jueves, 6 de febrero de 2014

Los jesuitas

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (2)

En relación con las concreciones pedagógicas  —a veces consideradas por los más entusiastas como revolucionarias—  de la primitiva fundación lasaliana, mucho más influyentes que los Hermanos de la Vida Común fueron, sin duda, los jesuitas, poderosa orden religiosa desde un siglo antes del nacimiento del Fundador.
Además de en otros rasgos fundacionales de la Compañía de Jesús, su influencia en temas educativas pudo llegar, sobre todo, a través de su famosa Ratio studiorum, publicada en 1599. En realidad, este documento, que organiza de manera muy práctica los colegios jesuíticos de aquella época, no es sino el final de todo un proceso, iniciado medio siglo antes, por el que distintos establecimientos jesuitas trataron de estructurar sus estudios. Al final, después de tiras y aflojas más o menos serios y prolongados entre diferentes colegios que pretendían imponer su estilo, se llegó a un documento de consenso, que casi todos admitieron, y es precisamente el que ahora mismo nos ocupa.

Se podría sostener, quizás, que la Ratio studiorum jesuítica tiene un cierto aire medieval, como si se sintiera heredera de algunas formas de hacer de aquella época, pero lo que sin duda destaca en ella es el espíritu renacentista adoptado, el descubrimiento de las ingentes potencialidades del hombre  —físicas, intelectuales y sociales—  que hay que desarrollar y poner al servicio de Dios. Se suele afirmar que el modelo fundamental para redactar la Ratio fue la famosa ‘Universidad de París’, que tanto influyó en quienes pasaron por sus aulas. Entre sus características principales podríamos destacar: diversificación de objetivos y contenidos, orden sistemático y coherente en los programas, variedad y complementariedad de las materias que se trabajan, separación y gradación en el estudio de las mismas, fijación de plazos y pruebas de evaluación, división de los alumnos en grupos, según sus niveles de conocimiento, ejercicios prácticos constantes, recurso a la emulación, a los premios y castigos, disciplina estricta y hasta rigurosa, conjugación de la virtud moral personal con el cultivo excelso de las letras, inspiración humanista y cristiana...

Los jesuitas insisten mucho en lo que llamaríamos ‘cultura clásica’, es decir, el estudio del griego y el latín, sobre todo de este último, que a partir del segundo curso todos los alumnos deben saber leer y escribir correctamente. Poco a poco se van también abriendo al cultivo de conocimientos más contemporáneos, como las ciencias. Su objetivo académico esencial sería alcanzar el ideal de la formación humanística, esto es, la elocuencia perfecta. Aunque si la Ratio trataba de crear buenos comunicadores por oral y por escrito, con el mismo ahínco buscaba gente reflexiva y socialmente impecable; y, por supuesto, personas ornadas con virtudes de todo tipo y cristianos excelentes.

Como formas de actuar genuinas de esta pedagogía jesuítica podríamos subrayar la cura personalis, es decir, la atención a la persona individual, con sus peculiaridades y defectos, con sus potencialidades y aristas. Y es que la Ratio no solamente pide a los profesores que oren por sus alumnos y los atiendan en coloquios privados, sino que expresamente les recomienda que “no tenga aversión a nadie, interésese por los estudios del pobre lo mismo que del rico, y procure el éxito de cada uno de sus discípulos en particular”.

Llama también la atención la cantidad de ejercicios que se proponen a los alumnos; no cabe duda de que se trata de una pedagogía eminentemente práctica: se impulsa la emulación, y hasta la competición abierta, entre los alumnos, se debate, se desarrollan sesiones interesantes y participativas. Por otra parte, las actividades matutinas son de naturaleza bastante distinta de las que se desarrollan por la tarde, y se cuida mucho la selección de autores y libros que los colegiales conocerán. Queda, además, claro que, si el objetivo de fondo es formar personas y cristianos en la excelencia, eso solo puede conseguirse si se comprende a la persona de una manera integral, es decir, si se cultivan en ella todos los todos los aspectos auténticamente humanos que atesora.

La Ratio studiorum jesuítica mostraba una riqueza humanística y pedagógica impresionante, pero estaba destinada a los grandes colegios clásicos de las clases pudientes. Con decir que el ciclo completo de estudios constaba de doce cursos  —3 de gramática, 1 de humanidades, 1 de retórica, 3 de filosofía y 4 de teología—, que podían prolongarse un poco según la capacidad de la persona en cuestión, está todo dicho. Sin embargo, no se puede poner en duda que algunos de los promotores de las escuelas populares tuvieran en cuenta algunos de estos aspectos para, a su nivel y en la medida de lo posible, aplicarlos a las humildes escuelas populares que trataban de sacar adelante.

De hecho, Juan Bautista De La Salle, en las Meditaciones destinadas a sus discípulos, dedica una a Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas[1]. Como no podía ser menos, los términos en los que se refiere al santo vasco son altamente elogiosos. Un aspecto de la fecunda experiencia espiritual de Ignacio de Loyola le atrae de entrada: su intensa preocupación por la ‘salvación de las almas’: “Este santo tuvo tan ardiente celo por la salvación de las almas que, para trabajar en ella con mayor facilidad y eficacia, comenzó a estudiar a los treinta y tres años, alojándose en un hospital, pidiendo limosna durante todo ese tiempo y enseñando el catecismo a los niños y a los pobres”. A continuación, como suele ser habitual en sus Meditaciones, el fundador de los lasalianos acude a la experiencia de sus Hermanos para recordarles que “vuestro empleo sería poco útil si en él no tuvierais como fin la salvación de las almas”. Y de ahí se siguen una serie de preguntas que sacuden un poco sus conciencias apostólicas: “¿Os impulsa vuestro celo por los pobres a buscar medios tan eficaces como los empleados por san Ignacio?”.

En el tercer punto de esa misma Meditación, el Señor De La Salle identifica el fin apostólico de los jesuitas con el de las Escuelas Cristianas y, fiel a su estilo de siempre en las Meditaciones, concluye su reflexión invitando a los Hermanos a imitar las virtudes jesuíticas descritas: “Ya que Dios os ha llamado a educar a los niños en la piedad, lo cual también realizan los discípulos de este santo fundador, vivid con tanto desasimiento y tened tan vivo celo en procurar la gloria de Dios como lo tuvo este santo, y como lo tienen los de su Compañía, y produciréis copiosos frutos en aquellos que instruís”.

No cabe, pues, duda de que Juan Bautista De La Salle conocía bien y apreciaba las obras de los jesuitas[2], presentes incluso en su mismo Reims natal. Sin embargo, más que en su organización académica y escolar, en general, la influencia de los jesuitas es más palpable en la espiritualidad de los educadores lasalianos, sobre todo en asuntos que tiene que ver con el examen de conciencia, la meditación, la adopción de compromisos prácticos que hay que recordar durante el día como remate de la meditación silenciosa, etc.

Hermano Josean Villalabeitia



[1] MF 148, pp. 496-497.
[2] Mediado el siglo XVII unos 27.000 jóvenes franceses se formaban con los jesuitas; 13.000 de ellos en París, aunque su colegio más célebre era el de Clermont. La mayor parte de los grandes hombres del reinado de Luis XIV son antiguos alumnos jesuíticos: Corneille, Descartes, Molière, Bossuet...

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