lunes, 14 de julio de 2014
La misión, según La Salle
En el vídeo, cuatro Hermanos de La Salle argentinos van desgranado, poco a poco, ante la cámara su concepción de la misión lasaliana. Cuatro Hermanos de generaciones diferentes, con planteamientos e ideas distintas, pero trayendo a sus labios permanentemente los mismos conceptos: Dios, Jesús, niños y jóvenes pobres, educación, comunidad, asociación, Jesús...
Este vídeo, elaborado por los responsables de la Pastoral Vocacional de los Hermanos del Distrito de Argentina-Paraguay, trata sobre el tema de la misión; lo puedes ver AQUÍ.
viernes, 11 de julio de 2014
Las ‘Advertencias’ de Carlos Démia
El
pistoletazo de salida de esta carrera escolarizadora lo daría Démia en 1666,
con el envío a los responsables municipales de una carta ‘sobre la necesidad de
escuelas para la instrucción de los niños pobres’. Dos años más tarde,
insistirá sobre el mismo asunto en un escrito algo más extenso y mejor pensado
que, a la postre, sería el más conocido del autor. Su título: ‘Advertencias’[1]
a las personas importantes de la ciudad de Lyon, un escrito que alcanzó gran
difusión porque fue enviado a muchos conocidos de Démia que, a su vez, se lo
dieron a leer a otras personas; tuvo, pues, lo que hoy en día llamaríamos un
propagación ‘viral’... Uno de los que, sin duda, lo recibió fue el futuro
director espiritual de De La
Salle , Nicolás Roland, de quien el primer editor de las Remontrances asegura que, impresionado
por su lectura, se decidió a fundar en Reims una comunidad para atender las
escuelas.
Este
opúsculo[2]
de las Advertencias está escrito con
un estilo vivo y enérgico, que no duda en incorporar, al mismo tiempo, ciertos
recursos para ganarse a los lectores a quienes se dirige: las autoridades de la
ciudad. Por ello, se puede decir que el texto comienza con un poco de incienso,
afirmando que “el principal medio para consumar el esplendor y la magnificencia
de esta gran ciudad es crear en ella escuelas cristianas”. Y como remate del
escrito, de nuevo se dará Démia a la adulación de la villa para tratar de
convencer a sus regidores de lo que esta ganaría con la incorporación de alguna
escuela, pues “recibiría así el último rasgo de belleza que parece faltarle
para convertirla en perfecta, de modo que en adelante pueda servir de modelo
cumplido para otras ciudades del reino”.
Entrado
ya en materia, Démia intenta a continuación razonar en torno a la diferencia
que existe entre la aportación social de los niños de buena familia, bien
educados y provechosos para la sociedad, y los niños pobres, que quedan al
albur de sus tendencias naturales porque no tienen a nadie que les enseñe cómo
domeñarlas. De ahí la conclusión: “La educación de los hijos de los pobres está
totalmente abandonada, cuando tendría que ser la más importante del Estado ya
que son los más numerosos en él”.
A
la descripción de los males que provoca entre los niños pobres la falta de
escuelas para ellos no le falta, en absoluto, crudeza, por pretender quizás
Démia desplegar de esa manera su máxima capacidad de convicción: “Los jóvenes
mal educados caen en la holgazanería; de ahí que no hagan otra cosa que
deambular y correr de un lado para otro; que se les vea amontonados en los
cruces de las calles, donde se entretienen hablando como desvergonzados; que se
vuelvan díscolos, libertinos, jugadores, blasfemos, violentos; que se entreguen
al alcohol, la impureza, el robo y la delincuencia; que se conviertan, en
definitiva, en los más depravados y rebeldes del Estado, de quien son miembros,
y terminarían corrompiendo al resto del cuerpo si no fuera porque el látigo de
los verdugos, las galeras de los príncipes y los patíbulos de la justicia
arrebatan de la tierra a estas serpientes venenosas antes de que infecten a
todo el mundo”[3].
Un cuadro similar pintará a continuación con protagonistas de sexo femenino:
chicas pobres que, tras un sinfín de vicios y perversiones, terminarán cayendo
“en la miseria, que es la roca donde ordinariamente naufraga el pudor de este
sexo”. De hecho, según indica Démia, “los crímenes son normalmente cometidos
por quienes han sido mal educados”. Seguro que no ha pasado desapercibida para
el lector la intensa acritud con que el clérigo lionés describe los males
sociales a los que puede avocar la miseria.
Pero
el perjuicio que esta situación provoca no es únicamente moral, o de
costumbres; también tiene gran incidencia económica y social: “De esta penuria
de buena educación viene la dificultad que existe para encontrar servidores
fieles y obreros competentes”. Obsérvese el punto de vista marcadamente social
con que Démia plantea sus reflexiones.
No
es que los asuntos propiamente catequísticos no le interesen; de hecho, Démia
hace referencia, en algún momento, a prácticas específicamente religiosas, como
sermones y catecismos. Pero, a su modo de ver, a los jóvenes dichas prácticas
piadosas no les sirven para nada, “porque muchos de ellos no van nunca a la
iglesia, y los que lo hacen no aprovechan nada, porque la mayor parte de las
instrucciones que en ella reciben no están al alcance de su comprensión, o por
[…] la corrupción de la naturaleza y las malas compañías”. A nuestro sacerdote
probablemente le interesa más el aspecto social porque cree que es la mejor
manera de convencer a los responsables del gobierno de la ciudad para que se
animen a abrir escuelas. Aunque solo sea por miedo a las posibles consecuencias
de tener por las calles a tanta gente rebelde, maleante, revoltosa... “Se ven
tantos holgazanes y vagabundos por las calles que, no sabiendo otra cosa que
beber, comer y traer al mundo batallones de miserables, podrían provocar
desórdenes públicos; porque este tipo de gente está normalmente inclinado a la
sedición y es capaz de cualquier empresa maléfica”. Aparecen de nuevo en este
texto, como se ve, los paisajes humanos ásperos y desabridos...
Y,
como es lógico, tras la descripción del problema llega la propuesta de
solución, que no es otra que la escuela, esto es, la formación humana y cristiana
de esa gente tan peligrosa para sociedad: “Establecer escuelas cristianas donde
los pobres de uno y otro sexo reciban enseñanza gratuita en su primera
infancia”. ‘Noviciados’, ‘seminarios’, ‘semilleros’ de ciudadanos adultos,
‘academias de perfección de los niños pobres’... eso son para Démia las
escuelas, porque, según indica, “a menudo se encuentra oro en ese barro, y
piedras preciosas entre esas rocas, es decir, sujetos tanto o mejor dispuestos
para las artes, las ciencias y la virtud que entre el resto de los hombres,
como un gran número de ejemplos confirma con bastante claridad”. Según las
convicciones de Démia, “de la masa surgirá una élite; la masa misma será un
reservorio de fuerzas. Se vendrá a buscar a ella, como en la parábola del
Evangelio, jóvenes obreros para la viña”. Además, el remedio escolar promete
ser buena solución durante largo tiempo, pues “los buenos hábitos adquiridos en
la juventud solo raramente se pierden”.
Una
vez expuestos los argumentos, Démia se dirige directamente a los interesados
para que reaccionen y se pongan manos a la obra de fundar escuelas para pobres:
eclesiásticos, magistrados, constructores... y toda persona caritativa que
pueda aportar su “limosna para una buena educación […] Porque esta no sirve
únicamente para sostener el cuerpo, sino también para el alimento y la
perfección del alma. Cuando se entrega a los pobres víveres contra el hambre o
vestidos para los rigores del clima, se les aportan beneficios pasajeros que
terminan desapareciendo, unos por la llegada del calor natural, los otros por
su consumo. Pero la buena educación es una limosna permanente, el cultivo de
los espíritus juveniles un beneficio que poseerán para siempre y del que
extraerán frutos durante toda su vida”. Sin olvidar los beneficios espirituales,
por supuesto, ya que, una vez formados, los pobres “estarán en condiciones, no
solo de escapar a las miserias de la vida, sino, además, por la lectura de
buenos libros y la práctica de los mandamientos de Dios, podrán conducirse con
eficacia hacia el fin para el que fueron traídos al mundo”.
Hermano Josean Villalabeitia
(Continuará…)
[1] El título original completo, de difícil
traducción literal, es: Remontrances faites
à Messieurs les Prévôt des Marchands, Échevins et principaux habitants de la
ville de Lyon. Hoy se cita habitualmente solo con la primera
palabra: Remontrances.
[2] Se
trataba de un texto muy corto, que probablemente no fuera al principio sino una
larga carta, o un breve informe o memorial manuscrito. Probablemente no fue
imprimido hasta después de la muerte de Démia, en una recopilación de
documentos que circuló bastante.
[3] Podríamos
encontrar cierta similitud con estos planteamientos en la visión social que
muestra De La Salle
en su segunda meditación para los días de retiro, aunque, sin duda, el fundador
de los Hermanos lo expone todo con mucha más delicadeza. cf. MR 194,1,1, p. 581.
lunes, 7 de julio de 2014
Romancillo de Juan Bautista
Teresa Carrascal es una profesora de rancia estirpe lasaliana, que sin descanso cultiva desde hace años en las aulas del madrileño Colegio La Salle-Institución.
Aparte de sus múltiples habilidades manuales, Tere también exhibe una reiterada afición por los trovos populares, que le viene de familia y exhibe siempre que puede. "Nada de poesía medida y esas cosas -comenta ella sin darle importancia-; simples rimas que quedan más o menos bien..."
Una de sus últimas composiciones tiene que ver con Juan Bautista De La Salle. Es la que tienes a continuación, muestra indudable de su cariño hacia nuestro Padre y Fundador y, también, de su extenso conocimiento de la vida del santo lasaliano. ¡Enhorabuena, Teresa, por estos sentidos versos!
Aparte de sus múltiples habilidades manuales, Tere también exhibe una reiterada afición por los trovos populares, que le viene de familia y exhibe siempre que puede. "Nada de poesía medida y esas cosas -comenta ella sin darle importancia-; simples rimas que quedan más o menos bien..."
Una de sus últimas composiciones tiene que ver con Juan Bautista De La Salle. Es la que tienes a continuación, muestra indudable de su cariño hacia nuestro Padre y Fundador y, también, de su extenso conocimiento de la vida del santo lasaliano. ¡Enhorabuena, Teresa, por estos sentidos versos!
En Reims, ciudad distinguida
de Francia,
en mil seiscientos
cincuenta y uno,
el 30 de abril, en la abundancia,
JUAN BAUTISTA vino
al mundo.
Todo parecía resplandecer
bajo el mando del “Rey
Sol”
y en el gran siglo francés
¡Juan Bautista la luz vio!
Su padre, Luis De La
Salle,
magistrado de la Audiencia;
su madre, Nicolasa
Moët,
mujer piadosa y con paciencia.
Juan Bautista fue primogénito
de familia numerosa acomodada
y sus padres no dudaron un momento
en proporcionarle una educación esmerada.
¿Le harían un buen soldado?
¿A una carrera de leyes lo destinarían?
Tenía que ser digno
de sus antepasados,
pues entre ellos... ¡ilustres personajes había!
Acudió a importantes colegios,
pero a la edad de quince
años
ocurrió un hecho muy particular.
Tenía un pariente
de prestigio
que era Canciller
en la Universidad
y, además de renombrado canónigo,
fue de la Champaña Vicario
General.
Este había decidido retirarse
y pensó en Juan
Bautista para sucederle.
Ser canónigo, importante dignidad eclesiástica,
le obligaba a su mayor entrega, en breve.
Con tan solo quince
abriles
era canónigo de la
catedral de Reims.
Sirvió de modelo y ejemplo
a varones de mayor experiencia y saber.
Con sentida vocación
sacerdotal
ingresó en un Seminario de París,
pero su triste situación
familiar
le obligó a reflexionar sobre su porvenir.
Con nueve meses de diferencia
a sus dos
progenitores perdió,
haciéndose cargo con urgencia
de seis hermanos, pues él era el mayor.
Durante cuatro largos años
la función de tutor
desempeñó.
Juan Bautista pidió que le relevasen
y la familia acogió su razonable petición.
En Reims, sacerdote
fue ordenado,
celebró su misa en la catedral,
era Ministro de Dios
enviado
con una inmensa dignidad.
La educación de los
más necesitados
fue la mayor preocupación en su tiempo.
De jóvenes maestros se había rodeado,
¡que a educar también estaban dispuestos!
A su cargo de canónigo renunció,
entre los pobres
repartió sus riquezas
cuando un hambre espantosa asoló
y a muchas familias llegó la pobreza.
“CONFIEMOS EN LA
PROVIDENCIA”,
repetía Juan Bautista a sus Hermanos
y actuando con prudencia
vivieron en comunidad como cristianos.
Fundador de las
Escuelas Cristianas
creó nuevos modelos de enseñanza
y la formación religiosa cuidó con esmero.
Le costó grandes
sacrificios,
contratiempos, largas horas de plegarias,
dificultades en el camino
y hasta persecuciones inesperadas.
Para reforzar el fervor y la generosidad
de la comunidad de los Hermanos,
se estableció el primer
Capítulo General
con los tres votos
que se formularon:
ASOCIACIÓN, para sostener
las escuelas,
ESTABILIDAD en la
sociedad,
OBEDIENCIA a
dicha sociedad y superiores,
prometieron con absoluta disponibilidad.
Con la edad, su salud
fue empeorando,
la última misa celebró en san José,
y el 7 de abril de
1719
JUAN BAUTISTA en Ruan
se nos fue.
“ADORO EN TODO LA
VOLUNTAD
DE DIOS PARA CONMIGO”
fueron sus últimas palabras
con Jesús, su modelo divino.
Nos ha enseñado el amor
a los alumnos,
la ayuda constante
a sus necesidades,
apoyándoles en sus debilidades
y alentándoles en sus dificultades.
Hoy hay colegios de La
Salle
extendidos por 87 países del mundo,
con 85.000 profesores
y cerca de un millón de alumnos.
GRACIAS, JUAN
BAUTISTA,
GRACIAS, por tu destacada labor,
GRACIAS, por tu actitud progresista,
GRACIAS, “Hermano”, ... ¡de corazón!
Teresa Carrascal
(Las negritas y mayúsculas son de la autora)
viernes, 27 de junio de 2014
45º Capítulo General de los Hermanos, marcado por el inspirador icono lasaliano de Parmenia
Vídeo resumen de lo que ha sido el recientemente concluido Capítulo General de los Hermanos, que hacía el número 45 de la serie histórica.
Este vídeo repasa los principales acontecimientos de tan magna asamblea, que encuadra en el inspirador icono lasaliano de Parmenia-1714, cuyas invitaciones resultaron enormemente sugerentes a la hora de impulsar los sucesivos trabajos capitulares. Con el recuerdo de Parmenia, efectivamente, se abre el desarrollo de los contenidos del vídeo, y con ellos se concluye, siguiendo una lógica idéntica.
Un interesante documento, elaborado en la Casa Generalicia de Roma por los responsables de dar a conoce los eventos capitulares, que puedes encontrar AQUÍ.
Este vídeo repasa los principales acontecimientos de tan magna asamblea, que encuadra en el inspirador icono lasaliano de Parmenia-1714, cuyas invitaciones resultaron enormemente sugerentes a la hora de impulsar los sucesivos trabajos capitulares. Con el recuerdo de Parmenia, efectivamente, se abre el desarrollo de los contenidos del vídeo, y con ellos se concluye, siguiendo una lógica idéntica.
Un interesante documento, elaborado en la Casa Generalicia de Roma por los responsables de dar a conoce los eventos capitulares, que puedes encontrar AQUÍ.
miércoles, 18 de junio de 2014
La Salle canta
Muy cercanos ya a la solemnidad litúrgica del Corpus Christi, tradicionalmente asociada con tantas fiestas populares y familiares, primeras comuniones y eventos por el estilo, recordamos una canción lasaliana, nacida al otro lado del Atlántico, que nos llena de alegría por muchos motivos y nos conecta directamente con tan entrañable fiesta. ¡A disfrutar!
Tenéis el vídeo AQUÍ.
Tenéis el vídeo AQUÍ.
lunes, 9 de junio de 2014
Parmenia 1714
No hay duda de que el icono lasaliano de Parmenia ha tenido bastante que
decir en todo el proceso capitular que rematamos el pasado domingo de Pentecostés.
Allí, en Parmenia, Juan Bautista de La Salle, después de leer y rezar con la
carta de los principales Hermanos, se tomó su tiempo antes de emprender el
camino hacia París. Luego decidió regresar, con más convencimiento que seguridad en que la
situación que se iba a encontrar fuese muy diferente de la que dejó.
Lo que sí
había cambiado fue la determinación de los Hermanos, que certificaban en la carta su compromiso
con el regreso de su líder para alentar un futuro común, juntos y por asociación.
Parmenia es por ello un hito importante para los lasalianos de todos los tiempos: los entusiastas, y también los más pusilánimes o los más tentados de serlo...
El vídeo que os proponemos, que mezcla retazos de la película "El Señor de La Salle" con visiones del paisaje de Parmenia en la actualidad, nos recuerda todas estas cuestiones con gran sensibilidad.
Lo podéis ver AQUÍ.
sábado, 7 de junio de 2014
Carlos Démia: los inicios
Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (6)
Este
sacerdote lionés, un poco anterior en el tiempo a De La Salle ―vivió entre 1637 y 1689―, es, sin discusión,
una de las figuras más destacadas de la pedagogía popular del siglo XVII en
Francia. Seguramente no conoció en persona a nuestro Santo Fundador, aunque
estaba al corriente de algunas de sus actividades. Se interesó, sobre todo, por
el funcionamiento del primitivo seminario de maestros rurales que los Hermanos
de las Escuelas Cristianas abrieron muy pronto en la calle Neuve de Reims, y
hasta llegó a aconsejar, en 1688, que se imitase el ejemplo lasaliano en otros
lugares.
También
Juan Bautista conocía bien el pensamiento y, quizás, la obra concreta de Démia.
No en vano el sacerdote de Lyon cita a De La Salle en su diario hasta en cuatro ocasiones,
todas ellas en relación con la compra y el intercambio de libros que tratan
sobre la educación de los pobres, ya sea en escuelas, ya en hospitales o
centros por el estilo. Es evidente, pues, que en el momento en que nuestro
Fundador estaba poniendo en marcha su obra consultó con atención los escritos
de Démia, del que habría oído hablar por mediación de Nicolás Roland, director
espiritual de De La Salle
y compañero de Démia durante sus estudios en París. La prematura desaparición
del sacerdote de Lyon, a los 52 años recién cumplidos, impidió sin duda una más
intensa colaboración entre ambas personalidades.
Carlos
Démia podría considerarse como un ejemplo típico de cristiano imbuido del
espíritu tridentino, que canalizó sus inquietudes apostólicas a través de las
escuelas populares[1].
Si consideramos su trayectoria formativa, la afirmación anterior no tendría
nada de extraño; sería, mas bien, una consecuencia lógica de su formación y
trayectoria vital. Y es que, nacido cerca de Lyon en 1637, Démia fue desde muy
joven alumno de los jesuitas lioneses, con quienes completó estudios de derecho
hasta doctorarse en el civil y el eclesiástico. Cristiano devoto, participa por
esa época con intensidad en la poderosa Compañía del Santo Sacramento,
integrada por sacerdotes y laicos, que promueven con fuerza obras en favor de
los pobres en distintas localidades del país. Tras algunos devaneos
sentimentales, se decide por la ordenación sacerdotal, para lo que se traslada
a París, donde vivirá entre 1660 y 1663. Su estancia en la capital francesa
tiene tres puntos de referencia sucesivos, muy significativos los tres en lo
que toca a escuela y a catequesis: en primer lugar, san Nicolás del Chardonnet;
luego las misiones extranjeras y los seguidores de Vicente de Paúl y, por fin,
el seminario de san Sulpicio, donde encontrará como formador a Tronson, que
unos años más tarde acogería a Juan Bautista De La Salle en aquellos mismos
locales. En esta época Démia coincidirá asimismo, en referencias e inquietudes,
con Nicolás Roland, el futuro director espiritual de De La Salle.
Ordenado
sacerdote en París, Carlos regresa a su tierra donde comenzará a trabajar en la
renovación del clero diocesano predicando misiones populares, lo que le llevará
a conocer de cerca muchos pueblos y parroquias de aquella región. Su contacto
con la dura realidad de los maestros de escuelas populares y con la irrisoria
formación religiosa de los cristianos de a pie, unido a la influencia de sus
antiguas actividades en distintas grupos piadosos, le convencerán de la
necesidad de promover las escuelas cristianas como medio indispensable para
cambiar el estado de las cosas: “No hay mejor medio de secar la fuente de
tantos desórdenes y de reformar cristianamente ciudades y provincias que
creando escuelas para la instrucción de los hijos de los pobres, en las que,
junto al temor de Dios, se les enseñe a leer, escribir y contar por medio de
maestros capacitados para instruirles en esas cuestiones, que afortunadamente
les pondrían en condiciones de trabajar en la mayor parte de las artes y
profesiones, no habiendo ninguna en que estas primeras nociones no sean de gran
ayuda y camino para avanzar hacia los empleos más importantes”.
Claro
que, en aquel tiempo, la figura del maestro estaba muy desprestigiada. El
Propio Démia escribirá de ellos que “este empleo está expuesto al desprecio y
es muy a menudo ejercido por miserables, desconocidos y gente sin prestigio,
que no pueden inspirar la piedad, la capacidad y la honradez, pues normalmente
nunca las tendrán por no haberlas conocido, o no haber recibido educación en
una casa que les comunicara tales virtudes”.
Hermano Josean Villalabeitia
(Continuará…)
[1] El
propio Démia, en su principal obra, cita expresamente las recomendaciones del
Concilio de Trento cuando trata de convencer a las autoridades de su ciudad
para que abran escuelas populares.
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