¿Estás buscando el mejor colegio para tus hijos e hijas, o la mejor educación?
¡No busques más! La Salle es tu mejor opción.
Educación integral y de calidad, con intervención activa de las nuevas tecnologías, idiomas , trabajo en equipo...
Formación como personas. Valores lasalianos clásicos -fe, fraternidad y servicio-, tan importantes como las demás asignaturas. Excelentes instalaciones.
Trescientos años formando espléndidadmente a niños y niñas de todos los continentes.Únete a una comunidad de más de un millón de alumnos en todo el mundo; cien mil en toda España. Únete a La Salle. Seguro que hay un centro La Salle cerca de ti.
Delicioso vídeo promocional del Sector de Madrid, en el Distrito Arlep (España y Portugal).
Para verlo, pincha AQUÍ
jueves, 20 de febrero de 2014
jueves, 6 de febrero de 2014
Los jesuitas
Precursores
de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (2)
En relación con
las concreciones pedagógicas —a veces
consideradas por los más entusiastas como revolucionarias— de la primitiva fundación lasaliana, mucho
más influyentes que los Hermanos de la Vida
Común fueron, sin duda, los jesuitas, poderosa orden
religiosa desde un siglo antes del nacimiento del Fundador.
Además de en
otros rasgos fundacionales de la
Compañía de Jesús, su influencia en temas educativas pudo
llegar, sobre todo, a través de su famosa Ratio
studiorum, publicada en 1599. En realidad, este documento, que organiza de
manera muy práctica los colegios jesuíticos de aquella época, no es sino el
final de todo un proceso, iniciado medio siglo antes, por el que distintos establecimientos
jesuitas trataron de estructurar sus estudios. Al final, después de tiras y
aflojas más o menos serios y prolongados entre diferentes colegios que
pretendían imponer su estilo, se llegó a un documento de consenso, que casi
todos admitieron, y es precisamente el que ahora mismo nos ocupa.
Se podría
sostener, quizás, que la Ratio studiorum jesuítica tiene un cierto
aire medieval, como si se sintiera heredera de algunas formas de hacer de
aquella época, pero lo que sin duda destaca en ella es el espíritu renacentista
adoptado, el descubrimiento de las ingentes potencialidades del hombre —físicas, intelectuales y sociales— que hay que desarrollar y poner al servicio
de Dios. Se suele afirmar que el modelo fundamental para redactar la Ratio fue la famosa ‘Universidad de París’,
que tanto influyó en quienes pasaron por sus aulas. Entre sus características
principales podríamos destacar: diversificación de objetivos y contenidos,
orden sistemático y coherente en los programas, variedad y complementariedad de
las materias que se trabajan, separación y gradación en el estudio de las
mismas, fijación de plazos y pruebas de evaluación, división de los alumnos en
grupos, según sus niveles de conocimiento, ejercicios prácticos constantes,
recurso a la emulación, a los premios y castigos, disciplina estricta y hasta
rigurosa, conjugación de la virtud moral personal con el cultivo excelso de las
letras, inspiración humanista y cristiana...
Los jesuitas
insisten mucho en lo que llamaríamos ‘cultura clásica’, es decir, el estudio
del griego y el latín, sobre todo de este último, que a partir del segundo
curso todos los alumnos deben saber leer y escribir correctamente. Poco a poco
se van también abriendo al cultivo de conocimientos más contemporáneos, como las
ciencias. Su objetivo académico esencial sería alcanzar el ideal de la
formación humanística, esto es, la elocuencia perfecta. Aunque si la Ratio
trataba de crear buenos comunicadores por oral y por escrito, con el mismo
ahínco buscaba gente reflexiva y socialmente impecable; y, por supuesto,
personas ornadas con virtudes de todo tipo y cristianos excelentes.
Como formas de
actuar genuinas de esta pedagogía jesuítica podríamos subrayar la cura personalis, es decir, la atención a
la persona individual, con sus peculiaridades y defectos, con sus
potencialidades y aristas. Y es que
Llama también la
atención la cantidad de ejercicios que se proponen a los alumnos; no cabe duda
de que se trata de una pedagogía eminentemente práctica: se impulsa la
emulación, y hasta la competición abierta, entre los alumnos, se debate, se
desarrollan sesiones interesantes y participativas. Por otra parte, las
actividades matutinas son de naturaleza bastante distinta de las que se
desarrollan por la tarde, y se cuida mucho la selección de autores y libros que
los colegiales conocerán. Queda, además, claro que, si el objetivo de fondo es
formar personas y cristianos en la excelencia, eso solo puede conseguirse si se
comprende a la persona de una manera integral, es decir, si se cultivan en ella
todos los todos los aspectos auténticamente humanos que atesora.
De hecho, Juan
Bautista De La Salle ,
en las Meditaciones destinadas a sus
discípulos, dedica una a Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas[1].
Como no podía ser menos, los términos en los que se refiere al santo vasco son
altamente elogiosos. Un aspecto de la fecunda experiencia espiritual de Ignacio
de Loyola le atrae de entrada: su intensa preocupación por la ‘salvación de las
almas’: “Este santo tuvo tan ardiente celo por la
salvación de las almas que, para trabajar en ella con mayor facilidad y
eficacia, comenzó a estudiar a los treinta y tres años, alojándose en un
hospital, pidiendo limosna durante todo ese tiempo y enseñando el catecismo a
los niños y a los pobres”. A continuación, como suele ser habitual en sus Meditaciones, el fundador de los
lasalianos acude a la experiencia de sus Hermanos para recordarles que “vuestro
empleo sería poco útil si en él no tuvierais como fin la salvación de las almas”.
Y de ahí se siguen una serie de preguntas que sacuden un poco sus conciencias
apostólicas: “¿Os impulsa vuestro celo por los pobres a buscar medios tan
eficaces como los empleados por san Ignacio?”.
En
el tercer punto de esa misma Meditación,
el Señor De La Salle
identifica el fin apostólico de los jesuitas con el de las Escuelas Cristianas y, fiel a su estilo de siempre en las Meditaciones, concluye su reflexión
invitando a los Hermanos a imitar las virtudes jesuíticas descritas: “Ya que
Dios os ha llamado a educar a los niños en la piedad, lo cual también realizan
los discípulos de este santo fundador, vivid con tanto desasimiento y tened tan
vivo celo en procurar la gloria de Dios como lo tuvo este santo, y como lo
tienen los de su Compañía, y produciréis copiosos frutos en aquellos que
instruís”.
No cabe, pues,
duda de que Juan Bautista De La
Salle conocía bien y apreciaba las obras de los jesuitas[2],
presentes incluso en su mismo Reims natal. Sin embargo, más que en su
organización académica y escolar, en general, la influencia de los jesuitas es
más palpable en la espiritualidad de los educadores lasalianos, sobre todo en
asuntos que tiene que ver con el examen de conciencia, la meditación, la
adopción de compromisos prácticos que hay que recordar durante el día como
remate de la meditación silenciosa, etc.
Hermano Josean Villalabeitia
[1] MF 148, pp. 496-497.
[2]
Mediado el siglo XVII unos 27.000 jóvenes franceses se formaban con los
jesuitas; 13.000 de ellos en París, aunque su colegio más célebre era el de
Clermont. La mayor parte de los grandes hombres del reinado de Luis XIV son
antiguos alumnos jesuíticos: Corneille, Descartes, Molière, Bossuet...
lunes, 27 de enero de 2014
Nuevo libro lasaliano
En los manantiales de la escuela popular cristiana
Autor: Hermano Josean Villalabeitia
El nuevo año 2014 llegó para
todos los lasalianos con un regalo muy especial bajo el brazo. Nos referimos al
libro del Hermano Josean Villalabeitia titulado "En los manantiales de la
escuela popular cristiana", que acaba de ver la luz en el Distrito Arlep
de la mano de Ediciones La Salle,
Este libro describe, de
manera sencilla, agradable de leer y repleta de citas textuales del Fundador, distintos
aspectos interesantes de las escuelas lasalianas de los primeros tiempos, así
como el ambiente que rodeó su nacimiento.
No se trata de una obra
para especialistas -ellos conocen de sobra los contenidos del libro- sino
para lasalianos que desean ampliar sus conocimientos sobre los orígenes de la
fundación lasaliana, o introducirse un poco más a fondo en algunos aspectos concretos
de la misma. De hecho, mediante los contenidos del libro los lasalianos podrán ir
completando los mil y un datos e informaciones de todo tipo que sobre la
fundación lasaliana suelen recibir en charlas, sesiones de formación,
encuentros, retiros, jornadas de reflexión, etc.
En este sentido, contenidos
claves de la obra son, entre otros, los antecedentes de las escuelas
lasalianas; cómo surgieron en concreto; cuáles fueron las influencias más
claras que marcaron su fundación y primeras características; la "Guía de
las Escuelas Cristianas", el libro clave que regía el funcionamiento de las
primeras escuelas lasalianas; cuáles podrían considerarse los aspectos más peculiares
y originales de aquella fundación escolar, etc.
Desde estas líneas animamos a todos los lasalianos interesados en estos
asuntos a consultarlo y utilizarlo con fruición en sus actividades.
Para ver la portada del libro, pinchar AQUÍ
martes, 7 de enero de 2014
Los Hermanos de la Vida Común
Precursores
de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (1)
Entre los
precursores de Juan Bautista De La
Salle y sus Hermanos, quizás los más remotos en el tiempo sean
los llamados “Hermanos de la Vida Común ”.
Esta orden religiosa nació en los Países Bajos mediado el siglo XIV, y se
extendió bastante durante un par de siglos, sobre todo por Bélgica y Holanda. Uno
de sus miembros más conocidos fue Tomás de Kempis, autor del libro de la Imitación de Cristo, tan leído en medios cristianos —también en comunidades religiosas— hasta hace bien poco.
Como el propio
nombre de su institución sugiere, los Hermanos de la
Vida Común vivían juntos, aunque no
profesasen ningún voto. Se dedicaban a la oración y a la meditación, y llegaron
a tener una espléndida reputación como copiadores de manuscritos y, más
adelante, como impresores. Pero su vocación esencial era la enseñanza; primero
de niños y, más adelante, también de jóvenes. Su programa de estudios primarios
saltó los muros de sus comunidades para extenderse con largueza por las
regiones donde estaban implantados. Constaba de lectura, escritura, algo de
cálculo y todo cuanto fuera útil para el trabajo posterior de los chicos en la
sociedad.
Dos detalles
importantes, sobre todo, de los planteamientos de los Hermanos de la
Vida Común los acercan a las experiencias
que más tarde desarrollarían en profundidad los Hermanos de La Salle. Por un lado, en su
enseñanza, los Hermanos de la Vida Común
empleaban la lengua materna de sus alumnos y, por otro, sus lecciones eran
siempre gratuitas. Además, animaban sus actividades desde una comunidad sólida,
que consideraban como algo fundamental en su vida y en su trabajo apostólico.
Aunque se sabe
de algún antiguo colegio francés que se inspiró en la experiencia de los
Hermanos de la Vida Común
para remozar sus estatutos y comenzar a funcionar de manera más moderna, la
influencia directa de estos Hermanos neerlandeses en Francia, y en particular
en los discípulos del Señor De La
Salle , tuvo que ser muy limitada, porque jamás tuvieron
comunidad en suelo francés. Pero uno nunca sabe cómo cobran cuerpo estas
cuestiones…
Hermano Josean Villalabeitia
lunes, 9 de diciembre de 2013
One La Salle
Vídeo lasaliano, de origen filipino, que nos habla de universalidad de La Salle. Lo patrocinan los exalumnos.
Contenido, retos, emoción... ¡Bien por los antiguos alumnos lasalianos!
Para verlo pulsar AQUÍ
Contenido, retos, emoción... ¡Bien por los antiguos alumnos lasalianos!
Para verlo pulsar AQUÍ
jueves, 5 de diciembre de 2013
Compiladores geniales
Situándonos
en la historia en un momento de cierta madurez de la primitiva obra lasaliana,
con el Fundador ya en sus últimos años de vida y el modelo de Escuelas
Cristianas en gran medida diseñado, se podría mirar hacia atrás por el camino
recorrido y apreciar unos puntos de luz incontestables que ayudaron con
seguridad a los lasalianos a orientar sus pasos a la hora de las decisiones, o
en los inevitables momentos de oscuridad y de duda.
Porque,
si es verdad que las escuelas lasalianas de los primeros tiempos eran ejemplos
claros de creatividad e innovación pedagógicas, no lo es menos que, al
describir esa novedad, a veces se tiende a exagerar. Los primitivos lasalianos
no inventaron demasiadas cosas en sus escuelas, pues a menudo lo que parece una
novedad absoluta en la historia —enseñanza
simultánea, utilización de la lengua materna, gratuidad escolar, preparación
para la vida, oficios en la escuela...—
no es sino el desarrollo de una idea que ya estaba presente —en germen o como desarrollo somero— en alguna experiencia anterior.
Juan
Bautista De La Salle
y sus primeros Hermanos, más que extraer de la nada planteamientos y modos de
hacer escolares —que alguno sí que
propusieron por primera vez—, lo que con mayor frecuencia consiguen es que
ideas que otros sugirieron e intentaron consolidar en el tiempo y extender en
el espacio tuvieran éxito, dieran el fruto deseado y, con el paso de los años —a veces después de bastantes decenios— quedasen definitivamente incorporadas a la
tradición indiscutida de la escuela popular.
Pero
no solo eso; el cuadro estructural y la organización general de las primeras
escuelas lasalianas y el comportamiento de sus maestros estaban tan bien
diseñados que permitieron poner en práctica al mismo tiempo, en la misma
escuela, ideas y planteamientos que tenían diferentes orígenes, a veces incluso
muy lejanos entre sí. Los primeros lasalianos introducían varias novedades a la
vez y, sin embargo, el cuadro general no crujía en absoluto; al contrario,
funcionaba cada vez mejor.
Otras
veces lo que aquellos primeros Hermanos hicieron fue desarrollar con amplitud y
ambición didáctica y pedagógica propuestas que en sus predecesores estaban solo
apuntadas o muy poco desarrolladas; fue con los lasalianos como aquellas ideas
pudieron llegar a una primera plenitud, abierta a sucesivos desarrollos, por
supuesto.
De
La Salle y sus
Hermanos, por consiguiente, más que originales en sus propuestas concretas,
fueron extraordinariamente innovadores y creativos en sus síntesis,
compiladores geniales de experiencias educativas diversas, pedagogos eclécticos
y sincretistas que acertaron con el marco general en el que acomodar un montón
de ideas pedagógicas, no siempre perfectamente acordes unas con otras, que, sin
embargo, portaban en su interior ciertas claves fundamentales para la escuela
que era preciso redimir.
La
estructura final de sus desvelos escolares quedaría fijada para siempre en la Guía de las Escuelas Cristianas, minucioso
reglamento de las primeras escuelas lasalianas, desarrollado y puesto a punto
en sucesivas experiencias originales por un grupo de hombres vocacionados y
entusiastas, que se encontraban plenamente a gusto dando vida a las páginas de
esa Guía y se sentían, al mismo
tiempo, muy importantes, pues estaban convencidos de que era Dios mismo quien
los había enviado a trabajar a esa insospechada viña divina que eran las
escuelas para pobres.
Pero,
¿de dónde pudieron tomar, en concreto, sus ideas De La Salle y sus primeros
Hermanos? Yo creo que, en relación con esta cuestión trascendental, sería
conveniente distinguir un origen primordial innegable, el libro de La escuela parroquial —con la extensa y preciosa experiencia
escolar que atesoraba en sus páginas—, publicado en 1654, y a continuación, en
un nivel que dependería asimismo, en cierta medida, del libro citado, habría
que establecer dos familias de influencias, distintas y bastante independientes
entre sí seguramente, pero todas ciertas. Una sería la de Carlos Démia, lejano
en la geografía pero más cercano a través de sus libros, de los que tenemos
garantías que De La Salle
conocía y probablemente leyó. La otra podríamos denominarla el ‘triángulo
providencial Ruan-Reims-París’, considerando como figura destacada del mismo a
Nicolás Barré, quizás la persona que más influyó, a todos los niveles, en la
vida y obra del Señor De La
Salle desde que este se lanzara a la fascinante aventura de
promover escuelas y formar comunidades de maestros.
Pero
a la sombra de Barré, y como instrumentos materiales más directos, habría que
colocar asimismo, sin duda, a Nicolás Roland y, cómo no, a Adrián Nyel, que
fueron quienes, a través de su contacto personal con el Señor De La Salle , fueron abriendo un
camino que ellos mismos habían recorrido apoyados en parte en Barré, como más
tarde este mismo se encargaría de desbrozar e iluminar para el fundador de los
lasalianos. Roland quizás influyera más en aspectos espirituales, aunque lo
escolar no le era en absoluto ajeno, mientras que Nyel tuvo probablemente más
influencia en aspectos directamente relacionados con el desempeño escolar y la
organización de las escuelas para pobres.
Junto
a estos precursores cercanos, no debemos olvidar otros más lejanos, en el
tiempo o en la geografía, que dejarían también, de alguna manera, su impronta
en el campo de la educación y la pedagogía. Sin que podamos establecer siempre
con precisión los caminos por los que su influencia llegó a los lasalianos
primitivos, aunque solo sea por prudencia no podemos dejarlos de lado.
A
todos estos precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y su obra
dedicaremos los próximas entregas de nuestra serie de escritos para Inter nos. Al principio a los
precursores remotos, para centrarnos más adelante en los precursores próximos.
Confiemos
en que nuestros textos sean del agrado de los lectores. ¡Gracias desde ahora
mismo por vuestra atención y vuestra benevolencia!
Hermano Josean Villalabeitia
jueves, 28 de noviembre de 2013
La carta de Parmenia
Es
un documento nacido hacia el final de la vida del Fundador, que sirvió para
resolver la crisis provocada por la retirada de Juan Bautista hacia el sureste
de Francia, intentando escapar de las dificultades que asediaban a su Instituto
por el norte.
El
origen de toda esta peripecia histórica podría
situarse hacia febrero de 1712, aunque la cosa se gestaba desde tiempo atrás. La Sociedad de las Escuelas
Cristianas se halla por entonces sometida a una serie de fuertes tensiones: juicios
que prometen sentencias poco favorables, eclesiásticos que tienen un
ascendiente notable –no siempre
beneficioso- sobre algunos Hermanos,
división interna, críticas contra el Superior...
De La Salle
se considera culpable directo de todo ello, piensa que su persona está
influyendo muy negativamente sobre los acontecimientos que amenazan al
Instituto, y tal vez hasta llegue a considerar que, después de más de treinta
años de duros esfuerzos, sacrificios, renuncias, opciones, convencido de que
Dios mismo era quien se los solicitaba, todo lo que ha emprendido y ayudado a
desarrollar estaba equivocado y le hubiera resultado más provechoso dedicarse a
otros menesteres. El caso es que, seguramente como vía de solución para las
dificultades, decide quitarse de en medio: deja París y se va hacia el sur de
Francia -otras tierras, otros Hermanos-,
dejando de hecho abandonadas en manos de los Hermanos sus responsabilidades de
Superior, sobre todo en el norte del país, que es donde se situaba gran parte
de las comunidades de Hermanos y, desde luego, todas las más antiguas[1].
Probablemente
se ha exagerado un tanto esta huida de Juan Bautista; visitó ciertamente
comunidades de Hermanos, vivió en ellas y los demás superiores de la Sociedad siempre supieron
dónde localizarle. Pero sí es cierto que pretendió alejarse del núcleo del
torbellino y, sobre todo, que entró en una crisis personal
y espiritual impresionante. Los
biógrafos dicen que
fue el encuentro con una santa
mujer, que encontró casi por casualidad en un santuario del sudeste de Francia,
cuando se recuperaba de un achaque de salud, el que comenzó a despejar las
tinieblas que poblaban el interior del ex canónigo remense[2]. Pero, en realidad, el
punto de inflexión determinante vino a provocarlo una misiva que le dirigieron
a Juan Bautista algunos Hermanos directores de la región parisina, preocupados
por el cariz que estaban tomando los acontecimientos y por la cada vez más
prolongada ausencia de su superior mayor.
El
texto de dicha carta, escrita el día de Pascua de 1714, es el siguiente:
"Señor, nuestro querido padre: Nosotros, principales Hermanos de las
Escuelas Cristianas, deseando la mayor gloria de Dios y el mayor bien de la Iglesia y de nuestra
Sociedad, reconocemos que es de capital importancia que vuelva a encargarse de
la dirección general de la obra santa de Dios, que es también la suya, ya que
plugo al Señor servirse de usted para fundarla y guiarla desde hace tanto
tiempo. Todos estamos convencidos de que Dios le ha dado y le da las gracias y
los talentos necesarios para gobernar bien esta nueva compañía, que es tan útil
a la Iglesia ;
y con justicia rendimos testimonio de que usted la ha guiado siempre con gran
éxito y edificación. Por todo ello, señor, le rogamos muy humildemente y le
ordenamos, en nombre y de parte del Cuerpo de la Sociedad , al que usted
prometió obediencia, que vuelva a asumir de inmediato el gobierno general de
nuestra Sociedad[3].
En fe de lo cual lo hemos firmado. Hecho en París este primero de abril de
1714, y nos reiteramos, muy respetuosamente, señor nuestro muy querido, sus muy
humildes y muy obedientes inferiores"[4].
De
nuevo en un momento de profunda crisis en el Instituto, con un muy serio
peligro de cisma interno, el único noviciado en horas muy bajas y algunos eclesiásticos
intentando modificar las Reglas y controlar la Sociedad con el aparente
beneplácito de no pocos Hermanos, la fórmula de consagración de 1694 va a
aportar luz y energía suficientes para salir del túnel. Ni qué decir tiene que
De La Salle no
se lo pensó dos veces: hizo caso a lo que sus Hermanos le solicitaban y en poco
tiempo se presentó
de nuevo en
París para ponerse a su
disposición. Se superaba de esta manera la que se considera probablemente como
la crisis más grave que sufrió el Instituto en vida del Fundador[5].
Subrayemos
también, de paso, que el aparente abandono en que Juan Bautista deja a los
Hermanos del Norte sirve, dentro de lo malo, para que algunos Hermanos con
responsabilidades de gobierno tomen la situación en sus manos, comiencen bien
que mal a tomar decisiones y adquieran en poco tiempo una experiencia intensa
de gobierno, que en sus puestos anteriores no tenían y sólo los momentos de
dificultad conceden con acelerada rapidez. De hecho, el Hermano Bartolomé, a
quien le tocó hacer de Superior en los momentos de ausencia de Juan Bautista,
tuvo que actuar con tres o cuatro años de antelación casi como el Superior
General que posteriormente, a partir de su elección en la asamblea de 1717,
fue. Son algunos efectos positivos de la crisis, cuya importancia de cara al
desarrollo de la Sociedad
de las Escuelas Cristianas no se debe menospreciar.
Pero
centrémonos en la carta.
Los biógrafos primitivos subrayan el espíritu de obediencia
de que dio muestra el Señor de La
Salle accediendo a lo que solicitaban sus Hermanos[6]. Sería un tema de
discusión interesante para los canonistas saber hasta qué punto tres Hermanos
directores y algún Hermano más[7] podían constituirse en ‘Cuerpo’
del Instituto y dar órdenes válidas a su Superior mayor. Pero no es este el
punto que nos interesa: los primeros biógrafos tienen la permanente tentación
de construir una imagen ideal de la persona, convirtiéndola en un personaje, en
un modelo para imitar, de hacer hagiografía, en suma; y en este suceso la
obediencia se presta bien a ello. Sin embargo a nosotros, hoy en día, el
escrito nos sugiere otras reflexiones.
Si nos
fijamos en la evolución que se ha producido en el interior del Instituto, por
ejemplo, la carta es interesante, sobre todo, porque muestra con cierta
claridad hasta qué punto los Hermanos, o al menos algunos de sus responsables,
habían asimilado los valores fundamentales de la Sociedad. Cuentan
los biógrafos que De La Salle
se sintió muy sorprendido al recibir la misiva, hasta el punto de llegar a
dudar de su autenticidad: "Si no hubiera reconocido la escritura de los
Hermanos que la habían firmado, habría podido sospechar de ella"[8].
No se lo podía creer, quizás porque no creía a sus humildes Hermanos capaces de
dar órdenes tajantes a un sacerdote, que además era su superior. También le
sorprenderían lo suyo -gratamente, por
supuesto- las muestras de cercanía y
cariño de que le hacían objeto sus Hermanos, y las alabanzas de su gestión que
la carta portaba. El hecho mismo de que le llegase el mensaje, de que sus
Hermanos, que él pensaba alejados de su persona y más bien hostiles, contrarios
a su gestión, se acordasen de él, lo reclamasen para que volviera a París, en
las circunstancias concretas en que su pseudofuga se había producido, no podía
de ninguna manera dejar indiferente al Fundador, por muy frío que fuese desde
el punto de vista afectivo[9].
Porque
la carta es un auténtico reconocimiento por parte de los Hermanos de la
importancia que la presencia de Juan Bautista al frente del Instituto tenía
para el buen funcionamiento del mismo. Los autoproclamados “principales
Hermanos de las Escuelas Cristianas”[10] vuelven
a asociar, en un único movimiento, “la mayor gloria de Dios, el mayor bien de la Iglesia y de nuestra Sociedad”,
de manera similar a como lo hacían en la profesión de 1694. Como la misma carta
indica, los Hermanos están convencidos de que la obra del Fundador, es decir,
el Instituto, es “la obra santa de Dios” y, en la línea de las reglas
personales del Fundador, consideran que “plugo al Señor servirse de usted [Juan
Bautista] para fundarla y guiarla desde hace tanto tiempo”. Los Hermanos, por
tanto, están ya muy convencidos de que trabajan directamente en la obra de
Dios. Es más, despliegan a la vista del Fundador el mecanismo por el que Dios
implanta su obra entre los hombres: eligiendo y llamando al que hoy es su
Superior desaparecido de escena, para que se encargue de poner en marcha y
conducir esa obra divina. El señor De La
Salle , en consecuencia, es el instrumento
concreto del que “Dios se sirve”, mediante el que Dios actúa en el mundo, y las
escuelas son su obra concreta.
Después de este
reconocimiento, que no es tan nuevo, pues recoge, con otros términos, los
mismos planteamientos de la fórmula de consagración de 1694, sí que afirman una
novedad importante. Dios no solo llama y elige; da, además, las gracias
necesarias para llevar adelante con éxito el ministerio encomendado. En el caso
de la carta al Fundador, se dice explícitamente: “Todos estamos convencidos de
que Dios le ha dado y le da las gracias y los talentos necesarios para gobernar
bien esta nueva compañía, que es tan útil a la
Iglesia ”. Así pues, además de elegir y
llamar, Dios prepara a su instrumento, de manera que, al modo de la más pura
tradición bíblica, nunca pueda decir [11]. A aquel ex canónigo rico que tanto tuvo
que luchar, y a tantas incomprensiones y malentendidos tuvo que hacer frente,
para poder seguir adelante por el camino que Dios parecía proponerle, estas
palabras tenían que llegarle directas al corazón. Porque le estaban recordando
los misteriosos caminos de su consagración, en términos muy parecidos a los que
él mismo utilizaba en otra época, por los días del Memorial sobre los orígenes.
Todos los elementos clave de la consagración, tal como el Fundador los
expresaba allá -llamada,
obra de Dios, instrumento, gracias necesarias, escuelas- estaban presentes en la
carta. Era evidente
que habían pasado desde él mismo, Juan Bautista, a sus Hermanos, y ahora éstos
se los devolvían para suscitar en su interior una enésima conversión y hacerle
cambiar de actitud. La experiencia de la consagración para las escuelas
cristianas, con la coloración y matices propios de la vivencia irrepetible del
Fundador, había quedado bien grabada en su Instituto, y ahora la encontraba
plasmada, con todos sus ingredientes, en el escrito que sus Hermanos le hacían
llegar.
Pero,
sin duda, la carta indicaba otras cosas importantes no ya solo para la
peripecia vital del señor De La
Salle , sino para la de todos los Hermanos de las Escuelas
Cristianas también. Porque, para empezar, dejaba claro que el espíritu
fundamental del Instituto[12], que podríamos considerar
resumido en la fórmula de votos, estaba calando profundamente en los Hermanos.
En concreto, los Hermanos mostraban que comprendían perfectamente el sentido
profundo del Instituto; se sentían un cuerpo vivo, responsable, consciente de
su origen carismático y de su historia pasada, presente y futura, que, viéndose
en peligro, acude a los medios de defensa que la tradición institucional pone a
su alcance.
Esta
es, seguramente, la razón fundamental por la que en las últimas líneas de texto
se abandona el tono amable, y hasta levemente adulador por momentos, que el
mensaje había tenido hasta entonces para volverse una conminación legal
inapelable: “Le ordenamos, en nombre y de parte del Cuerpo de la Sociedad , al que usted
prometió obediencia, que vuelva a asumir de inmediato el gobierno general de
nuestra Sociedad”. Ya no hay bromas: se trata del voto hecho al Dios que lo
eligió y de la promesa hecha a sus compañeros de institución. Tal vez nunca
había tenido ocasión de comprobarlo, pero esta vez estaba claro que sus
Hermanos comprendían perfectamente cuál era la empresa a la que Dios los había convocado,
que la Sociedad
de las Escuelas Cristianas disponía en su interior de los dinamismos y recursos
necesarios para asegurar su existencia y el cumplimiento de sus objetivos
fundamentales. Sin duda De La
Salle comprendió complacido que, precisamente porque sus
discípulos lo llamaron, teniendo en cuenta las razones en las que fundamentaban
su llamada, su presencia al frente de la Sociedad ya no era indispensable. Los Hermanos
podían perfectamente dirigirla sin él.
Y
así sucedió. Porque, tras su regreso a París, las cosas ya no volvieron a ser
como antes. En teoría Juan Bautista continuaba siendo el Superior, pero de
hecho compartía responsabilidades con el Hermano Bartolomé, que era quien lo
había sustituido al frente de la
Sociedad durante la ausencia del titular. No se había tratado
de nada oficial; había sido, más bien, una reacción espontánea de los Hermanos,
orientada por el puesto en que De La
Salle había colocado al Hermano Bartolomé: maestro de
novicios de la región norte. Poco después, el domingo de Pentecostés de 1717,
de acuerdo con la tradición de la
Sociedad , dieciséis Hermanos directores se reunieron en San
Yon (Ruán) y, en ausencia del Fundador, expresamente solicitada por él mismo,
eligieron al Hermano Bartolomé como Superior General del Instituto. El
resultado de la votación, para qué decirlo, no ofreció sorpresa alguna. En
adelante, la tradición de los Hermanos hará una distinción histórica de roles
verdaderamente significativa: si Juan Bautista De La Salle es el Padre y Fundador
del Instituto, sólo el Hermano Bartolomé será considerado como el primer
Superior General[13];
se entiende así que la situación de gobierno anterior a su elección como tal
formaba parte de las circunstancias excepcionales propias del tiempo de
fundación. Al actuar así, la
Sociedad de las Escuelas Cristianas se ha mostrado
escrupulosamente fiel a aquellos principios fundacionales que dejaron firmados
en el acta de 1694.
Hermano
Josean Villalabeitia
[1] Descripción, detalles y análisis de todas estas
cuestiones en Bédel H., Orígenes:
1651-1726, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Roma 1998, pp.
149-155; Gallego S., San Juan
Bautista De La Salle I. Biografía ,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1986, pp. 471-514; Villalabeitia J., ¿Qué pasó en Parmenia?, en Unánimes 158
(2002) 5-16. Un excelente comentario de
la carta, a cargo del Hermano Michel Sauvage, puede hallarse en Burkhard L. – Sauvage M., Parménie. La crise de
Jean-Baptiste De La Salle
et de son Institut (1712-1714) (Cahiers Lasalliens 57), Maison Saint Jean-Baptiste De La Salle , Roma 1994.
[2] Esta
mujer, con fama de santidad, era conocida como ‘Sor Luisa’, y residía en la
colina de Parmenia, cerca de Grenoble, en Francia. Cf. Gallego S., o. c.,
pp. 507-508.
[3] En la
vida del Hermano Bartolomé que escribió como anexo a su biografía del Fundador,
Juan
Bautista Blain indica que
la carta que recibió De La Salle
en Parmenia sólo le pedía que volviese a París; cf. CL 8, Abregé de la vie du frère Barthelemi..., p. 19. Esto
explicaría el saludo del Fundador a su llegada a la comunidad parisina de la calle Barouillère :
“Heme aquí ¿Qué desean de mí?”; Blain J.-B.,
Cahiers lasalliens 8 (CL 8), Maison Saint Jean-Baptiste De La Salle , Roma 1961, p. 120.
[4] La
carta la transcriben los dos biógrafos primitivos del Fundador que narran estos
hechos. Detalles en Gallego S., o.
c., p. 512, nota 70. Descripción de la crisis y análisis interesante de la
carta en Bédel H., o. c.,
pp. 149-159.
[5]
Leyendo los últimos capítulos del tercer libro de Blain, uno tiene la sensación
de que el biógrafo, amigo del Señor de La Salle , al que conoció en los últimos años de su
vida, intentó obtener de él alguna valoración personal de los sucesos que
concluyeron con la carta de Parmenia. Todo parece indicar, sin embargo, que
Juan Bautista siempre se negó a manifestar comentarios al respecto... Cf. Blain
J.-B., CL 8, pp. 121ss.
[6] Maillefer
F. E., La vie de M. Jean-Baptiste De La Salle , prêtre, docteur en
théologie, ancien chanoine de la cathédrale de Reims, et instituteur des Frères
des Écoles Chrétiennes (Cahiers lasalliens 6), Maison
Saint Jean-Baptiste De La Salle ,
Roma 1966, p. 227; Blain J.-B., CL 8, p. 119.
[7]
"Para los biógrafos, los reunidos son los principales Hermanos de París,
Versalles y San Denis; […] Entre las tres comunidades sumaban dieciocho
Hermanos: los que ya habían profesado perpetuamente podrían ser de seis a diez.
Ellos firmaban la carta". Gallego S.,
o. c., 512-513. Cf., en esas páginas,
notas 71, 72 y 73.
[8] Blain J.-B., CL 8, p. 119.
[9] El Hermano Alphonse Daniel Marcel estudió los
rasgos caracteriológicos de la personalidad del Fundador, tal como aparecen en
sus biografías y escritos personales, llegando a la conclusión de que se
trataba de un apasionado, es decir, de una persona emotiva, activa y
secundaria, con una particular acentuación de este última rasgo. Por
consiguiente, la aparente frialdad con la que se comportaba en público no hay
que interpretarla, de ningún modo, como que Juan Bautista fuera insensible a
ciertos gestos de aprecio y cariño hacia su persona; eso sí, hacía serios
esfuerzos por que sus reacciones afectivas no aflorasen al exterior; cf. À l’école de Saint Jean-Baptiste De La Salle , Ligel, París
1952, pp. 41-59.
[10]
Todas las referencias de los párrafos siguientes a la carta de Parmenia se
pueden confrontar con el texto completo de la carta que se ofrece en las páginas
109-110.
[11] Jr 1,6.
[12] La palabra ‘Instituto’ no
aparece nunca en la carta, que emplea preferentemente el término ‘Sociedad’ -una vez el de ‘compañía’- para hablar de los Hermanos.
[13] El
Hermano Bédel H lo comenta,
citando al historiador del Instituto Georges Rigault; cf. o. c., p. 165.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






