miércoles, 7 de mayo de 2014

Pedro Fourier y otras congregaciones

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (5)

Así como todo parece indicar que los escolapios apenas tuvieron ninguna influencia en el modelo de escuela que impulsaron los primeros Hermanos de La Salle, otras congregaciones francesas, de corte más o menos cercano al de la de José de Calasanz, sí tuvieron una influencia más significativa en las escuelas populares que estaban gestándose por esa época en tantos rincones de Francia; entre ellas, las lasalianas.
Beato César de Bus

En la región de Aviñón, por ejemplo, de la mano del inquieto César de Bus, surgió la Congregación de la Doctrina Cristiana, que en un principio se dedicaba expresamente a la educación de los pobres. Con el tiempo, no obstante, su clientela varió y terminaron manejando el latín y dirigiendo colegios de postín, como los jesuitas o los oratorianos.

Mucho más próximos a la experiencia lasaliana podemos encontrar, con todo, otras congregaciones, promovidas por los padres Barré, en Ruan y París, Roland, en Reims, o Démia, en Lyon  —estos dos últimos orientados, en cierta medida, por los consejos por el primero—  de las que tendremos tiempo de hablar más adelante.

Entre las que no tienen una ligazón directa con Juan Bautista De La Salle tal vez la fundación más interesante sea la de Pedro Fourier, iniciada en la región de  Lorena, no lejos de Reims, en 1597: las religiosas de ‘Nuestra Señora’, que con seguridad De La Salle tuvo oportunidad de conocer en acción en el monasterio-escuela que tenían Reims; de hecho, varias familiares de nuestro Fundador habían ingresado allí como monjas. En realidad, como sucedía con las ursulinas o las salesas  —que no tenían convento en Reims—, entre las monjas de Nuestra Señora solo una de cada tres religiosas del monasterio se dedicaba a la enseñanza; las demás ocupaban toda la jornada en la contemplación, como las demás monjas de clausura. Algunas ‘jóvenes bien’ viven internas en el monasterio con las Hermanas, pero también admiten como externas a las niñas pobres que estén interesadas.

Por ceñirnos exclusivamente a la experiencia escolar de las discípulas de Fourier, subrayemos, de entrada, su deseo explícito de no admitir en su co
munidad, organizada a la manera de los monasterios medievales de monjas canonesas  —clausura estricta incluida[1]—, sino a jóvenes bien dispuestas para ejercer el empleo de educadoras, de modo que las niñas pobres pudieran tener siempre a su disposición a las mejores maestras.

San Pedro Fourier
Esta marcada orientación en favor de la educación de los pobres llevó asimismo a las discípulas de Fourier a una opción por la gratuidad, que se sustentaba en las dotes que depositaban las monjas al ingresar en la comunidad, pues de allí venían los fondos para asegurar el funcionamiento de las escuelas. Sorprendente  —y más si consideramos que surgió en ambiente monástico—  es, asimismo, la decisión de dar prioridad a la lengua materna sobre el latín, que también se estudiaba en las escuelas de las monjas de Nuestra Señora cuando el aprendizaje del francés andaba ya algo avanzado.

Si nos centramos en la manera en que las discípulas de Fourier organizaban sus escuelas nos sorprenderemos de sus originales y fecundas iniciativas, muchas de las cuales tuvieron continuidad en otras instituciones. Para empezar, digamos que, como objetivo general, en las escuelas de la Congregación de Nuestra Señora “las niñas aprenderán a leer, a escribir y a ocuparse en algunos trabajos manuales honrados y apropiados para ganarse con ellos el pan y aprovecharlos en el hogar de diversas maneras... Se les enseñará con suavidad y discreción algunas cosas sencillas que podrán servirles luego, como coser y arreglar sus vestidos, mantenerlos limpios, recomponerlos... Para la ortografía, se les dejará, a veces, recibos, obligaciones, pagarés, recetas, facturas por mercancía vendida, trabajos realizados, dinero prestado u otras cuestiones diversas que se manejan todos los días en los negocios del mundo y que, para mayor seguridad, necesitan presentarse por escrito”. Es, como se ve, una visión muy práctica de la escuela, considerada como un lugar de preparación directa para la vida.
Religiosa de Nuestra Señora

En cuanto a la organización más concreta de la actividad escolar, toda la escuela estaba dividida en tres clases, según los niveles de lectura de las niñas, desde las que empezaban a deletrear hasta las que eran capaces de leer manuscritos, pasando por las que se atrevían con los libros. Cada clase estaba, a su vez, dividida en bancos de hasta veinte escolares, a cuyo cargo había una maestra, que normalmente las atendía de una en una. En ocasiones, todas las alumnas de un banco hacían la lectura juntas; para ello debían disponer todas del mismo libro. Para escribir se organizaban de manera similar, pero para el cálculo, dado que las diferencias entre alumnas eran mayores, se subdividía cada banco en varios grupos formados por alumnas de nivel parecido. Y, cuando hacía falta, se utilizaba una pizarra colocada en lugar bien visible. Al frente de la labor escolar global una religiosa ‘intendente’ coordinaba todo y velaba por que las cosas se hicieran bien; la acompañaban varias maestras preparadas y obedientes, contentas de trabajar en las escuelas para niñas pobres.

San Pedro Fourier
Las religiosas del Padre Fourier concibieron y pusieron en práctica un sistema realmente sencillo de hacer las cosas en la escuela, que, con todo, en aquel tiempo resultaba tremendamente novedoso, y hasta revolucionario. Con el paso del tiempo, tendrían una influencia notable, al menos en Francia. Sin embargo, en relación con las escuelas de chicos, y más en concreto con las escuelas de los Hermanos de La Salle, estamos tentados de decir que, aun coincidiendo en algunas cuestiones  —gratuidad, distintas facetas de la organización de la escuela en clases y bancos, motivación de los maestros, formación para la vida, preferencia de la lengua materna...—, la influencia directa fue muy pequeña. En especial por dos razones concretas, estrechamente relacionadas entre sí: por un lado, porque se trataba de escuelas para chicas, con formas de hacer muy genuinas de la educación femenina y objetivos finales muy conectados con el mundo concreto que esperaba en la sociedad a aquellas chicas cuando fueran mujeres; por otro lado, porque su estilo monástico de vida, y en especial su clausura, marcaban de manera inevitable toda la actividad de aquellas buenas Hermanas, en modos concretos muy difíciles de conciliar con el estilo de aquellas auténticas escuelas de barrio que fueron las de los primeros Hermanos.

Pedro Fourier intentó fundar una orden similar a la de las Hermanas de Nuestra Señora, pero masculina. Como tantos otros después de él, fracasó en su intento. ¿Razones? Muchas, como es lógico; entre ellas, probablemente, la dificultad de conciliar escuela y monasterio; y también, sin duda, tratándose de monjes, el clericalismo, o, por decirlo con más suavidad, la excelsa concepción del sacerdocio que circulaba por aquella época en comparación con la del empleo escolar, mucho más indigna.

Hermano Josean Villalabeitia




[1] En realidad, la intención de Pedro Fourier era librar a sus Hermanas de la clausura monástica, pero la Santa Sede no aceptó su idea y las sometió por bula, en 1628, al régimen común de las monjas.

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