lunes, 29 de mayo de 2017

Sobre la expulsión de los Hermanos de La Salle de Cuba

El pasado 21 de mayo se cumplieron 56 años exactamente de la "vil salida de los Hermanos de Cuba", según la calificaba el periodista Andrés Valdespino. No habían hecho nada que justificase tal medida, pero los revolucionarios comunistas, con Fidel Castro a la cabeza, se habían hecho con el poder y la expulsión de los Hermanos fue una de las consecuencias de la revolución. Es lo que tienen las revoluciones totalitarias...

Después de cincuenta y seis años dedicados a la enseñanza en la isla, los Hermanos de La Salle se vieron obligados a abandonar Cuba. Los Hermanos habían fundado en Cuba una universidad, la Universidad Social San Juan Bautista De La Salle (primera universidad lasallista en Latinoamérica) y doce escuelas más: dos en Santiago de Cuba, una en Guantánamo, Manzanillo, Sancti Spíritus, Miramar, Marianao, Palatino, Centro Cívico de la Habana, Santa María del Rosario, El Vedado y la Parroquial del Vedado. Cuatro de ellas, una de Santiago de Cuba y las de Palatino, Parroquial del Vedado y Santa María del Rosario, eran completamente gratuitas.
Salieron de Cuba 110 Hermanos en total: 84 cubanos, 12 franceses, 8 mexicanos, 5 españoles, uno colombiano.
El periodista Andrés Valdespino, en su artículo "El exilio de los Hermanos de La Salle" narra la historia completa de la salida de los Hermanos de La Salle de Cuba. Su artículo se puede encontrar en la siguiente página web:
Para mayor facilidad de consulta, hemos transcrito este artículo en nuestro blog lasaliano, sin que ello signifique que compartamos todas sus valoraciones. Pero los datos son los datos y creo que interesan a todo el mundo.


EL EXILIO DE LOS HERMANOS DE LA SALLE
Artículo-Reportaje por Andrés Valdespino

PRIMERA ESCENA: DESPEDIDA EN SILENCIO

Aeropuerto Internacional “José Martí”, en Rancho Boyeros, Cuba. Jueves 25 de Mayo,

1961, 3:15 de la tarde. Una voz resuena a través de los amplificadores: “Atención
señores pasajeros; dentro de breves momentos partirá con destino a Miami el avión de la
Pan-American con vuelo extraordinario No. 2-422”.

Inmediatamente por una de la puertas de salida al campo de aterrizaje comienza a

desfilar hacia el avión un grupo singular de viajeros. Son más de un centenar. Todos van
vestidos con la sotana negra y la pechera blanca característica de los Hermanos de las
Escuelas Cristianas. Los hay de todas las edades. Algunos casi adolescentes, recién
salidos del noviciado. Otros, en plena ancianidad.

Uno de ellos exhibe una patriarcal barba blanca. Otro es conducido al avión en una silla
de ruedas; 84 son cubanos, 12 franceses, 8 mexicanos, 5 españoles, uno colombiano; 110
en total. Un espeso silencio domina la escena. Desde la terraza del edificio principal del
aeropuerto, cientos de personas  –familiares y amigos de los viajeros–  se agolpan tras la
baranda para verlos marchar. Pero nadie habla. Antes de entrar en el avión, algún que
otro Hermano saluda con la mano en alto. Desde la terraza se agitan pañuelos blancos
en señal de despedida. Pero todo en silencio. Un enjambre de milicianos armados y
agentes del G-2 merodea por los pasillos e invade la pista. Miradas amenazadoras
envuelven a los viajeros y a quienes han ido a despedirlos.

Hay inquietud en el ambiente. ¿Los dejarán marchar, o aún impedirán la salida? No
sería la primera vez que a un viajero, ya dentro del avión lo hicieran bajar reteniéndolo
por cualquier pretexto. Esta vez, sin embargo, el Régimen ha decidido “facilitar la
salida” de este centenar de educadores. Incautados por el Gobierno todos sus colegios y
centros de enseñanza, no hay ya función alguna en Cuba para los Hermanos de La Salle.
Para el castrismo, mientras más pronto "se librara” de ellos, mejor. Apenas el último de
los religiosos entra en el avión, cerrada la puerta y retirada la escalerilla, comienzan a
funcionar los motores, y a los pocos segundos despega la poderosa nave aérea con
destino a la ciudad floridiana.
Después de cincuenta y seis años dedicados a la enseñanza, los Hermanos de La Salle
salen de Cuba, expulsados por el Régimen comunista de Fidel Castro. Detrás, en el
aeropuerto, quedan cientos de familiares y amigos, en silencio, agitando al aire los
blancos pañuelos en señal de despedida, entre las torvas miradas de milicianos armados
y agentes del G-2. Y más allá, en los pueblos y ciudades en que por espacio de medio
siglo los Hermanos han levantado escuelas y formado a varias generaciones de cubanos,
queda una desoladora sensación de vacío espiritual, como si algo que ya formaba parte
esencial de la nación, se le hubiese arrancado de cuajo.
SEGUNDA ESCENA: RE-ENCUENTRO EN MIAMI
Aeropuerto Internacional de Miami. El mismo día, 4:16 de la tarde. Una voz anuncia: “Acaba
de aterrizar procedente de La Habana, el avión de la Pan-American con vuelo extraordinario,
No. 2-422. Los pasajeros entrarán por la puerta número 41”. Y hacia la puerta número 41 se
abalanza una verdadera marea humana. Arriman la escalerilla al avión. Se abre la puerta de este, y comienzan a descender los viajeros. De pronto, desde la terraza superior del edificio, miles de voces entonan el Himno Nacional de Cuna: “… que la Patria os contempla orgullosa… en cadenas vivir, es vivir en oprobios y afrentas sumidos…” Los Hermanos siguen descendiendo.
Y, cuando ya todos están situados en el campo, al costado del avión, concluye el Himno Nacional, los miles de amigos y antiguos alumnos – muchos de ellos con el uniforme del Colegio en que cursaron sus estudios – comienzan a cantar el Himno de La Salle. Desde la terraza, banderas cubanas y lasallistas se despliegan al aire. Gritos de “Viva Cuba libre”, “Vivan los Hermanos”, envuelven a los emocionados viajeros. Muchos de ellos no pueden contener las lágrimas. Pocos minutos después, se produce el encuentro  –el reencuentro, mejor–  entre los maestros expatriados y los alumnos que los han precedido en el destierro. Manos amigas se extienden. Viejos y jóvenes se confunden en cordiales abrazos.
Del aeropuerto los Hermanos son trasladados a un hotel cercano. Al día siguiente, en la Iglesia del Gesu, se celebra una misa en su honor. El sacerdote oficiante, les recuerda
desde el altar: “Hermanos, habéis sido perseguidos por los enemigos de Cristo; sois,
pues, los elegidos del Señor”. Esa misma tarde los Hermanos franceses se embarcan para su país de origen, la patria lejana que muchos dejaron hace más de medio siglo y a la que regresan ahora expulsados por el comunismo ateo de la patria de adopción a la que dedicaron lo mejor de sus vidas. Solo por espíritu de obediencia regresan a Francia. Su corazón está en esta parte del mundo. La vieja Europa es solo un empolvado recuerdo. Uno de ellos, de 85 años de edad, exclama al partir: “Hasta el cielo, amigos, pues ya en esta tierra no volveremos a vernos”. Era su tercer destierro; había salido expulsado de Francia en 1904, de México en 1910, y ahora de Cuba. Dios había querido que al final de su vida, volviera a su patria de origen.
Al día siguiente, dos grupos de Hermanos embarcan hacia México y Panamá. Un tercer grupo se dirige a Puerto Rico a fundar un nuevo colegio de La Salle. Otros quedan en Miami para organizar de una escuela gratuita, por el encargo del obispo de la Diócesis. En esta forma se distribuye por el mundo la comunidad de educadores de las Escuelas Cristianas que el comunismo ha arrojado de Cuba. Algunos de ellos  –los más viejos–  no volverán, seguramente, a suelo cubano. Pero los más esperan confiados el día del regreso. Y mientras éste llega, continúan en otras tierras la tarea de formación de juventudes a la que prometieron consagrar sus vidas cuando ellos mismos se consagraron a Dios.
ESCENAS RETROSPECTIVAS: LOS DÍAS DE PERSECUCIÓN
La salida de Cuba constituía para los hijos de San Juan Bautista De La Salle el final de un
afrentoso calvario que había comenzado meses antes, llegando a su clímax dramático
en los días que siguieron a la malograda invasión del 17 de abril. En noviembre de 1960
comenzaron a circular hojas sueltas en distintos lugares de Cuba, atacando a los colegios
católicos. En Guantánamo, Manzanillo y Santiago de Cuba, donde los Hermanos tenían
centros de enseñanza, los insultos y amenazas eran constantes. Con el pretexto de la
supuesta invasión esperada en enero de 1961, las milicias ocuparon todos los colegios
privados. Los periódicos y revistas del Régimen  –los únicos que podían circular
libremente en Cuba comunista–  iniciaron una feroz campaña contra los Hermanos de
las Escuelas Cristianas. El nombre de “La Salle” era, para la propaganda castrista,
sinónimo de “contrarrevolución”.

Al conmemorarse el 11 de febrero la fundación de la Juventud Católica, en un acto en el
Colegio de los Hermanos en El Vedado, la fuerza pública rodeó el local impidiendo por varias horas la salida a los asistentes, entre los que se encontraba el Arzobispo de La Habana. El 7 de marzo, con motivo de un acto en el Colegio La Salle de Santiago de Cuba, tuvieron lugar diversos incidente, y la turba arengada y estimulada por el Régimen estuvo durante varios días amenazando desde la calle a los Hermanos y sus alumnos.
En ese ambiente de tensión insostenible se produjeron los infortunados acontecimientos
del 17 de abril. Y la ola de terror que caracterizó la feroz represión gubernamental contra
cientos de miles de ciudadanos llegó también  –¡cómo no había de llegar!–  a los Hermanos de las Escuelas Cristianas a lo largo de toda la República. De los ataques verbales se pasó a la violencia física. De la amenaza a la agresión. Del insulto a la humillación pública. Del asalto a los colegios, a la prisión de los educadores.
En Manzanillo las turbas uniformadas sacaron a empellones a los Hermanos del colegio
que allí atendían desde hacía largos años y los “pasearon” en un jeep por la ciudad bajo
las risotadas irreverentes y los insultos obscenos de la canalla fidelista. Llevados después
a prisión, fueron encerrados en un calabozo oscuro y estrecho en el que mientras la
mitad de ellos dormía en el suelo, la otra mitad tenía que pegarse a la pared para dejar
espacio disponible. En Sancti Spíritus  –una de las más antiguas y católicas ciudades de
Cuba–  la turba castrista se dirigió en masa al Colegio de La Salle demandando
“paredón” para los religiosos. Advertidos del peligro, los Hermanos lograron escapar en
traje civil con la ayuda de amigos generosos. Los supriores de la Comunidad en la
Habana fueron trasladados al sombrío recinto del G-2, el tenebroso organismo represivo
del Régimen, donde se les mantuvo hacinados en una habitación con doscientos
prisioneros más, sin otro alimento que una cazuela de arroz con garbanzos que al cabo de
18 horas llevaron para todos los detenidos, y de la que tuvieron que servirse con sus
propias manos.
Pero los más dolorosos  –y también los más conmovedores–  episodios en este calvario
lasallista ocurrieron en el Colegio de El Vedado, el más importante y antiguo de los
centros educacionales de los Hermanos. A las pocas horas de la invasión, un grupo de
agentes del G-2 se presentó en el Colegio y con palabras amenazadoras e insolentes,
reunió a los Hermanos en uno de los locales. “Ahora van a saber lo que es bueno”,
vociferó uno de los agentes: “Vagos, haraganes, que jamás han trabajado, ahora van a
saber lo que es bueno”. Y a renglón seguido: “En primer lugar, quítense todos esos trapos
negros que llevan encima”. Despojados los Hermanos de sus sotanas  –los trapos
negros, como lo calificó el esbirro  fueron conducidos, a punta de ametralladora, a la
enfermería. Comenzó entonces la guerra psicológica. A cada momento entraba uno de
los agentes amenazándolos con llevarlos al paredón. “Si todavía saben rezar, recen
rápido  –les decían constantemente–  porque dentro de poco todo se acabará para ustedes.
"Ahora vamos a registrar el colegio y si encontramos una sola pistola o un solo papel
comprometedor, los fusilamos a todos”. “Si suena una bomba en la ciudad, no dejamos a
uno con vida”. “Si los mercenarios invasores avanzan, tenemos órdenes de matarlos a
ustedes”. Y así a cada momento durante todo el día.
Pero la mayor preocupación de los Hermanos no era la muerte que pudieran hallar a
manos de aquellos bárbaros, sino la profanación que estos pudieran cometer en la
persona del mismo Dios. Arriba, en la capilla del Colegio, encerrado en el sagrario del
altar mayor, un cáliz guardaba bajo la forma de hostias consagradas, el cuerpo y la
sangre de Cristo. Era necesario evitar un sacrilegio por parte de aquellos impíos, de
quienes podía esperarse cualquier cosa. Días más tarde se sabría que en una iglesia de
Camagüey habían abierto el sagrario, regando las hostias por el suelo y bebiendo cerveza
sobre el altar para festejar la profanación.
Uno de los Hermanos jóvenes decidió, aún a riesgo de su vida, intentar una acción que
impidiera el sacrilegio. Cuando advirtió que estaba de guardia uno de los milicianos que
se había mostrado respetuoso con ellos, le rogó que lo acompañara al baño, acción permitida siempre que fueran en compañía de alguno de los agentes o miembros
de las milicias. Ya fuera de la enfermería, el Hermano se dirigió a su acompañante: “No
es al baño a donde quiero ir, sino a la capilla”. Y ante el asombro del miliciano explicó:
“Mira, allí, en el altar, tenemos guardados varios pedazos de pan que para nosotros
tienen un gran valor. Lo único que quiero es poder llevar conmigo algunos de esos
pedazos de pan a mis compañeros en la enfermería para repartírselos”. El miliciano
opuso, en principio, cierto reparo. Si lo sorprendían podía costarle caro. Pero aún en los
más endurecidos ambientes se encuentran almas generosas. Y el hombre, al fin accedió.
Entraron ambos, a oscuras, en la capilla. El Hermano se dirigió al altar mayor, se
arrodilló ante el sagrario, lo abrió, extrajo el copón y tomando entre sus dedos las hostias
consagradas fue consumiendo una tras otra.
Luego, sacó del bolsillo un pañuelo, tomó las hostias que quedaban en el copón, las
envolvió cuidadosamente, cerró el sagrario y salió de la capilla con el sorprendido
miliciano. Aquella noche los Hermanos se dieron de comunión unos a otros,
reproduciendo en el silencio de la enfermería una escena semejante a la que muchos
siglos atrás debieron ser frecuentes entre los primeros cristianos de la Iglesia de
las catacumbas. Después de comulgar en la misma forma los días sucesivos, quedó solo
una hostia, que acordaron conservar con ellos sin consumirla. Cuando se les comunicó
que serían trasladados a La Cabaña  –una de las más sórdidas prisiones militares de
Cuba–  uno de los Hermanos preguntó: “¿Y qué haremos con la sagrada forma?” Y el
mismo que la había bajado de la capilla respondió enseguida: “Llevarla a La Cabaña
escondida en un pañuelo. Si nos llevan a la cárcel, el Señor irá con nosotros”. Así fue
cómo, sin saberlo sus guardianes, Cristo también estuvo prisionero en las cárceles del
comunismo cubano.
Pero, antes de ser trasladados a la prisión, aún habían los Hermanos de pasar por una de
las más humillantes y ofensivas experiencias de la persecución religiosa en Cuba. Unos
días antes del traslado, entró en la enfermería uno de los agentes del G-2. “Prepárense
ahora”, exclamó, “que van a oír Misa”. Los Hermanos quedaron estupefactos. ¿Oír
Misa? ¿Sería posible que en el corazón de aquellos salvajes cupiera aún algún
sentimiento religioso? Los Hermanos fueron, efectivamente, conducidos a la capilla del
colegio. Pero, al entrar en ella, un insólito espectáculo se presentó a la vista. La amplia
Capilla estaba llena de gente. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué había ocurrido? Lo que
había ocurrido no era difícil de explicar. Aquellos cientos de hombres sentados en los
bancos del templo eran, como los Hermanos, prisioneros del Régimen. Durante los días
que los religiosos estuvieron confinados a la enfermería, el G-2 convirtió los pisos
superiores del edificio en prisión, llenándolos con muchos de los ciudadanos que cayeron
en la ola de arrestos practicada por el castrismo a raíz de la fracasada invasión.

Pero había algo más en la Capilla. Sobre la mesa del altar mayor, frente al sagrario,
habían instalado un televisor, desde cuya pantalla, profiriendo los peores insultos contra
la Iglesia, el propio Fidel Castro se dirigía al pueblo en una de sus insolentes peroratas.
En un insólito acto de profanación al sagrado recinto, aquellos cientos de hombres, entre
ellos varios Hermanos de las Escuelas Cristianas, eran sometidos al tormento moral de
escuchar desde el altar, entre la imágenes veneradas por el catolicismo y al pie de la Cruz
de Cristo, las injurias, blasfemias y calumnias lanzadas contra la Iglesia por aquel
diabólico renegado.
De la enfermería del colegio los Hermanos fueron trasladados a La Cabaña. Allí,
hacinados en una galera con más de doscientos prisioneros, teniendo que comer con la
mano, turnándose para poder dormir, sometidos a los vejámenes y amenazas de los
agentes del Régimen, permanecieron otra semana. Cuando al cabo de ellas fueron
puestos en libertad, de todas las galeras vecinas salieron gritos de, “Vivan los Hermanos
de La Salle!” Los prisioneros con quienes habían convivido durante aquellos días
despedían a los religiosos lasallistas con ostensible manifestaciones de simpatía. Y las
amenazas de los agentes del “orden” procurando acallar aquellas voces amigas,
resultaron impotentes para impedir el espontáneo homenaje de los que quedaban en la
cárcel, a los Hermanos que salían de ella.
Pero para los hijos de San Juan Bautista De La Salle había terminado solo el calvario
físico, no el calvario moral. Unos día más tarde, Fidel Castro anunciaba la
nacionalización de todos los colegios católicos. En la misma madrugada del anuncio, las
fuerzas represivas ocupaban los centros de enseñanza de los Hermanos en toda la
República. Y con cinismo extremo, el comunismo daba a esos centros de enseñanza los
nombres de jóvenes católicos que habían caído en la lucha contra la tiranía de Batista.
En Santiago de Cuba, por ejemplo, el Régimen titulaba al Colegio de La Salle
nacionalizado, “Centro Escolar Luis Morales Mustelier”. Luis Morales Mustelier era uno
de los dirigentes católicos asesinados por el batistato al fracasar la huelga de abril de
1958. Había muerto por uno de los ideales traicionados más tarde por el Régimen
comunista de Castro. Y unos de sus hermanos era, al momento de la nacionalización de
las escuelas privadas, el director del colegio del que ese Régimen comunista se había
apoderado a la fuerza.
ESCENA FINAL: DESPUÉS DE MEDIO SIGLO
Incautados sus colegios por el Régimen, los Hermanos recibieron órdenes superiores de
esconderse en casas particulares hasta que llegara el momento de salir de Cuba. Fidel
había declarado que muchos religiosos se incorporaron a la obra “de la Revolución” y
tareas “educacionales” del Régimen. Pero el día señalado para la partida, ni uno sólo de
los Hermanos de las Escuelas Cristianas faltó a la cita. Ni una sola deserción se registró
en las filas lasallistas. Los hijos de San Juan Bautista habían sido, hasta el final, fieles a
su vocación…. y a su patria. Porque la Cuba que dejaban atrás era para unos patria de
origen y para otros patria de adopción. Pero patria para todos. A ella habían llegado los
primeros Hermanos en 1905, hacía cincuenta y seis años, cuando la República estaba recién
fundada. Y la obra de los Hermanos nació, creció y se desarrolló con la República. Nada
de extraño tenía que el eclipse de la vida republicana bajo la dominación comunista,
fuera también un eclipse para la obra de los Hermanos. Pero todos confiaban en que
fuera solo un eclipse parcial.
Esos hombres que el comunismo arrojaba de Cuba no habían cometido otro delito que
servirla con amor y generosidad durante más de medio siglo. En sus aulas se habían
educado varias generaciones de cubanos de todas las razas y clases sociales: el negro
como el blanco, el hijo del industrial como el hijo del obrero.
. Los Hermanos habían fundado en Cuba una universidad, la Universidad Social San Juan Bautista De La Salle (primera universidad lasallista en Latinoamérica) y doce escuelas más: dos en Santiago de Cuba, una en Guantánamo, Manzanillo, Sancti Spíritus, Miramar, Marianao, Palatino, Centro Cívico de la Habana, Santa María del Rosario, El Vedado y la Parroquial del Vedado. Cuatro de ellas, una de Santiago de Cuba y las de Palatino, Parroquial del Vedado y Santa María del Rosario, eran completamente gratuitas. En las demás, la tercera parte de los alumnos eran becados. En sus aulas convivían pobres y ricos sin que nadie supiera quién pagaba y quién no.
“Los que se van de Cuba son los curas españoles falangistas”, había rezongado el Gran
Farsante. Pero de los 110 Hermanos forzados a salir de la isla el 80% eran cubanos. Y
en los últimos tiempos los cargos de más responsabilidad de la Comunidad estaban
desempeñados por cubanos nativos.
Los Hermanos franceses que llegaron a Cuba en 1905 trajeron a la joven República el
inmortal espíritu de libertad de la vieja Francia. A los alumnos de La Salle se les
enseñaba a cantar, con fervoroso espíritu patriótico, el himno nacional de Cuba. Pero
también aprendían las estrofas marciales y vibrantes de “La marsellesa”.
El lema lasallista es “Dios, Patria, Hogar”. Y de las aulas de los Hermanos, durante más
de medio siglo, salieron legiones de cristianos integrales y numerosos patriotas que
durante las luchas contra las tiranías que ha padecido nuestro pueblo llegaron a dar sus
vidas por la causa de la libertad de Cuba.
Esa fue la tarea, durante cincuenta y seis años, de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas en nuestra patria. Como premio, el comunismo les arrebataba sus escuelas y los
arrojaba del país. Pero lo que no podía hacer el comunismo era arrancar la semilla que
los Hermanos habían sembrado: La semilla de los principios cristianos y de los
sentimientos patrióticos. De esa semilla habían brotado varias generaciones de cubanos
creyentes en los valores del espíritu y defensores de los ideales de libertad. Los
Hermanos se iban. Pero su obra quedaba. Detrás de ellos dejaban un pueblo oprimido.
Pero también a un pueblo cristiano. En ese pueblo que ellos habían contribuido a
formar, el comunismo ateo no ha de prevalecer. Algún día  –y no muy lejano–  Cuba
podrá de nuevo rezar libremente a Dios. Pero mientras tanto, los Hermanos de las
Escuelas Cristianas continuarán sus tareas apostólicas en otras tierras de América.
Lejos de la Patria esclavizada. Esperando la hora del regreso.

EN CUBA SOLO QUEDARON CINCO HERMANOS
Mario, Juan, Adolfo, Fidel More (más tarde Padre More) y Néstor María




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