Los lasalianos cubanos guardan en su memoria el recuerdo de un Hermano excepcional, hoy camino de los altares: el Hermano Victorino, francés de origen pero cubano de adopción.
Un blog se hace ahora eco de un libro que recuerda la memoria del santo Hermano La obra, cuyo autor es el también Hermano Alfredo Morales, apareció en la República Dominicana hace un par de décadas y lleva por título "Hermano Victorino: itinerario evangélico".
Además de mostrar su intensa alegría por la recepción y lectura del citado libro, el autor del blog subraya algunas características de lo que fue la vida y testimonio del Hermano Victorino entre nosotros.
Quienes estén interesados en consultar dicho blog lo pueden encontrar AQUÍ.
El libro en cuestión es fácilmente localizable en Internet.
jueves, 2 de octubre de 2014
jueves, 11 de septiembre de 2014
Poner motor a una barca
El Hermano Fermín
Gainza falleció en su Argentina natal hace ahora hace tres años y medio, a
la venerable edad de 91 años. Hombre de
fe profunda y lasaliano convencido, el Hermano Fermín se dedicó durante
largos años, entre otros empleos menos significativos, a la formación de
Hermanos; como director del noviciado de su tierra natal primero, y por toda
Latinoamérica, e incluso Roma, después.
El Hermano Fermín destacó como poeta, escultor y sobre todo, pintor. De esta última faceta se
proponen en esta misma página varias muestras, de las innumerables que se podrían
aportar.
Sin embargo, aquí nos vamos a centrar, más bien, en su
faceta de poeta. Deseamos destacar, en concreto, una polémica, que no resolveremos en absoluto, por supuesto, pero de la
que queremos que quede constancia. Una constancia que, por otra parte, es muy
conocida entre sus amigos y personas más cercanas.
Porque, en efecto, circula por ahí, en publicaciones y
folletos -también profusamente en
internet- un bello poema titulado “Educar”. En lo que a su autor respecta, lo
habitual es ver indicado que se trata del conocido poeta vasco Gabriel Celaya (1911-1991), un nombre que, ciertamente,
dignifica la innegable categoría literaria de los versos, empapados de una extraña
capacidad evocadora, así como de hermosas imágenes y metáforas referidas a la
educación.
Amigos del Hermano Fermín Gainza y buenos conocedores de su
obra, por el contrario, niegan que esa poesía sea de Gabriel Celaya e insisten
en atribuir su autoría al Hermano Fermín. Y este sería el objetivo primordial
del presente post: dejar bien sentado que, de acuerdo con diferentes indicios, el autor del poema “Educar” -que proponemos al final de estas líneas- podría
ser el Hermano Fermín Gainza.
Objetivamente, tal vez, parecería que atribuir el poema a
nuestro Hermano le quitaría un poco del lustre literario que siempre aporta a
cualquier texto una firma famosa. Pero quienes conocieron al Hermano Fermín, quienes
saben de la excelsa calidad humana, cristiana y lasaliana que atesoraba su
persona, no tienen ninguna duda en asegurar que poner la firma del Hermano
Fermín al pie del poema “Educar” supone cargarlo
de un impresionante plus de profundidad existencial, confianza en la educación
y excelencia humana, cristiana y lasaliana, que en nada desdice de la calidad
literaria de sus versos.
A falta de prueba más concluyentes, para los lasalianos de
todas partes el poema “Educar” es, pues, una obra lasaliana que debemos
atribuir al genio poético del Hermano Fermín Gainza.
Sírvanos, en primer lugar, la lectura del poema “Educar” para traer a nuestra memoria el recuerdo del Hermano Fermín Gainza. Y a continuación, a modo de disfrute de
la poesía del Hermano Fermín, y también para poder comparar, en cierta medida,
los estilos de ambos poemas, proponemos un segundo poema del que estamos seguros
que nació de la mano y el alma del Hermano Fermín, porque apareció manuscrito
entre sus objetos personales después de su muerte, y que se podría titular “Los tres ejes de nuestra vida”.
Educar
Educar es lo
mismo
que poner
motor a una barca;
hay que medir,
pesar, equilibrar,
y poner todo
en marcha.
Para eso,
uno tiene que
llevar en el alma
un poco de
marino,
un poco de
pirata,
un poco de
poeta,
y un kilo y
medio de paciencia concentrada.
Pero es consolador soñar,
mientras uno
trabaja,
que esa barca,
ese niño
irá muy lejos
por el agua.
Soñar que ese
navío
llevará
nuestra carga de palabras
hacia puertos
distantes,
hacia islas
lejanas.
Soñar que
cuando un día
esté durmiendo
nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.
Los tres ejes de nuestra vida
Quiero explicarte,
Hermano,
amigo,
compañero,
cómo enfoca La Salle
nuestra obra.
Él dice simplemente
que la historia
salvadora
se realiza aquí
y ahora.
1. Que Dios está
operando desde el alba
en nuestra cosa.
Que su mano divina
“toca
el corazón” de los
Hermanos de que ellos a su impulso
se abandonan
a la ola
del Espíritu Santo que
los lleva
a poner sin demora
los dones que Él les da
en obra.
2. Que Cristo los
envía
a encarnarse en la
ronda
de los pobres que
esperan y en su lengua
anunciarles la aurora
de la Buena Noticia
que transforma
su vida y la abre a la
esperanza
redentora.
3. Que el Espíritu
Santo los reúne
en la fraternidad
educadora
donde se evangelizan
mutuamente
para ser, por su
presencia sola,
frente a los jóvenes,
testigos evangélicos
que los entroncan
en la Iglesia
para seguir y culminar
la historia.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Carlos Démia, conclusión
Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (9)

Dos rasgos son, fundamentalmente, los que han colocado a Carlos Démia en un lugar destacado de la historia de la educación; a saber, su visión del interés social de la escuela y su faceta de organizador escolar de amplias miras. Desde el punto de vista específicamente pedagógico, sus aportaciones apenas tienen interés.
De
La Salle , por
el contrario, manejaría una visión diferente: su interés fundamental sería, más
bien, sacar a aquellas gentes de su miseria humana y cristiana, y, para
conseguirlo, la escuela y el trabajo consecuente le parecían una vía
espléndida. Por ello, Juan Bautista apostaba por preparar en las escuelas a los
chicos de modo que después pudieran encontrar trabajo con facilidad y se
libraran con ello de la condena social a que su origen pobre les abocaba de antemano.
Era, por tanto, una visión más moral y escatológica, que puramente económica o
de organización social. Por ello, para plantear estos temas, De La Salle no se fijaba tanto en
los desastres sociales, y sí bastante más en los morales. Los padres, por
ejemplo; es cierto que no se ocupan de sus hijos como debieran; pero no hay
asomo de crítica por parte de De La
Salle hacia su comportamiento. Están, sencillamente,
demasiado ocupados en asegurar la vida de su familia y, aunque quisieran
catequizar a sus hijos, no sabrían cómo hacerlo, porque no estaban formados y
carecían de dinero. De La Salle
los descarga así de casi toda su responsabilidad.

Dos rasgos son, fundamentalmente, los que han colocado a Carlos Démia en un lugar destacado de la historia de la educación; a saber, su visión del interés social de la escuela y su faceta de organizador escolar de amplias miras. Desde el punto de vista específicamente pedagógico, sus aportaciones apenas tienen interés.
En
cuestiones propiamente didácticas y de estructuración de la vida escolar, Démia
se limitó a seguir las indicaciones del libro de La escuela parroquial, con algunos leves retoques apenas
significativos[1].
Lo único un tanto peculiar quizás, destinado sobre todo a las chicas, fue su
interés por introducir en la escuela el trabajo manual, hasta el punto de haber
creado lo que hoy llamaríamos una escuela profesional femenina, dirigida por
señoras, en las que, además de la lectura y la escritura, el trabajo manual
tenía una importante presencia en el horario. En ella, los productos
confeccionados —sobre todo cuestiones de
bordado y costura— quedaban en propiedad
de las alumnas.
Es
indiscutible que Démia y De La
Salle hacen un análisis muy similar de la realidad social y
de los posibles beneficios que puede introducir en ella una escuela bien
montada[2].
De cualquier manera, como ya se ha señalado, es evidente que De La Salle no carga tanto las
tintas de la crítica social a la hora de juzgar a los padres, por ejemplo, o de
pintar las consecuencias que para la sociedad tiene la miseria, cuando se junta
con la ignorancia. Posiblemente Démia veía la conveniencia de las escuelas
sobre todo desde el punto de vista de la ciudad y su economía, que necesitaba
obreros bien preparados y no vagabundos que no tuvieran nada útil que aportar;
quizás por eso se volvía tan crudo en sus descripciones y críticas sociales...
De
Además
de sus planteamientos sociales, inquietud común en ambos renovadores escolares
es también la necesidad ineludible de formar profesionalmente a los maestros si
se pretende que la escuela pueda dar el ambicioso fruto que de ella se espera.
Sin embargo, con rozarse tangencialmente en algunos aspectos —organización de centros de formación para
maestros, creación de lazos entre los maestros, retiros y conferencias, etc.—,
la solución concreta que cada uno dará a su inquietud es diferente.
Vista
la respuesta obtenida de los jóvenes seminaristas, y algunas opiniones que
hemos conocido más arriba, está por ver si Démia no se arrepintió al final de
haber apostado por los jóvenes candidatos al sacerdocio como cantera de
maestros para sus escuelas populares. Y es que, como en tantos otros casos,
también las Hermanas de san Carlos demostraron con obras que era mucho más fácil
encontrar maestras fieles al ministerio, y que el trabajo con ellas era,
además, mucho más fructífero, que hallar hombres dispuestos a dedicarse de por
vida al ingrato deber de la escuela, abandonando con ello otras perspectivas
sencillas de alcanzar para gente de estudios, como ellos, y mucho más
beneficiosas desde tantos puntos de vista.
Hermano Josean Villalabeitia
[1] Démia
propuso para sus escuelas una ortografía del francés que simplificaba mucho su
escritura: suprimir las letras que no se pronuncian, reducir las letras
repetidas a una sola, simplificar los signos de origen griego, como la ‘th’ o
la ‘ph’, escribiendo en su lugar ‘t’ o ‘f’, sustituir la ‘y’ por ‘i’... Lo
único que se terminó aceptando es la sustitución de algunas ‘s’ en el interior
de las palabras por un acento circunflejo. Démia no tuvo éxito en su intento a
pesar de que hoy, al menos a los no franceses, su propuesta no nos parece tan
mala idea...
[2]
Existen algunas coincidencias más, incluidas referencias directas comunes a una
carta de san Jerónimo y a la figura del canciller Gerson, con idénticas
aplicaciones prácticas. Resulta, pues, innegable que De La Salle conocía los escritos
de Démia.
jueves, 28 de agosto de 2014
Si yo te amo, dulce Madre
Existe una canción religiosa,
dedicada a María, muy conocida en algunos países de Latinoamérica. Me refiero a
la titulada “Si yo te amo, dulce Madre”; tanto su letra como su música pueden
encontrarse con facilidad en Internet. Se la atribuyen al Santo Hermano Miguel,
o firma parecida, como es fácil comprobar en la red, lo mismo que en muchas
publicaciones en papel.
Sin embargo, a pesar de los
numerosos lugares de todo tipo que aseguran que su autor es el santo lasaliano
ecuatoriano, la mencionada poesía mariana no ha sido incluida en el hermoso
libro “Cartas y poesías del Hermano Miguel”, que los Hermanos del Ecuador
publicaron con ocasión del centenario de la muerte del Santo Hermano[1].
¿Por qué? La respuesta es sencilla...
El canto no es, en absoluto,
desconocido para los lasalianos. De hecho, había sido incluido en un conocido
librito lasaliano de canciones religiosas titulado “Cánticos sagrados”, donde
se atribuye su letra a “T. Vargas, s. j.”, mientras que la música sería de “A.
Recasens, s.s.”.[2] Preguntando
en Quito por el jesuita autor, un Hermano entendido me asegura que sería
colombiano y respondería al nombre de pila de Teodulfo. He mirado un poco por
Internet y la verdad es que no puedo añadir ni confirmar nada sobre dicha
persona.
No cabe duda de que, en su
inocencia -pese a algunos términos
rebuscadísimos-, nuestra poesía rezuma
ternura y amor a María, “dulce Madre”. El estilo podría calificarse como
similar al de tantas composiciones poéticas marianas del santo Hermano Miguel,
lo que explicaría la equivocación a la hora de atribuir su autoría. Pero
dejémoslo claro: su autor no es nuestro santo ecuatoriano.
Hela aquí tal como la he podido
recomponer a partir de algún texto impreso o fotocopiado, y varias páginas de
Internet. Se encuentran tantas variaciones sobre los versos o el orden de las
estrofas que ¡cualquiera sabe cómo era el original! Añado al final una
estrofilla suelta que, siguiendo la lógica del resto del poema, no he podido
emparejar de ninguna forma...
Si yo te amo, dulce Madre
1. Si yo te amo dulce Madre,
si yo te amo, saber quieres.
A una Madre cual Tú eres,
¿quién su amor ha de negar?
Pero más amarte quiero,
y que te amen a porfía,
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.
A una Madre cual Tú eres,
¿quién su amor ha de negar?
Pero más amarte quiero,
y que te amen a porfía,
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.
2. Aún no asoma en el Oriente
sonriendo el alba bella,
ya te miro, linda estrella,
en las sombras rutilar.
sonriendo el alba bella,
ya te miro, linda estrella,
en las sombras rutilar.
Cuanto es dulce abrir los ojos
y tu rostro ver, María;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.
3. En el llanto, en los afanes
eres
paz y dulcedumbre;
luna hermosa de alba lumbre
en la noche del pesar.
Cuantas veces en ti pienso
me enajena la alegría;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.
4. En asedio me circundan
amistad, placer y oro,
y mi amor, que es mi tesoro,
solicitan sin cesar.
Mas mi corazón es tuyo
pues yo te lo di un día;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.
5. Quiero, Virgen, venerarte,
de tu amor ser prisionero,
y a tu trono elevar quiero
un suavísimo cantar.
Haz tú que este se confunda
con la eterna melodía;
quiero amarte, Madre mía,
más y más te quiero amar.
(Y una última estrofilla, que ha quedado por ahí colgada,
sin su pareja...)
Y en la hora en que el infierno
mueva cruda y fiera guerra,
sé mi escudo, y de la tierra
alegre pueda volar.
[1] Hermanos Guillermo Pérez Pazmiño y Edwin Arteaga Tobón, Cartas y poesías del Hermano Miguel,
Hermanos de las Escuelas Cristianas, Quito 2011. Los Hermanos ecuatorianos
acaban de publicar una segunda edición, “aumentada y corregida”, en 2014.
[2] 7ª
edición, 1958, cántico número 111, pp. 160-161.
viernes, 22 de agosto de 2014
Vida de comunidad
"Se manifestará y se conservará siempre en este Instituto
verdadero espíritu de comunidad" (Regla lasaliana primitiva)
¿Qué puede decir un lasaliano sobre la vida de comunidad? ¿Qué es vivir en comunidad?
Muchas cosas, a cual más interesante. Si no, echad un
vistazo atento a este vídeo de los Hermanos del Distrito de
Argentina-Paraguay, que hablan con el corazón en la mano acerca de su vida comunitaria.
Lugar para compartir, trabajar juntos, labor de un conjunto
de personas, encontrarse con otros, complementarse con ellos, mirar hacia un
mismo horizonte común, cultivar un clima de fraternidad, compartir, conversar,
reflexionar juntos desde la luz de Dios, personas que te escuchan, que te echan
una mano, gente con la que reflexionas, con la que oras… Todo eso y mucho más
irá saliendo poco a poco de los sinceros labios de estos Hermanos.
“Juntos y por asociación”, la divisa lasaliana de la primera
hora que sigue hoy, tres siglos y pico después, más viva y boyante que nunca.
Veamos a estos Hermanos y escuchemos lo que nos dicen sobre la comunidad:
hermoso de verdad, y cien por cien lasaliano.
El vídeo se puede encontrar AQUÍ. ¡A disfrutar!
jueves, 14 de agosto de 2014
Togoville, tierra lasaliana
Como él mismo indica en su post, el Hermano Joan Josep Tamburini, catalán de origen, estuvo en Togoville siete años, lo que dejó una honda huella en su vida. Allí era conocido por el apodo de "Pipo", nombre del hermoso perro guardián que dejaba dibujado en la pizarra cuando por algún motivo tenía que ausentarse un rato de clase. Pipo quedaba, en efecto, allá, vigilando desde su mundo de tiza para que todo siguiera en orden en el aula.
Togoville, pequeño poblado situado a orillas del bello lago Togo, en el país del mismo nombre, ha funcionado desde los años cincuenta del pasado siglo como la "casa madre" de los Hermanos de La Salle en aquella región del Golfo de Benín, hoy convertida en Distrito autónomo, y con gran parte de su personal ya nativo, incluido el Hermano Visitador. El Distrito del Golfo de Benín ha facilitado ya, incluso, maestros de novicios para el noviciado internacional francófono de Bobo-Dioulasso, ecónomos para el Cefaf de Abidjan, formadores... Eso quiere decir que se trata de un distrito lasaliano de gran riqueza en Hermanos y proyectos.
El Hermano Joan Josep promete seguir hablando de su querido Togoville; por eso lo indicamos aquí, para aviso de navegantes que deseen seguir la pista de las confesiones del Hermano. Quienes deseen hacerlo, tienen su blog "El rincón del Anacoreta" AQUÍ.
Togoville, pequeño poblado situado a orillas del bello lago Togo, en el país del mismo nombre, ha funcionado desde los años cincuenta del pasado siglo como la "casa madre" de los Hermanos de La Salle en aquella región del Golfo de Benín, hoy convertida en Distrito autónomo, y con gran parte de su personal ya nativo, incluido el Hermano Visitador. El Distrito del Golfo de Benín ha facilitado ya, incluso, maestros de novicios para el noviciado internacional francófono de Bobo-Dioulasso, ecónomos para el Cefaf de Abidjan, formadores... Eso quiere decir que se trata de un distrito lasaliano de gran riqueza en Hermanos y proyectos.
El Hermano Joan Josep promete seguir hablando de su querido Togoville; por eso lo indicamos aquí, para aviso de navegantes que deseen seguir la pista de las confesiones del Hermano. Quienes deseen hacerlo, tienen su blog "El rincón del Anacoreta" AQUÍ.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Démia, gran organizador y administrador escolar
Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (8)
Démia
comenzará enseguida a reunir a sus maestros y maestras, de manera que recen, se
formen juntos, confraternicen y creen lazos entre ellos. Para ello, los reunirá
un domingo cada mes, maestros y maestras por separado. Esos días tendrán un
retiro donde rezarán juntos, recibirán conferencias sobre asuntos profesionales
y tendrán ocasión de comentar entre ellos sus cosas y animarse mutuamente.
En
nuestra anterior entrega dejábamos a Carlos Démia enviando escritos a las
autoridades de Lyon, para convencerlas del gran interés que, desde tantos
puntos de vista, tenían para su ciudad las escuelas para pobres. Los esfuerzos
de Démia no cayeron en saco roto pues, poco después de la iniciativa epistolar
del sacerdote, la ciudad de Lyon abrirá una escuela popular.
El
arzobispo, por su parte, encomendará a Démia la dirección general e intendencia
de las escuelas de la arquidiócesis de Lyon, tanto de las gratuitas como de las
de pago; no olvidemos que la
Iglesia era por aquel entonces la responsable oficial única
de cuanto tenía que ver con las escuelas. A esta labor de promoción escolar
dedicará Démia los últimos veinte años de su vida, demostrando en ella sus
altas dotes de organizador y administrador.
Para
cumplir su cometido de intendente escolar, lo primero que al buen sacerdote
lionés se le ocurre es organizar el ‘Gabinete de las Escuelas’[1],
integrado por dieciséis personas, clérigos y laicos, bajo la dirección del
propio Démia. El principal cometido de este equipo era visitar las distintas
escuelas y discutir luego, en el Gabinete, lo en ellas observado, para corregir
deficiencias y mejorar el servicio. “Esta inspección se ocupaba de los
reglamentos, los registros de ausencia y asiduidad, y de todos los aspectos del
funcionamiento de una escuela. Los visitadores del Gabinete interrogaban a algunos
alumnos tomados al azar, ‘sin esperar a que fuesen designados por los
maestros’. Les hacían leer […] Se informaban sobre los métodos aplicados.
Examinaban los libros que utilizaban. Y si tenían que censurar al maestro u
observaban algún fallo, evitaban comentarlo o hacer las críticas en presencia
de los alumnos, pero tomaban nota para llevar su informe al Gabinete”. Además
de inspeccionar las escuelas, estas personas también visitaban alguna vez a las
familias de los alumnos y revisaban las cuentas.
Desde
aquel privilegiado puesto de vigía que constituía el Gabinete escolar, Démia se
dará pronto cuenta de la necesidad de formación que tenían aquellos maestros, y
a ello dedicará en adelante no pocos esfuerzos. En primer lugar procurará que
sus maestros fueran personas entregadas en cuerpo y alma a su trascendental
función: “En cuanto a los sujetos de los que podríamos servirnos como maestros
de escuela, es de destacar que no se debería tomar nunca ni a sacerdotes ni a
personas casadas. A los primeros porque desatenderían la dedicación que exige
el empleo escolar, a causa de sus otros trabajos, o por los sacerdotes de la
zona, que no dudarían en llamarlos para que les ayudaran en sus funciones
pastorales, o por otros intereses asociados a su cargo, de manera que acabarían
por dejar vacantes sus plazas de maestros. A los segundos porque también se
distraerían de su trabajo por cuidar del hogar y por el espíritu mercenario con
que ordinariamente actúan”. Así pues, a poder ser, dedicación completa para los
maestros.
Démia
comenzará enseguida a reunir a sus maestros y maestras, de manera que recen, se
formen juntos, confraternicen y creen lazos entre ellos. Para ello, los reunirá
un domingo cada mes, maestros y maestras por separado. Esos días tendrán un
retiro donde rezarán juntos, recibirán conferencias sobre asuntos profesionales
y tendrán ocasión de comentar entre ellos sus cosas y animarse mutuamente.
El
interés del director del Gabinete por la formación de los maestros irá aún más
lejos, hasta llegar a fundar centros en los que prepararlos para su empleo,
porque “nunca se tendrán buenos maestros... a menos que hayan sido formados y
adiestrados para esa función”. Para ello, primero, en 1672, organizará el
‘Seminario de san Carlos’, donde jóvenes que se preparaban para el sacerdocio
aprendían, al mismo tiempo, los rudimentos de la profesión de maestros. Así,
estos seminaristas pasan por el noviciado de las escuelas antes de acceder al
sacerdocio, “porque instruyendo a los pequeños aprenderán a instruir a los mayores”.
Quizás
en estos planteamientos podamos localizar precisamente algunas de las raíces
del fracaso de esta obra, que no sobrevivió a su fundador. Y es que, una vez
ordenados, los jóvenes sacerdotes se olvidaban de sus escolares, para dedicarse
a otras labores más prestigiosas y lucrativas a las que la ordenación
sacerdotal daba acceso. Más tarde, en 1687, Démia fundó el ‘Seminario de
Hermanas de san Carlos’, con el objetivo de formar maestras y darles un cuadro
de vida cristiana y apostólica apropiado. Esta fundación tuvo éxito, tal vez
porque la ordenación sacerdotal no estaba de por medio. Con el tiempo, las
Hermanas de san Carlos terminarían constituyéndose en un Instituto religioso
que ha perdurado hasta nuestros días.
En
el cuadro de esta preocupación por organizar centros de formación de maestros
es como Démia se interesa por lo que hace De La Salle , que por esa época
está poniendo en pie en Reims un seminario para maestros rurales, aunque con
planteamientos muy distintos de los del sacerdote de Lyon. Sea como fuere,
alguna noticia de las actividades nuestro Santo Fundador llegaría hasta Lyon, y
el jefe del Gabinete escolar lionés trató de informarse como buenamente pudo.
Ni
que decir tiene que esta conexión se produciría en ambos sentidos, ya que, tal
como se estaba comenzando a comprometerse en el mundillo escolar, parece lógico
que a Juan Bautista también le interesasen las noticias sobre las escuelas de
Lyon y sus detalles organizativos concretos. Lo más probable es que la vía de
conexión entre ambos fuera Nicolás Roland, compañero de inquietudes de Démia en
el París común de sus años jóvenes y director espiritual del joven De La Salle.
Hermano Josean Villalabeitia
(Continuará…)
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