Mostrando entradas con la etiqueta Hermanos de La Salle. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hermanos de La Salle. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de mayo de 2015

La Salle con los niños de la calle de Abiyán

Hogar Akwaba, de Abiyán (Costa de Marfil)


UN FUTURO DE DIGNIDAD 
PARA LOS NIÑOS DE LA CALLE

África no se asoma demasiado a los medios de comunicación occidentales. Y, si lo hace, suele ser para presentar paisajes, tradiciones ancestrales o comportamientos que por su exotismo, colorido o rareza atraen la curiosidad del espectador sensacionalista, cuando no son noticias de guerras u otras catástrofes cuyas dramáticas consecuencias impresionan por todas partes.

Existen, no obstante, realidades africanas muy crudas que rara vez saltan a las portadas de nuestros periódicos, porque parecen no adornarse con el patetismo imprescindible para resultar atractivas. Pero no por ello dejan de constituir auténticas heridas abiertas por las que las sociedades africanas sangran sin cesar y van perdiendo jirones de su porvenir y su esperanza.

Un hogar para niños de la calle.- Uno de estos ignorados problemas de África es el de los llamados “niños de la calle”, circunscrito a ciudades más bien grandes, que, de acuerdo con los datos más recientes, no hace más que crecer. Hasta hace poco se trataba de un fenómeno exclusivamente masculino, pero entre ellos se ven cada vez más chicas.

Al mismo tiempo que los niños de la calle aumentan, distintas personas e instituciones, fieles a su vocación de socorrer a los más necesitados, se lanzan sin contemplaciones al encuentro de estos menores en dificultad para tratar de aliviar de su deplorable situación.

Una de estas instituciones es el “Hogar Akwaba”, de Abiyán (Costa de Marfil), dirigido por los Hermanos de La Salle, que atiende a una cincuentena de niños de entre 8 y 15 años, llegados directamente de la calle, la policía o algún otro organismo implicado en esos asuntos. Una minúscula gota de agua en el inmenso océano de necesidad que constituyen los alrededor de 30.000 niños de la calle que se calcula viven en la metrópoli marfileña, pero una gota que, de no estar allí, se echaría en falta.

La palabra “akwaba”, en lengua local, significa “bienvenido”, toda una declaración de intenciones sobre lo que desde el primer instante quiere ser el Hogar para cuantos se acogen a él: cariño y atención personal, comida sana y abundante, atención médica cuidadosa, deporte, ocio, educación especializada, camaradería, tareas domésticas para colaborar en el mantenimiento de la casa limpia y los jardines en condiciones... con un insistente acento en el aseo personal y la correcta vestimenta en todo momento...

Un hogar, en definitiva, donde todos puedan sentirse a gusto y disfrutar de su amplia cuota de dignidad y respeto; todo lo contrario de lo que habitualmente sucede en los círculos de los que proceden. Con todo, la ocasional huida de algún chico, para reintegrarse a sus antiguas cuadrillas callejeras, invita a no idealizar en exceso la vida cotidiana del Centro, al menos desde los criterios de algunos internos.

El Hogar lo atienden tres Hermanos de La Salle  –dos españoles y un burkinés–  apoyados por seis monitores locales y una pequeña nube de voluntarios, la mayor parte de ellos jóvenes religiosos en formación, de ambos sexos, que complementan sus estudios teóricos de pedagogía, trabajo social, enfermería, pastoral, etc., con el acompañamiento de los chicos del Centro y la animación de actividades para ellos y con ellos.

Aunque tampoco conviene llevarse a engaño: el objetivo esencial del Centro no es hacer que los internos se sientan a gusto en él, sino encontrar a sus familias y disponerlo todo para que los chicos puedan retornar cuanto antes a ellas, en las mejores condiciones. El buen ambiente en el Hogar es un medio imprescindible para cumplir adecuadamente sus metas, pero no el fin primordial.

                En busca de la familia.- Cuando un niño llega a Akwaba lo primero es ocuparse de su persona y de su dignidad: lavarlo, vestirlo, curarlo, darle de comer y buscarle unos compañeros que le ayuden a integrarse cuanto antes en la rutina del Centro, cosa más complicada de lo que a primera vista podría parecer.

Pero cuando estos primeros auxilios urgentes han sido adecuadamente cumplimentados comienza una tarea no menos delicada: conocer las circunstancias por las que ese niño ha terminado en la calle, empezar a comprender cómo valora su situación y obtener datos para localizar a su familia. Dará así inicio un proceso de indagación, a veces lejos de la ciudad, con visitas a la familia cuando ha sido localizada y reiteradas invitaciones a que pase periódicamente por el Centro para conocer mejor al chico, dialogar con el equipo responsable de Akwaba e ir madurando la decisión de acoger de nuevo a su hijo en casa. Una mediación en toda regla, entre el chico y su familia, que nunca resulta sencilla.

A veces los propios chicos entorpecen la progresión de este proceso al no colaborar en las pesquisas, desviar las pistas o estropear los contactos una vez que se han producido. Por parte de las familias tampoco se ve siempre nítido el panorama y suelen iniciar la aproximación con bastantes recelos, lo que no ayuda a que las cosas marchen sobre ruedas precisamente. En ocasiones, por más iniciativas que se intentan, no aparece nadie de la familia; en estos casos una posibilidad interesante puede ser encontrar una familia de acogida. En fin: procesos cuya complejidad tiene una explicación sencilla: las amargas experiencias que han dado con los menores en la calle.

Porque si tratásemos de imaginar qué motivos han podido empujar a esos niños a escapar de casa, fácilmente nos vendrían a la cabeza unos cuantos de peso: la miseria en que vivía su familia, el excesivo trabajo o duro trato al que se veían sometidos... Y estas cuestiones suelen tener su influencia en el problema, por supuesto. Pero los verdaderos motivos, los decisivos, son de otra índole. Es lo que aseguran los propios chicos cuando se les pregunta: “me pegaban”, “murió mi madre y con mi madrastra todo cambió”, “mis padres se separaron”, “no me querían”, “se olvidaron de mí”... Algunos incluso han llegado a ser considerados en su familia como “niños brujos”, causantes de la muerte de algún familiar o de múltiples desgracias. Como consecuencia, sufren un rechazo social angustioso y, si no escapan, pueden ser cruelmente torturados y hasta asesinados.

Como puede apreciarse, se trata siempre de un problema afectivo; los niños se lanzan a la calle como consecuencia de los conflictos conyugales de sus padres, del fallecimiento de la madre, de los golpes y amenazas que reciben en casa, del rechazo o indiferencia de los suyos... A veces su reacción es inmediata: se van justo después de un incidente doloroso; en otras ocasiones el vaso se va llenando poco a poco, hasta que, al final, rebosa y el niño se marcha.

Recomponer una relación tan profundamente marcada por el fracaso afectivo resulta muy complicado; no es extraño, por tanto, que los niños tiendan a rehuir el intento, o lo abandonen en cuanto aparecen los primeros obstáculos. El proceso de reinserción en la familia es, en definitiva, muy arduo. De hecho, algunos niños terminan regresando a la calle poco después de haberse reincorporado a sus familias.

Hay, con todo, chicos que han llegado a las calles como consecuencia de los últimos conflictos bélicos del país o la muerte de sus padres  –con frecuencia a causa del sida, lo que a la desgracia de la orfandad añade el estigma social–. Con ellos, la problemática afectiva suele ser distinta, así como los recursos a los que se puede acudir.

La educación, clave fundamental.- Otro aspecto prioritario en el Hogar Akwaba es la educación, entendida de manera integral, que persigue formar a los muchachos en todos los aspectos de su persona: corporales, intelectuales, sociales, emocionales, culturales, cívicos, morales... Todos juntos, complementándose mutuamente, han de contribuir a hacer de los chicos personas de paz, de justicia, de libertad responsable, de compromiso, de coherencia, de seriedad... Artífices activos de un mundo muy distinto del que ellos mejor conocen por haberlo frecuentado intensamente. Tanto la organización del Centro, con sus valores, criterios, actividades, reglamentos, etc., como la dedicación y entrega de todos sus educadores están al servicio de este objetivo fundamental.

Más allá de la experiencia cotidiana de convivir en armonía, bajo criterios comúnmente aceptados, un instrumento específico para cultivar con denuedo muchos de estos valores es la escuela, que en el Hogar Akwaba se organiza en dos estructuras diferentes. Por un lado, una escuela llamada “de base”, con contenidos muy elementales y metodologías apropiadas, que tiene su sede en el propio Centro. A ella acuden tanto los chicos del Hogar cuya asistencia se juzga conveniente como otros escolares de diversas escuelas de la ciudad con serias dificultades para seguir el ritmo normal de las clases; en la escuela de base de Akwaba encuentran todos la posibilidad de recibir una atención adaptada a su poca capacidad, o a su deficiente escolarización. En abril de 2014, esta escuela de base del Centro acogía a 44 niños del propio Hogar y a 70 externos  –88 chicos y 26 chicas en total–  distribuidos en varios niveles.

No faltan chicos que son capaces de seguir los cursos normales de las escuelas; algunos de ellos destacan incluso por sus buenos resultados. En este caso, se les busca un puesto escolar adecuado y se sigue con atención su evolución en él. Algunos externos de la escuela de base que se recuperan adecuadamente de su situación inicial también pasan a este proceso de normalización escolar, en las mismas condiciones que los internos del Hogar. En abril de 2014 el Hogar Akwaba seguía en la ciudad la marcha escolar de 9 chicos del Centro y 10 externos; de ellos, 3 chicas.

Dificultades en estas actividades escolares se pueden imaginar sin esfuerzo: escaso nivel de estudios y de interés por la escuela, ausencias injustificadas, dejadez de los padres en el seguimiento los chicos, indisciplina, robos, pérdida y destrozo de materiales... Nada que no se pueda combatir con la paciencia, el buen hacer y el compromiso de los maestros.

Para los más mayorcitos, como remate de los esfuerzos escolarizadores anteriores, existe la posibilidad de ingresar como aprendiz en alguno de los talleres colaboradores del Centro, en especialidades como costura, carpintería, mecánica del automóvil, fontanería, etc. Además, para complementar esta formación profesional directa, Akwaba organiza para ellos cursos de alfabetización que tratan de fijar lo mejor posible ciertos aspectos fundamentales de lengua, hablada y escrita, cálculo, cultura general y civismo. La verdad es que este apartado sobrevive a duras penas porque no es fácil encontrar, con realismo, especialidades que entusiasmen a los aprendices, ni profesionales que colaboren de buen grado en aspectos formativos que ni son prioritarios para ellos ni generan beneficios contables inmediatos. Aún así, en 2014 el Centro seguía a dos aprendices de Akwaba y a otros 14 externos, casi todas chicas.

Todo el anterior entramado de herramientas socio-pedagógicas se completa con una serie de actividades más o menos habituales que podríamos agrupar bajo el denominador común de “relación de ayuda”, con el apoyo de algún especialista cuando se ve necesario: escucha activa de los chicos, individualmente o en pequeños grupos; elaboración de un proyecto de vida para cada uno de ellos, que se evalúa y corrige periódicamente; tutorías semanales; análisis detallado de casos concretos; etc.

                Encontrarse con los niños en su ambiente.- Una última actividad fundamental del Hogar Akwaba son las salidas para ir en busca de los chicos de la calle, a los lugares habituales donde ellos se mueven. Pensemos que para estos chavales las calles están llenas de atractivos  –cartas, tabaco, alcohol, drogas, peripecias diversas...–  a los que no es fácil renunciar, como tampoco resulta sencillo dejar de moverse a sus anchas, haciendo en cada momento lo que les venga en gana.

La gran preocupación cotidiana de esos niños suele ser conseguir comida. Para ello, algunos se dedican a la mendicidad; otros prefieren cargar mercancías en tiendas y mercados: a cambio de unas monedillas ofrecen su caja de cartón y, una vez llena, la llevan al coche, que pueden incluso vigilar mientras el “patrón” realiza otras gestiones; no faltan quienes, sencillamente, roban.

A pesar de lo que ellos suelen afirmar, la calle es para estos niños un auténtico infierno, pues a la precariedad de su alimentación cotidiana hay que sumar sus incontables problemas de salud, que las pésimas condiciones de higiene y la dureza de su vida a la intemperie agravan día a día. Para colmo de males, cuando se sienten enfermos prefieren utilizar los medicamentos que encuentran en los puestos al aire libre, de procedencia y estado de conservación más que dudosos, que ningún médico les prescribe. Y es que los hospitales y dispensarios no les merecen confianza, o exigen un dinero del que los niños carecen.

En los círculos de estos menores en dificultad a menudo impera la violencia, como método para solventar conflictos o por simple capricho del más fuerte. También pueden resultar agredidos por bandas organizadas que tratan de obligarlos a desaparecer de ciertos barrios. Al mismo tiempo, la sexualidad precoz y no protegida, que se traduce en violaciones, pedofilia y abusos de todo género, causa estragos entre ellos.

El consumo de drogas más o menos sofisticadas es, asimismo, habitual en la calle, sobre todo entre los más mayores. Estas sustancias inducen en quienes las consumen graves trastornos de comportamiento, que se manifiestan sobre todo en forma de violencia física y agresividad permanente, que ejercen entre ellos mismos o sobre las personas que encuentran por ahí. A veces interviene la policía y entonces, muy a menudo, el remedio  –palizas, cárcel, asesinatos...–  es mucho peor que la enfermedad.

Las salidas al encuentro de estos chicos, con su compleja problemática, tienen por objeto echarles una mano en sus dificultades cotidianas, escuchándoles con atención, tratando sus afecciones más corrientes y trasladándolos al hospital cuando se ven casos preocupantes. Y, por supuesto, ofreciéndoles la posibilidad de incorporarse al Hogar Akwaba, u otro de características similares, donde sus males tengan un horizonte más esperanzador. Las estadísticas dan cuenta de alrededor de un centenar de chicas y chicos contactados cada mes, de los que solo alguna rara unidad opta por acompañar a los animadores al Centro. Un inconveniente de cada vez más difícil gestión es, por otra parte, la presencia creciente de chicas en las calles, así como la de antiguos internos de Centros como Akwaba, que suelen remar a contracorriente de los objetivos previstos para estas salidas.

Así las cosas, el Hogar Akwaba se ha convertido en un eslabón muy activo de esa extensa cadena de solidaridad que apoya a los menores de Abiyán en grave riesgo de exclusión. Porque el proyecto Akwaba brinda a los niños de la calle la oportunidad de reinsertarse en la sociedad, animándoles a ser protagonistas de su propio desarrollo luchando contra las causas que los marginan y transformando, en definitiva, su sociedad. De esta manera, el Hogar Akwaba participa activamente en esa corriente mundial a favor de la infancia que lanzó Unicef  y a la que se ha sumado Costa de Marfil, cuyo eslogan invita a “Cambiar el mundo con los niños”. Una espléndida síntesis de los ideales del Hogar Akwaba.

                                                                                                          Josean Villalabeitia

Un interesante vídeo sobre lo que es Akwaba, de gran calidad de imagen y 27 minutos de duración, lo podéis encontrar el este enlace: Vídeo "Akwaba, bienvenidos a la vida".



jueves, 11 de septiembre de 2014

Poner motor a una barca

El Hermano Fermín Gainza falleció en su Argentina natal hace ahora hace tres años y medio, a la venerable edad de 91 años. Hombre de fe profunda y lasaliano convencido, el Hermano Fermín se dedicó durante largos años, entre otros empleos menos significativos, a la formación de Hermanos; como director del noviciado de su tierra natal primero, y por toda Latinoamérica, e incluso Roma, después.

El Hermano Fermín destacó como poeta, escultor y sobre todo, pintor. De esta última faceta se proponen en esta misma página varias muestras, de las innumerables que se podrían aportar.

Sin embargo, aquí nos vamos a centrar, más bien, en su faceta de poeta. Deseamos destacar, en concreto, una polémica, que no resolveremos en absoluto, por supuesto, pero de la que queremos que quede constancia. Una constancia que, por otra parte, es muy conocida entre sus amigos y personas más cercanas.

Porque, en efecto, circula por ahí, en publicaciones y folletos  -también profusamente en internet-  un bello poema titulado “Educar”. En lo que a su autor respecta, lo habitual es ver indicado que se trata del conocido poeta vasco Gabriel Celaya (1911-1991), un nombre que, ciertamente, dignifica la innegable categoría literaria de los versos, empapados de una extraña capacidad evocadora, así como de hermosas imágenes y metáforas referidas a la educación.

Amigos del Hermano Fermín Gainza y buenos conocedores de su obra, por el contrario, niegan que esa poesía sea de Gabriel Celaya e insisten en atribuir su autoría al Hermano Fermín. Y este sería el objetivo primordial del presente post: dejar bien sentado que, de acuerdo con diferentes indicios, el autor del poema “Educar”  -que proponemos al final de estas líneas-  podría ser el Hermano Fermín Gainza.

Objetivamente, tal vez, parecería que atribuir el poema a nuestro Hermano le quitaría un poco del lustre literario que siempre aporta a cualquier texto una firma famosa. Pero quienes conocieron al Hermano Fermín, quienes saben de la excelsa calidad humana, cristiana y lasaliana que atesoraba su persona, no tienen ninguna duda en asegurar que poner la firma del Hermano Fermín al pie del poema “Educar” supone cargarlo de un impresionante plus de profundidad existencial, confianza en la educación y excelencia humana, cristiana y lasaliana, que en nada desdice de la calidad literaria de sus versos.

A falta de prueba más concluyentes, para los lasalianos de todas partes el poema “Educar” es, pues, una obra lasaliana que debemos atribuir al genio poético del Hermano Fermín Gainza.

Sírvanos, en primer lugar, la lectura del poema “Educar” para traer a nuestra memoria el recuerdo del Hermano Fermín Gainza. Y a continuación, a modo de disfrute de la poesía del Hermano Fermín, y también para poder comparar, en cierta medida, los estilos de ambos poemas, proponemos un segundo poema del que estamos seguros que nació de la mano y el alma del Hermano Fermín, porque apareció manuscrito entre sus objetos personales después de su muerte, y que se podría titular “Los tres ejes de nuestra vida”.


Educar

Educar es lo mismo
que poner motor a una barca;
hay que medir, pesar, equilibrar,
y poner todo en marcha.

Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta,
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que esa barca,
ese niño
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera
enarbolada.


Los tres ejes de nuestra vida

Quiero explicarte, Hermano,
amigo,
compañero,
cómo enfoca La Salle nuestra obra.

Él dice simplemente
que la historia salvadora
se realiza aquí
y ahora.

1. Que Dios está operando desde el alba
en nuestra cosa.
Que su mano divina
“toca
el corazón” de los Hermanos de que ellos a su impulso
se abandonan
en la fe
a la ola
del Espíritu Santo que los lleva
a poner sin demora
los dones que Él les da
en obra.

2. Que Cristo los envía
a encarnarse en la ronda
de los pobres que esperan y en su lengua
anunciarles la aurora
de la Buena Noticia
que transforma
su vida y la abre a la esperanza
redentora.

3. Que el Espíritu Santo los reúne
en la fraternidad educadora
donde se evangelizan mutuamente
para ser, por su presencia sola,
frente a los jóvenes,
testigos evangélicos
que los entroncan
en la Iglesia
para seguir y culminar la historia.