aún así, en 2014 el Centro seguía a dos aprendices de Akwaba y a otros 14 externos, casi todas chicas.

Todo el anterior entramado de herramientas socio-pedagógicas se completa con una serie de actividades más o menos habituales que podríamos agrupar bajo el denominador común de “relación de ayuda”, con el apoyo de algún especialista cuando se ve necesario: escucha activa de los chicos, individualmente o en pequeños grupos; elaboración de un proyecto de vida para cada uno de ellos, que se evalúa y corrige periódicamente; tutorías semanales; análisis detallado de casos concretos; etc.

                Encontrarse con los niños en su ambiente.- Una última actividad fundamental del Hogar Akwaba son las salidas para ir en busca de los chicos de la calle, a los lugares habituales donde ellos se mueven. Pensemos que para estos chavales las calles están llenas de atractivos  –cartas, tabaco, alcohol, drogas, peripecias diversas...–  a los que no es fácil renunciar, como tampoco resulta sencillo dejar de moverse a sus anchas, haciendo en cada momento lo que les venga en gana.

La gran preocupación cotidiana de esos niños suele ser conseguir comida. Para ello, algunos se dedican a la mendicidad; otros prefieren cargar mercancías en tiendas y mercados: a cambio de unas monedillas ofrecen su caja de cartón y, una vez llena, la llevan al coche, que pueden incluso vigilar mientras el “patrón” realiza otras gestiones; no faltan quienes, sencillamente, roban.

A pesar de lo que ellos suelen afirmar, la calle es para estos niños un auténtico infierno, pues a la precariedad de su alimentación cotidiana hay que sumar sus incontables problemas de salud, que las pésimas condiciones de higiene y la dureza de su vida a la intemperie agravan día a día. Para colmo de males, cuando se sienten enfermos prefieren utilizar los medicamentos que encuentran en los puestos al aire libre, de procedencia y estado de conservación más que dudosos, que ningún médico les prescribe. Y es que los hospitales y dispensarios no les merecen confianza, o exigen un dinero del que los niños carecen.

En los círculos de estos menores en dificultad a menudo impera la violencia, como método para solventar conflictos o por simple capricho del más fuerte. También pueden resultar agredidos por bandas organizadas que tratan de obligarlos a desaparecer de ciertos barrios. Al mismo tiempo, la sexualidad precoz y no protegida, que se traduce en violaciones, pedofilia y abusos de todo género, causa estragos entre ellos.

El consumo de drogas más o menos sofisticadas es, asimismo, habitual en la calle, sobre todo entre los más mayores. Estas sustancias inducen en quienes las consumen graves trastornos de comportamiento, que se manifiestan sobre todo en forma de violencia física y agresividad permanente, que ejercen entre ellos mismos o sobre las personas que encuentran por ahí. A veces interviene la policía y entonces, muy a menudo, el remedio  –palizas, cárcel, asesinatos...–  es mucho peor que la enfermedad.

Las salidas al encuentro de estos chicos, con su compleja problemática, tienen por objeto echarles una mano en sus dificultades cotidianas, escuchándoles con atención, tratando sus afecciones más corrientes y trasladándolos al hospital cuando se ven casos preocupantes. Y, por supuesto, ofreciéndoles la posibilidad de incorporarse al Hogar Akwaba, u otro de características similares, donde sus males tengan un horizonte más esperanzador. Las estadísticas dan cuenta de alrededor de un centenar de chicas y chicos contactados cada mes, de los que solo alguna rara unidad opta por acompañar a los animadores al Centro. Un inconveniente de cada vez más difícil gestión es, por otra parte, la presencia creciente de chicas en las calles, así como la de antiguos internos de Centros como Akwaba, que suelen remar a contracorriente de los objetivos previstos para estas salidas.

Así las cosas, el Hogar Akwaba se ha convertido en un eslabón muy activo de esa extensa cadena de solidaridad que apoya a los menores de Abiyán en grave riesgo de exclusión. Porque el proyecto Akwaba brinda a los niños de la calle la oportunidad de reinsertarse en la sociedad, animándoles a ser protagonistas de su propio desarrollo luchando contra las causas que los marginan y transformando, en definitiva, su sociedad. De esta manera, el Hogar Akwaba participa activamente en esa corriente mundial a favor de la infancia que lanzó Unicef  y a la que se ha sumado Costa de Marfil, cuyo eslogan invita a “Cambiar el mundo con los niños”. Una espléndida síntesis de los ideales del Hogar Akwaba.

                                                                                                          Josean Villalabeitia

Un interesante vídeo sobre lo que es Akwaba, de gran calidad de imagen y 27 minutos de duración, lo podéis encontrar el este enlace: Vídeo "Akwaba, bienvenidos a la vida".



jueves, 4 de diciembre de 2014

Nicolás Barré (1621-1686)

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (12)

Nicolás Barré nació en Amiens en 1621. Estudió con los jesuitas de su ciudad natal, destacando por sus dotes intelectuales y también  —cosa curiosa—  por su habilidad manual. Atraído por la vida religiosa, decidió ingresar, no con sus preclaros maestros ignacianos, sino en la Orden de los Mínimos[1], que por aquel tiempo tenían prestigio como penitentes, contemplativos, predicadores, estudiosos y apóstoles. De hecho, el joven Barré se formará en el reputado convento que su Orden tenía en la plaza Royal de París, llegando a ser allí profesor de teología y, más tarde, también bibliotecario. Se dice que fue uno de los primeros en inscribirse en la asociación de oración por la catequesis que organizó el Padre Bourdoise en san Nicolás del Chardonnet. En estos años parisinos de dedicación al estudio, el Padre Nicolás predica con frecuencia a los laicos terciarios de su Orden, a los que les suele inculcar una preocupación caritativa por los pobres, invitándoles a hacer algo en su favor. Nos hallamos, pues, en un medioambiente espiritual y apostólico típicamente tridentino.

En 1659, siendo ya un religioso de amplia experiencia, Barré es trasladado a Ruan, donde desempeñará diferentes ministerios. Tres años más tarde, predicando una misión popular en Sotteville, por aquel entonces pueblecito cercano a Ruan, el Padre Nicolás se refiere a la triste condición de los niños pobres del barrio, que no saben nada de catecismo porque nadie se lo enseña. En realidad, por aquellos años en Ruan no existía más que un monasterio de ursulinas, para gente bien, alguna escuela mixta para pobres, de organización y funcionamiento más o menos regular, y las catequesis del asilo de la ciudad, orientadas a los huérfanos e indigentes allí recogidos. El Padre Barré, con su homilía, buscaba fondos para promover escuelas para pobres, y también voluntarios que desearan comprometerse en la solución de tan triste situación. Al final de aquella misa le esperan algunas voluntarias, ningún hombre. Con ellas organizará allí, en 1662, la primera escuela gratuita para niñas pobres[2]. La obra irá cobrando fuerza y al año siguiente Barré está en condiciones de abrir varias escuelas femeninas más en distintos lugares de la ciudad de Ruan. Aprovechando el ímpetu de las maestras y las instalaciones escolares, el Padre Barré impulsará la catequesis no solo durante los días de clase, sino también en domingos y en días festivos. Este catecismo se impartía en las mismas aulas de las escuelitas según un método bastante original, impregnado de las inquietudes tridentinas[3].

Como organización concreta de las escuelas, las maestras de Barré seguirán, con cierta libertad  —mejorándolas, sin duda[4]—, las indicaciones de La escuela parroquial, a las que incorporarán el trabajo manual, de la misma manera que acabaría proponiendo Carlos Démia en Lyon. Atención particular se prestará a los horarios, con una reglamentación escrupulosa del tiempo escolar, a los registros de ingresos y ausencias de los alumnos, a ciertos planteamientos propios de la enseñanza simultánea, a la utilización de libros comunes, fichas y carteles para las paredes, a una la mayor presencia del francés en la escuela, a la dulcificación de la disciplina, etc.

Como apoyo financiero del proyecto, cuenta con las aportaciones de varias señoras de la alta sociedad; entre ellas una remense, viuda de un rico comerciante, que ha experimentado una repentina conversión y está dispuesta a darse por entero, junto con sus bienes, a los pobres. Nos referimos a la Señora de Maillefer, que está lejanamente emparentada con los canónigos remenses Roland y De La Salle, y acabará teniendo una participación significativa en la fundación de las primeras escuelas lasalianas en Reims. El año 1670, la Señora de Maillefer financiará la fundación de una escuela para niñas pobres, de la red de Barré, en Darnétal, cerca de Ruan.

El ritmo de vida y de trabajo que llevaban las primeras maestras de Barré es impresionante. Según relata una de ellas, “éramos cuatro o cinco Hermanas, totalmente entregadas a la divina Providencia, sin estar en comunidad, sino dispersas. Dos se encargaban de la escuela de la calle de los Carmelitas y otras tres de la casa de la Señora de Grainville. El Padre Barré venía de vez en cuando para dar conferencias y nos indicaba cuál debía ser nuestro régimen de vida. Nuestros ejercicios espirituales estaban regulados. Dábamos clase desde las ocho hasta las once. Luego llevábamos a las niñas a misa. Eran unas ciento treinta, a veces más. Desde las doce hasta las dos nos quedábamos con las mayores. Les enseñábamos a leer y el catecismo. Luego nos dedicábamos a las pequeñas, hasta las cinco. Después íbamos por las casas, para instruir a la buena gente”. Además, los domingos y fiestas impartían catecismo.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] Fundada en Italia, hacia 1435, por san Francisco de Paula. Si los hijos de san Francisco de Asís se llamaban a sí mismos ‘Hermanos menores’, los discípulos de Francisco de Paula, que compartían espiritualidad franciscana, querían ser todavía más humildes, por lo que se llamaron ‘Hermanos Mínimos’. Desaparecieron de Francia con la Revolución Francesa; hoy son algo más de un centenar en todo el mundo.
[2] A pesar de haber conocido en Ruan escuelas para niños pobres que eran mixtas, el Padre Barré concebirá su obra con una estricta separación de sexos, tanto en niños como en adultos: escuelas para niñas regidas por maestras y escuelas para niños dirigidas por maestros.
[3] “Hablar poco y preguntar mucho […] vivir lo que se enseña”.
[4] Rigault afirma que “en cuanto a los métodos pedagógicos de Barré, en lo que se puede juzgar a partir de sus Estatutos, son más modernos que los de La escuela parroquial y se parecen a los de Démia y Pedro Fourier”. En otro momento, no obstante, reconocerá que la estructuración de las maestras de Barré, “esa organización jerárquica, esa autonomía del Instituto enseñante, unidas a la estabilidad del personal, marcan un destacado y definitivo progreso sobre el sistema de Démia”.

domingo, 9 de noviembre de 2014

La estrecha conexión Barré-De La Salle

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (11)


Beato Nicolás Barré
Cuando trata sobre el Padre Nicolás Barré y su relación con la fundación del Instituto de las Escuelas Cristianas, Blain, el principal biógrafo de De La Salle, no tiene la menor duda: “Si el santo Mínimo [Barré] no tuvo ante los hombres la gloria de haber realizado esta institución [de las Escuelas Cristianas], sí la tuvo, sin duda, delante de Dios, pues de hecho fue el primero que concibió el proyecto, el primero que lo planificó y el primero que trabajó en él”. Según Rigault, el propio “Señor De La Salle, concluyendo sus años terrestres en San Yon, en el suburbio ruanés de San Severo, no se privaba de repetir a quienes le rodeaban cómo las obras de Ruan habían suscitado las de Reims, cómo él mismo había solicitado y seguido los consejos del Padre [Barré] para comprometerse a fondo en su propio camino”. Y, como para justificar su opinión, Rigault añade a continuación un comentario nada gratuito: “Evidentemente, a los Hermanos les gustaba recordar, con Blain, todo lo que tenía que ver con su Congregación en la historia de la capital normanda”.


Pero la influencia no se habría producido únicamente en los aspectos exteriores. Según Blain, el Padre Barré tuvo por aquellos primeros años de la fundación lasaliana una influencia trascendental en la vida espiritual de Juan Bautista, de modo especial en aquellas opciones heroicas que le encaminaron de manera definitiva hacia la opción por las escuelas y a compartir su vida con los maestros, “ya que fue el Padre Barré quien le inspiró el espíritu y las máximas con las que debía guiarse; él quien le sostuvo en las dificultades y contradicciones que encontró; él quien le sugirió los consejos heroicos de abandonar la canonjía, de despojarse de su patrimonio, de distribuirlo entre los pobres, de fundar sus escuelas solo sobre la pobreza evangélica, y de abandonarse él mismo y los suyos a la divina Providencia. En una palabra, fue el Padre Barré quien arrojó en el alma del Santo Fundador las semillas de esta sublime perfección que admiramos”. O, por afirmarlo con aún más rotunda nitidez, “fue él quien animó al Señor De La Salle a comenzar su Instituto y quien le dirigió en esta empresa”.
Pensionado La Salle - Ruan

En otro momento de su obra, Blain adopta una visión algo diferente, aunque también relaciona estrechamente a ambos protagonistas con una obra que, a la postre, resultaría trascendental: los institutos de maestros caritativos que animaban esas escuelas populares. Solo que, en esta ocasión, el biógrafo ruanés distribuye los papeles: “El reverendo Padre Barré, Mínimo, y el Señor De La Salle fueron los primeros que pensaron en establecer Institutos consagrados exclusivamente a la instrucción caritativa y a la educación cristiana de los niños pobres y abandonados. El primero lo consiguió para las niñas; el segundo para los niños. Y estos son los dos tipos de Institutos según los cuales se forman otros”.

En otro momento, respondiendo a una autopregunta retórica, el canónigo Blain se plantea la existencia de precursores de las obras apostólicas escolares de Barré y De La Salle, y hasta se anima a citar algunos: “¿Es cierto que la Institución de las Escuelas Cristianas es tan reciente? Si se contemplan las circunstancias, lo reconozco: es de fecha reciente. Son el reverendo Padre Barré, Mínimo, y el Señor De La Salle los que parecen ser sus primeros autores. Si se les quiere dar un origen más antiguo en Francia, se encontrará un esbozo en los establecimientos de las religiosas Ursulinas, en las instituciones de las Hijas de Nuestra Señora, de la Señora de Lestonac, de las hijas de nombre parecido fundadas por el Señor Fourier, párroco de Mataincourt, y en fin, las Damas Grises, que deben su nacimiento al Señor Vincent y a la Señora Le Gras”. Interesante colección de experiencias previas, a tener en cuenta, sin duda. Aunque, al final, como no podía ser menos, el canónigo ruanés concluya defendiendo reiteradamente su tesis: “Si se examina en su profundidad, en relación con su objeto y su principal fin, no hay nada más antiguo” que las Escuelas Cristianas de Barré y De La Salle; el primero para chicas y el segundo para chicos”.

Ruan (Francia)
¿Hasta qué punto es todo esto tal como lo cuenta Blain, y Rigault con él? ¿No se habrá extralimitado el primitivo biógrafo lasaliano en su loa al Padre Barré, cuyo prestigio en Ruan, ciudad en la que Blain estuvo incardinado la mayor parte de su vida, era muy alto? ¿No se dejaría llevar por aquella corriente popular de simpatía hacia el santo Mínimo, hasta exagerar su influencia sobre el joven canónigo de Reims? No hay que olvidar, por otra parte, que Blain conoció a De La Salle en sus últimos años de vida, y hasta podría considerársele como uno de sus amigos; tenía, por ello, sobradas razones para conocer en profundidad el alma del anciano Fundador[1].

En definitiva, es posible que haya algo de cierto en todas nuestras suposiciones. Pero lo que no se puede poner en duda es la influencia, mayor o menor, que ejerció sobre De La Salle el pensamiento espiritual y las obras apostólicas puestas en pie por iniciativa del santo Mínimo, influencia que llegaría hasta Juan Bautista a través de algunos amigos comunes, como Roland y Nyel, y también mediante el encuentro personal y el intercambio epistolar, por más que no nos quede constancia material de este último.

Hermano Josean Villalabeitia





[1] El Hermano Saturnino comenta la intervención del canónigo Blain en la cabecera del moribundo De La Salle, para tratar de aclarar el delicado problema de la suspensión de sus facultades como sacerdote, que se gestaba en el arzobispado contra el fundador de los lasalianos. Blain, buen conocedor del tema por ser uno de sus protagonistas, lo cuenta al detalle, pero no ha quedado ningún registro documental más sobre el incidente, por lo que nada concreto se ha llegado a saber en firme. De cualquier manera, da la sensación de que Blain, más que gestionar, como un funcionario diocesano más, un asunto oficial del arzobispado, lo que hace es preocuparse por resolver las dificultades de un amigo personal.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Pedro Fourier y otras congregaciones

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (5)

Así como todo parece indicar que los escolapios apenas tuvieron ninguna influencia en el modelo de escuela que impulsaron los primeros Hermanos de La Salle, otras congregaciones francesas, de corte más o menos cercano al de la de José de Calasanz, sí tuvieron una influencia más significativa en las escuelas populares que estaban gestándose por esa época en tantos rincones de Francia; entre ellas, las lasalianas.
Beato César de Bus

En la región de Aviñón, por ejemplo, de la mano del inquieto César de Bus, surgió la Congregación de la Doctrina Cristiana, que en un principio se dedicaba expresamente a la educación de los pobres. Con el tiempo, no obstante, su clientela varió y terminaron manejando el latín y dirigiendo colegios de postín, como los jesuitas o los oratorianos.

Mucho más próximos a la experiencia lasaliana podemos encontrar, con todo, otras congregaciones, promovidas por los padres Barré, en Ruan y París, Roland, en Reims, o Démia, en Lyon  —estos dos últimos orientados, en cierta medida, por los consejos por el primero—  de las que tendremos tiempo de hablar más adelante.

Entre las que no tienen una ligazón directa con Juan Bautista De La Salle tal vez la fundación más interesante sea la de Pedro Fourier, iniciada en la región de  Lorena, no lejos de Reims, en 1597: las religiosas de ‘Nuestra Señora’, que con seguridad De La Salle tuvo oportunidad de conocer en acción en el monasterio-escuela que tenían Reims; de hecho, varias familiares de nuestro Fundador habían ingresado allí como monjas. En realidad, como sucedía con las ursulinas o las salesas  —que no tenían convento en Reims—, entre las monjas de Nuestra Señora solo una de cada tres religiosas del monasterio se dedicaba a la enseñanza; las demás ocupaban toda la jornada en la contemplación, como las demás monjas de clausura. Algunas ‘jóvenes bien’ viven internas en el monasterio con las Hermanas, pero también admiten como externas a las niñas pobres que estén interesadas.

Por ceñirnos exclusivamente a la experiencia escolar de las discípulas de Fourier, subrayemos, de entrada, su deseo explícito de no admitir en su co
munidad, organizada a la manera de los monasterios medievales de monjas canonesas  —clausura estricta incluida[1]—, sino a jóvenes bien dispuestas para ejercer el empleo de educadoras, de modo que las niñas pobres pudieran tener siempre a su disposición a las mejores maestras.

San Pedro Fourier
Esta marcada orientación en favor de la educación de los pobres llevó asimismo a las discípulas de Fourier a una opción por la gratuidad, que se sustentaba en las dotes que depositaban las monjas al ingresar en la comunidad, pues de allí venían los fondos para asegurar el funcionamiento de las escuelas. Sorprendente  —y más si consideramos que surgió en ambiente monástico—  es, asimismo, la decisión de dar prioridad a la lengua materna sobre el latín, que también se estudiaba en las escuelas de las monjas de Nuestra Señora cuando el aprendizaje del francés andaba ya algo avanzado.

Si nos centramos en la manera en que las discípulas de Fourier organizaban sus escuelas nos sorprenderemos de sus originales y fecundas iniciativas, muchas de las cuales tuvieron continuidad en otras instituciones. Para empezar, digamos que, como objetivo general, en las escuelas de la Congregación de Nuestra Señora “las niñas aprenderán a leer, a escribir y a ocuparse en algunos trabajos manuales honrados y apropiados para ganarse con ellos el pan y aprovecharlos en el hogar de diversas maneras... Se les enseñará con suavidad y discreción algunas cosas sencillas que podrán servirles luego, como coser y arreglar sus vestidos, mantenerlos limpios, recomponerlos... Para la ortografía, se les dejará, a veces, recibos, obligaciones, pagarés, recetas, facturas por mercancía vendida, trabajos realizados, dinero prestado u otras cuestiones diversas que se manejan todos los días en los negocios del mundo y que, para mayor seguridad, necesitan presentarse por escrito”. Es, como se ve, una visión muy práctica de la escuela, considerada como un lugar de preparación directa para la vida.
Religiosa de Nuestra Señora

En cuanto a la organización más concreta de la actividad escolar, toda la escuela estaba dividida en tres clases, según los niveles de lectura de las niñas, desde las que empezaban a deletrear hasta las que eran capaces de leer manuscritos, pasando por las que se atrevían con los libros. Cada clase estaba, a su vez, dividida en bancos de hasta veinte escolares, a cuyo cargo había una maestra, que normalmente las atendía de una en una. En ocasiones, todas las alumnas de un banco hacían la lectura juntas; para ello debían disponer todas del mismo libro. Para escribir se organizaban de manera similar, pero para el cálculo, dado que las diferencias entre alumnas eran mayores, se subdividía cada banco en varios grupos formados por alumnas de nivel parecido. Y, cuando hacía falta, se utilizaba una pizarra colocada en lugar bien visible. Al frente de la labor escolar global una religiosa ‘intendente’ coordinaba todo y velaba por que las cosas se hicieran bien; la acompañaban varias maestras preparadas y obedientes, contentas de trabajar en las escuelas para niñas pobres.

San Pedro Fourier
Las religiosas del Padre Fourier concibieron y pusieron en práctica un sistema realmente sencillo de hacer las cosas en la escuela, que, con todo, en aquel tiempo resultaba tremendamente novedoso, y hasta revolucionario. Con el paso del tiempo, tendrían una influencia notable, al menos en Francia. Sin embargo, en relación con las escuelas de chicos, y más en concreto con las escuelas de los Hermanos de La Salle, estamos tentados de decir que, aun coincidiendo en algunas cuestiones  —gratuidad, distintas facetas de la organización de la escuela en clases y bancos, motivación de los maestros, formación para la vida, preferencia de la lengua materna...—, la influencia directa fue muy pequeña. En especial por dos razones concretas, estrechamente relacionadas entre sí: por un lado, porque se trataba de escuelas para chicas, con formas de hacer muy genuinas de la educación femenina y objetivos finales muy conectados con el mundo concreto que esperaba en la sociedad a aquellas chicas cuando fueran mujeres; por otro lado, porque su estilo monástico de vida, y en especial su clausura, marcaban de manera inevitable toda la actividad de aquellas buenas Hermanas, en modos concretos muy difíciles de conciliar con el estilo de aquellas auténticas escuelas de barrio que fueron las de los primeros Hermanos.

Pedro Fourier intentó fundar una orden similar a la de las Hermanas de Nuestra Señora, pero masculina. Como tantos otros después de él, fracasó en su intento. ¿Razones? Muchas, como es lógico; entre ellas, probablemente, la dificultad de conciliar escuela y monasterio; y también, sin duda, tratándose de monjes, el clericalismo, o, por decirlo con más suavidad, la excelsa concepción del sacerdocio que circulaba por aquella época en comparación con la del empleo escolar, mucho más indigna.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] En realidad, la intención de Pedro Fourier era librar a sus Hermanas de la clausura monástica, pero la Santa Sede no aceptó su idea y las sometió por bula, en 1628, al régimen común de las monjas.