jueves, 20 de febrero de 2014

La Salle, tu mejor opción

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jueves, 6 de febrero de 2014

Los jesuitas

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (2)

En relación con las concreciones pedagógicas  —a veces consideradas por los más entusiastas como revolucionarias—  de la primitiva fundación lasaliana, mucho más influyentes que los Hermanos de la Vida Común fueron, sin duda, los jesuitas, poderosa orden religiosa desde un siglo antes del nacimiento del Fundador.
Además de en otros rasgos fundacionales de la Compañía de Jesús, su influencia en temas educativas pudo llegar, sobre todo, a través de su famosa Ratio studiorum, publicada en 1599. En realidad, este documento, que organiza de manera muy práctica los colegios jesuíticos de aquella época, no es sino el final de todo un proceso, iniciado medio siglo antes, por el que distintos establecimientos jesuitas trataron de estructurar sus estudios. Al final, después de tiras y aflojas más o menos serios y prolongados entre diferentes colegios que pretendían imponer su estilo, se llegó a un documento de consenso, que casi todos admitieron, y es precisamente el que ahora mismo nos ocupa.

Se podría sostener, quizás, que la Ratio studiorum jesuítica tiene un cierto aire medieval, como si se sintiera heredera de algunas formas de hacer de aquella época, pero lo que sin duda destaca en ella es el espíritu renacentista adoptado, el descubrimiento de las ingentes potencialidades del hombre  —físicas, intelectuales y sociales—  que hay que desarrollar y poner al servicio de Dios. Se suele afirmar que el modelo fundamental para redactar la Ratio fue la famosa ‘Universidad de París’, que tanto influyó en quienes pasaron por sus aulas. Entre sus características principales podríamos destacar: diversificación de objetivos y contenidos, orden sistemático y coherente en los programas, variedad y complementariedad de las materias que se trabajan, separación y gradación en el estudio de las mismas, fijación de plazos y pruebas de evaluación, división de los alumnos en grupos, según sus niveles de conocimiento, ejercicios prácticos constantes, recurso a la emulación, a los premios y castigos, disciplina estricta y hasta rigurosa, conjugación de la virtud moral personal con el cultivo excelso de las letras, inspiración humanista y cristiana...

Los jesuitas insisten mucho en lo que llamaríamos ‘cultura clásica’, es decir, el estudio del griego y el latín, sobre todo de este último, que a partir del segundo curso todos los alumnos deben saber leer y escribir correctamente. Poco a poco se van también abriendo al cultivo de conocimientos más contemporáneos, como las ciencias. Su objetivo académico esencial sería alcanzar el ideal de la formación humanística, esto es, la elocuencia perfecta. Aunque si la Ratio trataba de crear buenos comunicadores por oral y por escrito, con el mismo ahínco buscaba gente reflexiva y socialmente impecable; y, por supuesto, personas ornadas con virtudes de todo tipo y cristianos excelentes.

Como formas de actuar genuinas de esta pedagogía jesuítica podríamos subrayar la cura personalis, es decir, la atención a la persona individual, con sus peculiaridades y defectos, con sus potencialidades y aristas. Y es que la Ratio no solamente pide a los profesores que oren por sus alumnos y los atiendan en coloquios privados, sino que expresamente les recomienda que “no tenga aversión a nadie, interésese por los estudios del pobre lo mismo que del rico, y procure el éxito de cada uno de sus discípulos en particular”.

Llama también la atención la cantidad de ejercicios que se proponen a los alumnos; no cabe duda de que se trata de una pedagogía eminentemente práctica: se impulsa la emulación, y hasta la competición abierta, entre los alumnos, se debate, se desarrollan sesiones interesantes y participativas. Por otra parte, las actividades matutinas son de naturaleza bastante distinta de las que se desarrollan por la tarde, y se cuida mucho la selección de autores y libros que los colegiales conocerán. Queda, además, claro que, si el objetivo de fondo es formar personas y cristianos en la excelencia, eso solo puede conseguirse si se comprende a la persona de una manera integral, es decir, si se cultivan en ella todos los todos los aspectos auténticamente humanos que atesora.

La Ratio studiorum jesuítica mostraba una riqueza humanística y pedagógica impresionante, pero estaba destinada a los grandes colegios clásicos de las clases pudientes. Con decir que el ciclo completo de estudios constaba de doce cursos  —3 de gramática, 1 de humanidades, 1 de retórica, 3 de filosofía y 4 de teología—, que podían prolongarse un poco según la capacidad de la persona en cuestión, está todo dicho. Sin embargo, no se puede poner en duda que algunos de los promotores de las escuelas populares tuvieran en cuenta algunos de estos aspectos para, a su nivel y en la medida de lo posible, aplicarlos a las humildes escuelas populares que trataban de sacar adelante.

De hecho, Juan Bautista De La Salle, en las Meditaciones destinadas a sus discípulos, dedica una a Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas[1]. Como no podía ser menos, los términos en los que se refiere al santo vasco son altamente elogiosos. Un aspecto de la fecunda experiencia espiritual de Ignacio de Loyola le atrae de entrada: su intensa preocupación por la ‘salvación de las almas’: “Este santo tuvo tan ardiente celo por la salvación de las almas que, para trabajar en ella con mayor facilidad y eficacia, comenzó a estudiar a los treinta y tres años, alojándose en un hospital, pidiendo limosna durante todo ese tiempo y enseñando el catecismo a los niños y a los pobres”. A continuación, como suele ser habitual en sus Meditaciones, el fundador de los lasalianos acude a la experiencia de sus Hermanos para recordarles que “vuestro empleo sería poco útil si en él no tuvierais como fin la salvación de las almas”. Y de ahí se siguen una serie de preguntas que sacuden un poco sus conciencias apostólicas: “¿Os impulsa vuestro celo por los pobres a buscar medios tan eficaces como los empleados por san Ignacio?”.

En el tercer punto de esa misma Meditación, el Señor De La Salle identifica el fin apostólico de los jesuitas con el de las Escuelas Cristianas y, fiel a su estilo de siempre en las Meditaciones, concluye su reflexión invitando a los Hermanos a imitar las virtudes jesuíticas descritas: “Ya que Dios os ha llamado a educar a los niños en la piedad, lo cual también realizan los discípulos de este santo fundador, vivid con tanto desasimiento y tened tan vivo celo en procurar la gloria de Dios como lo tuvo este santo, y como lo tienen los de su Compañía, y produciréis copiosos frutos en aquellos que instruís”.

No cabe, pues, duda de que Juan Bautista De La Salle conocía bien y apreciaba las obras de los jesuitas[2], presentes incluso en su mismo Reims natal. Sin embargo, más que en su organización académica y escolar, en general, la influencia de los jesuitas es más palpable en la espiritualidad de los educadores lasalianos, sobre todo en asuntos que tiene que ver con el examen de conciencia, la meditación, la adopción de compromisos prácticos que hay que recordar durante el día como remate de la meditación silenciosa, etc.

Hermano Josean Villalabeitia



[1] MF 148, pp. 496-497.
[2] Mediado el siglo XVII unos 27.000 jóvenes franceses se formaban con los jesuitas; 13.000 de ellos en París, aunque su colegio más célebre era el de Clermont. La mayor parte de los grandes hombres del reinado de Luis XIV son antiguos alumnos jesuíticos: Corneille, Descartes, Molière, Bossuet...

lunes, 27 de enero de 2014

Nuevo libro lasaliano

En los manantiales de la escuela popular cristiana
Autor: Hermano Josean Villalabeitia

El nuevo año 2014 llegó para todos los lasalianos con un regalo muy especial bajo el brazo. Nos referimos al libro del Hermano Josean Villalabeitia titulado "En los manantiales de la escuela popular cristiana", que acaba de ver la luz en el Distrito Arlep de la mano de Ediciones La Salle,

Este libro describe, de manera sencilla, agradable de leer y repleta de citas textuales del Fundador, distintos aspectos interesantes de las escuelas lasalianas de los primeros tiempos, así como el ambiente que rodeó su nacimiento.

No se trata de una obra para especialistas  -ellos conocen de sobra los contenidos del libro- sino para lasalianos que desean ampliar sus conocimientos sobre los orígenes de la fundación lasaliana, o introducirse un poco más a fondo en algunos aspectos concretos de la misma. De hecho, mediante los contenidos del libro los lasalianos podrán ir completando los mil y un datos e informaciones de todo tipo que sobre la fundación lasaliana suelen recibir en charlas, sesiones de formación, encuentros, retiros, jornadas de reflexión, etc.

En este sentido, contenidos claves de la obra son, entre otros, los antecedentes de las escuelas lasalianas; cómo surgieron en concreto; cuáles fueron las influencias más claras que marcaron su fundación y primeras características; la "Guía de las Escuelas Cristianas", el libro clave que regía el funcionamiento de las primeras escuelas lasalianas; cuáles podrían considerarse los aspectos más peculiares y originales de aquella fundación escolar, etc.

Desde estas líneas animamos a todos los lasalianos interesados en estos asuntos a consultarlo y utilizarlo con fruición en sus actividades.

Para ver la portada del libro, pinchar AQUÍ

martes, 7 de enero de 2014

Los Hermanos de la Vida Común

Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (1)


Entre los precursores de Juan Bautista De La Salle y sus Hermanos, quizás los más remotos en el tiempo sean los llamados “Hermanos de la Vida Común”. Esta orden religiosa nació en los Países Bajos mediado el siglo XIV, y se extendió bastante durante un par de siglos, sobre todo por Bélgica y Holanda. Uno de sus miembros más conocidos fue Tomás de Kempis, autor del libro de la Imitación de Cristo, tan leído en medios cristianos  —también en comunidades religiosas—  hasta hace bien poco.

Como el propio nombre de su institución sugiere, los Hermanos de la Vida Común vivían juntos, aunque no profesasen ningún voto. Se dedicaban a la oración y a la meditación, y llegaron a tener una espléndida reputación como copiadores de manuscritos y, más adelante, como impresores. Pero su vocación esencial era la enseñanza; primero de niños y, más adelante, también de jóvenes. Su programa de estudios primarios saltó los muros de sus comunidades para extenderse con largueza por las regiones donde estaban implantados. Constaba de lectura, escritura, algo de cálculo y todo cuanto fuera útil para el trabajo posterior de los chicos en la sociedad.

Dos detalles importantes, sobre todo, de los planteamientos de los Hermanos de la Vida Común los acercan a las experiencias que más tarde desarrollarían en profundidad los Hermanos de La Salle. Por un lado, en su enseñanza, los Hermanos de la Vida Común empleaban la lengua materna de sus alumnos y, por otro, sus lecciones eran siempre gratuitas. Además, animaban sus actividades desde una comunidad sólida, que consideraban como algo fundamental en su vida y en su trabajo apostólico.

Aunque se sabe de algún antiguo colegio francés que se inspiró en la experiencia de los Hermanos de la Vida Común para remozar sus estatutos y comenzar a funcionar de manera más moderna, la influencia directa de estos Hermanos neerlandeses en Francia, y en particular en los discípulos del Señor De La Salle, tuvo que ser muy limitada, porque jamás tuvieron comunidad en suelo francés. Pero uno nunca sabe cómo cobran cuerpo estas cuestiones…

Hermano Josean Villalabeitia


lunes, 9 de diciembre de 2013

One La Salle

Vídeo lasaliano, de origen filipino, que nos habla de universalidad de La Salle. Lo patrocinan los exalumnos. 

Contenido, retos, emoción... ¡Bien por los antiguos alumnos lasalianos!

Para verlo pulsar AQUÍ

jueves, 5 de diciembre de 2013

Compiladores geniales

Situándonos en la historia en un momento de cierta madurez de la primitiva obra lasaliana, con el Fundador ya en sus últimos años de vida y el modelo de Escuelas Cristianas en gran medida diseñado, se podría mirar hacia atrás por el camino recorrido y apreciar unos puntos de luz incontestables que ayudaron con seguridad a los lasalianos a orientar sus pasos a la hora de las decisiones, o en los inevitables momentos de oscuridad y de duda.

Porque, si es verdad que las escuelas lasalianas de los primeros tiempos eran ejemplos claros de creatividad e innovación pedagógicas, no lo es menos que, al describir esa novedad, a veces se tiende a exagerar. Los primitivos lasalianos no inventaron demasiadas cosas en sus escuelas, pues a menudo lo que parece una novedad absoluta en la historia  —enseñanza simultánea, utilización de la lengua materna, gratuidad escolar, preparación para la vida, oficios en la escuela...—  no es sino el desarrollo de una idea que ya estaba presente  —en germen o como desarrollo somero—  en alguna experiencia anterior.

Juan Bautista De La Salle y sus primeros Hermanos, más que extraer de la nada planteamientos y modos de hacer escolares  —que alguno sí que propusieron por primera vez—, lo que con mayor frecuencia consiguen es que ideas que otros sugirieron e intentaron consolidar en el tiempo y extender en el espacio tuvieran éxito, dieran el fruto deseado y, con el paso de los años  —a veces después de bastantes decenios—  quedasen definitivamente incorporadas a la tradición indiscutida de la escuela popular.

Pero no solo eso; el cuadro estructural y la organización general de las primeras escuelas lasalianas y el comportamiento de sus maestros estaban tan bien diseñados que permitieron poner en práctica al mismo tiempo, en la misma escuela, ideas y planteamientos que tenían diferentes orígenes, a veces incluso muy lejanos entre sí. Los primeros lasalianos introducían varias novedades a la vez y, sin embargo, el cuadro general no crujía en absoluto; al contrario, funcionaba cada vez mejor.

Otras veces lo que aquellos primeros Hermanos hicieron fue desarrollar con amplitud y ambición didáctica y pedagógica propuestas que en sus predecesores estaban solo apuntadas o muy poco desarrolladas; fue con los lasalianos como aquellas ideas pudieron llegar a una primera plenitud, abierta a sucesivos desarrollos, por supuesto.

De La Salle y sus Hermanos, por consiguiente, más que originales en sus propuestas concretas, fueron extraordinariamente innovadores y creativos en sus síntesis, compiladores geniales de experiencias educativas diversas, pedagogos eclécticos y sincretistas que acertaron con el marco general en el que acomodar un montón de ideas pedagógicas, no siempre perfectamente acordes unas con otras, que, sin embargo, portaban en su interior ciertas claves fundamentales para la escuela que era preciso redimir.

La estructura final de sus desvelos escolares quedaría fijada para siempre en la Guía de las Escuelas Cristianas, minucioso reglamento de las primeras escuelas lasalianas, desarrollado y puesto a punto en sucesivas experiencias originales por un grupo de hombres vocacionados y entusiastas, que se encontraban plenamente a gusto dando vida a las páginas de esa Guía y se sentían, al mismo tiempo, muy importantes, pues estaban convencidos de que era Dios mismo quien los había enviado a trabajar a esa insospechada viña divina que eran las escuelas para pobres.

Pero, ¿de dónde pudieron tomar, en concreto, sus ideas De La Salle y sus primeros Hermanos? Yo creo que, en relación con esta cuestión trascendental, sería conveniente distinguir un origen primordial innegable, el libro de La escuela parroquial  —con la extensa y preciosa experiencia escolar que atesoraba en sus páginas—, publicado en 1654, y a continuación, en un nivel que dependería asimismo, en cierta medida, del libro citado, habría que establecer dos familias de influencias, distintas y bastante independientes entre sí seguramente, pero todas ciertas. Una sería la de Carlos Démia, lejano en la geografía pero más cercano a través de sus libros, de los que tenemos garantías que De La Salle conocía y probablemente leyó. La otra podríamos denominarla el ‘triángulo providencial Ruan-Reims-París’, considerando como figura destacada del mismo a Nicolás Barré, quizás la persona que más influyó, a todos los niveles, en la vida y obra del Señor De La Salle desde que este se lanzara a la fascinante aventura de promover escuelas y formar comunidades de maestros.

Pero a la sombra de Barré, y como instrumentos materiales más directos, habría que colocar asimismo, sin duda, a Nicolás Roland y, cómo no, a Adrián Nyel, que fueron quienes, a través de su contacto personal con el Señor De La Salle, fueron abriendo un camino que ellos mismos habían recorrido apoyados en parte en Barré, como más tarde este mismo se encargaría de desbrozar e iluminar para el fundador de los lasalianos. Roland quizás influyera más en aspectos espirituales, aunque lo escolar no le era en absoluto ajeno, mientras que Nyel tuvo probablemente más influencia en aspectos directamente relacionados con el desempeño escolar y la organización de las escuelas para pobres.

Junto a estos precursores cercanos, no debemos olvidar otros más lejanos, en el tiempo o en la geografía, que dejarían también, de alguna manera, su impronta en el campo de la educación y la pedagogía. Sin que podamos establecer siempre con precisión los caminos por los que su influencia llegó a los lasalianos primitivos, aunque solo sea por prudencia no podemos dejarlos de lado.

A todos estos precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y su obra dedicaremos los próximas entregas de nuestra serie de escritos para Inter nos. Al principio a los precursores remotos, para centrarnos más adelante en los precursores próximos.

Confiemos en que nuestros textos sean del agrado de los lectores. ¡Gracias desde ahora mismo por vuestra atención y vuestra benevolencia!

Hermano Josean Villalabeitia


jueves, 28 de noviembre de 2013

La carta de Parmenia


Es un documento nacido hacia el final de la vida del Fundador, que sirvió para resolver la crisis provocada por la retirada de Juan Bautista hacia el sureste de Francia, intentando escapar de las dificultades que asediaban a su Instituto por el norte.

El origen de toda esta peripecia histórica podría situarse hacia febrero de 1712, aunque la cosa se gestaba desde tiempo atrás. La Sociedad de las Escuelas Cristianas se halla por entonces sometida a una serie de fuertes tensiones: juicios que prometen sentencias poco favorables, eclesiásticos que tienen un ascendiente notable  –no siempre beneficioso-  sobre algunos Hermanos, división interna, críticas contra el Superior...

De La Salle se considera culpable directo de todo ello, piensa que su persona está influyendo muy negativamente sobre los acontecimientos que amenazan al Instituto, y tal vez hasta llegue a considerar que, después de más de treinta años de duros esfuerzos, sacrificios, renuncias, opciones, convencido de que Dios mismo era quien se los solicitaba, todo lo que ha emprendido y ayudado a desarrollar estaba equivocado y le hubiera resultado más provechoso dedicarse a otros menesteres. El caso es que, seguramente como vía de solución para las dificultades, decide quitarse de en medio: deja París y se va hacia el sur de Francia  -otras tierras, otros Hermanos-, dejando de hecho abandonadas en manos de los Hermanos sus responsabilidades de Superior, sobre todo en el norte del país, que es donde se situaba gran parte de las comunidades de Hermanos y, desde luego, todas las más antiguas[1].

Probablemente se ha exagerado un tanto esta huida de Juan Bautista; visitó ciertamente comunidades de Hermanos, vivió en ellas y los demás superiores de la Sociedad siempre supieron dónde localizarle. Pero sí es cierto que pretendió alejarse del núcleo del torbellino y, sobre todo, que entró en una crisis  personal  y  espiritual  impresionante.  Los  biógrafos  dicen  que  fue  el encuentro con una santa mujer, que encontró casi por casualidad en un santuario del sudeste de Francia, cuando se recuperaba de un achaque de salud, el que comenzó a despejar las tinieblas que poblaban el interior del ex canónigo remense[2]. Pero, en realidad, el punto de inflexión determinante vino a provocarlo una misiva que le dirigieron a Juan Bautista algunos Hermanos directores de la región parisina, preocupados por el cariz que estaban tomando los acontecimientos y por la cada vez más prolongada ausencia de su superior mayor.

El texto de dicha carta, escrita el día de Pascua de 1714, es el siguiente: "Señor, nuestro querido padre: Nosotros, principales Hermanos de las Escuelas Cristianas, deseando la mayor gloria de Dios y el mayor bien de la Iglesia y de nuestra Sociedad, reconocemos que es de capital importancia que vuelva a encargarse de la dirección general de la obra santa de Dios, que es también la suya, ya que plugo al Señor servirse de usted para fundarla y guiarla desde hace tanto tiempo. Todos estamos convencidos de que Dios le ha dado y le da las gracias y los talentos necesarios para gobernar bien esta nueva compañía, que es tan útil a la Iglesia; y con justicia rendimos testimonio de que usted la ha guiado siempre con gran éxito y edificación. Por todo ello, señor, le rogamos muy humildemente y le ordenamos, en nombre y de parte del Cuerpo de la Sociedad, al que usted prometió obediencia, que vuelva a asumir de inmediato el gobierno general de nuestra Sociedad[3]. En fe de lo cual lo hemos firmado. Hecho en París este primero de abril de 1714, y nos reiteramos, muy respetuosamente, señor nuestro muy querido, sus muy humildes y muy obedientes inferiores"[4].

De nuevo en un momento de profunda crisis en el Instituto, con un muy serio peligro de cisma interno, el único noviciado en horas muy bajas y algunos eclesiásticos intentando modificar las Reglas y controlar la Sociedad con el aparente beneplácito de no pocos Hermanos, la fórmula de consagración de 1694 va a aportar luz y energía suficientes para salir del túnel. Ni qué decir tiene que De La Salle no se lo pensó dos veces: hizo caso a lo que sus Hermanos le solicitaban y en poco tiempo  se  presentó  de  nuevo  en  París  para ponerse a su disposición. Se superaba de esta manera la que se considera probablemente como la crisis más grave que sufrió el Instituto en vida del Fundador[5].

Subrayemos también, de paso, que el aparente abandono en que Juan Bautista deja a los Hermanos del Norte sirve, dentro de lo malo, para que algunos Hermanos con responsabilidades de gobierno tomen la situación en sus manos, comiencen bien que mal a tomar decisiones y adquieran en poco tiempo una experiencia intensa de gobierno, que en sus puestos anteriores no tenían y sólo los momentos de dificultad conceden con acelerada rapidez. De hecho, el Hermano Bartolomé, a quien le tocó hacer de Superior en los momentos de ausencia de Juan Bautista, tuvo que actuar con tres o cuatro años de antelación casi como el Superior General que posteriormente, a partir de su elección en la asamblea de 1717, fue. Son algunos efectos positivos de la crisis, cuya importancia de cara al desarrollo de la Sociedad de las Escuelas Cristianas no se debe menospreciar.

Pero centrémonos en la carta. Los biógrafos primitivos subrayan el espíritu de obediencia de que dio muestra el Señor de La Salle accediendo a lo que solicitaban sus Hermanos[6]. Sería un tema de discusión interesante para los canonistas saber hasta qué punto tres Hermanos directores y algún Hermano más[7] podían constituirse en ‘Cuerpo’ del Instituto y dar órdenes válidas a su Superior mayor. Pero no es este el punto que nos interesa: los primeros biógrafos tienen la permanente tentación de construir una imagen ideal de la persona, convirtiéndola en un personaje, en un modelo para imitar, de hacer hagiografía, en suma; y en este suceso la obediencia se presta bien a ello. Sin embargo a nosotros, hoy en día, el escrito nos sugiere otras reflexiones.

Si nos fijamos en la evolución que se ha producido en el interior del Instituto, por ejemplo, la carta es interesante, sobre todo, porque muestra con cierta claridad hasta qué punto los Hermanos, o al menos algunos de sus responsables, habían asimilado los valores fundamentales de la Sociedad. Cuentan los biógrafos que De La Salle se sintió muy sorprendido al recibir la misiva, hasta el punto de llegar a dudar de su autenticidad: "Si no hubiera reconocido la escritura de los Hermanos que la habían firmado, habría podido sospechar de ella"[8]. No se lo podía creer, quizás porque no creía a sus humildes Hermanos capaces de dar órdenes tajantes a un sacerdote, que además era su superior. También le sorprenderían lo suyo  -gratamente, por supuesto-  las muestras de cercanía y cariño de que le hacían objeto sus Hermanos, y las alabanzas de su gestión que la carta portaba. El hecho mismo de que le llegase el mensaje, de que sus Hermanos, que él pensaba alejados de su persona y más bien hostiles, contrarios a su gestión, se acordasen de él, lo reclamasen para que volviera a París, en las circunstancias concretas en que su pseudofuga se había producido, no podía de ninguna manera dejar indiferente al Fundador, por muy frío que fuese desde el punto de vista afectivo[9].

Porque la carta es un auténtico reconocimiento por parte de los Hermanos de la importancia que la presencia de Juan Bautista al frente del Instituto tenía para el buen funcionamiento del mismo. Los autoproclamados “principales Hermanos de las Escuelas Cristianas”[10] vuelven a asociar, en un único movimiento, “la mayor gloria de Dios, el mayor bien de la Iglesia y de nuestra Sociedad”, de manera similar a como lo hacían en la profesión de 1694. Como la misma carta indica, los Hermanos están convencidos de que la obra del Fundador, es decir, el Instituto, es “la obra santa de Dios” y, en la línea de las reglas personales del Fundador, consideran que “plugo al Señor servirse de usted [Juan Bautista] para fundarla y guiarla desde hace tanto tiempo”. Los Hermanos, por tanto, están ya muy convencidos de que trabajan directamente en la obra de Dios. Es más, despliegan a la vista del Fundador el mecanismo por el que Dios implanta su obra entre los hombres: eligiendo y llamando al que hoy es su Superior desaparecido de escena, para que se encargue de poner en marcha y conducir esa obra divina. El señor De La Salle, en consecuencia, es el instrumento concreto del que “Dios se sirve”, mediante el que Dios actúa en el mundo, y las escuelas son su obra concreta.

Después de este reconocimiento, que no es tan nuevo, pues recoge, con otros términos, los mismos planteamientos de la fórmula de consagración de 1694, sí que afirman una novedad importante. Dios no solo llama y elige; da, además, las gracias necesarias para llevar adelante con éxito el ministerio encomendado. En el caso de la carta al Fundador, se dice explícitamente: “Todos estamos convencidos de que Dios le ha dado y le da las gracias y los talentos necesarios para gobernar bien esta nueva compañía, que es tan útil a la Iglesia”. Así pues, además de elegir y llamar, Dios prepara a su instrumento, de manera que, al modo de la más pura tradición bíblica, nunca pueda decir [11]. A aquel ex canónigo rico que tanto tuvo que luchar, y a tantas incomprensiones y malentendidos tuvo que hacer frente, para poder seguir adelante por el camino que Dios parecía proponerle, estas palabras tenían que llegarle directas al corazón. Porque le estaban recordando los misteriosos caminos de su consagración, en términos muy parecidos a los que él mismo utilizaba en otra época, por los días del Memorial sobre los orígenes. Todos los elementos clave de la consagración, tal como el Fundador los expresaba allá  -llamada, obra de Dios, instrumento, gracias necesarias, escuelas- estaban presentes en la carta. Era evidente que habían pasado desde él mismo, Juan Bautista, a sus Hermanos, y ahora éstos se los devolvían para suscitar en su interior una enésima conversión y hacerle cambiar de actitud. La experiencia de la consagración para las escuelas cristianas, con la coloración y matices propios de la vivencia irrepetible del Fundador, había quedado bien grabada en su Instituto, y ahora la encontraba plasmada, con todos sus ingredientes, en el escrito que sus Hermanos le hacían llegar.
  
Pero, sin duda, la carta indicaba otras cosas importantes no ya solo para la peripecia vital del señor De La Salle, sino para la de todos los Hermanos de las Escuelas Cristianas también. Porque, para empezar, dejaba claro que el espíritu fundamental del Instituto[12], que podríamos considerar resumido en la fórmula de votos, estaba calando profundamente en los Hermanos. En concreto, los Hermanos mostraban que comprendían perfectamente el sentido profundo del Instituto; se sentían un cuerpo vivo, responsable, consciente de su origen carismático y de su historia pasada, presente y futura, que, viéndose en peligro, acude a los medios de defensa que la tradición institucional pone a su alcance.

Esta es, seguramente, la razón fundamental por la que en las últimas líneas de texto se abandona el tono amable, y hasta levemente adulador por momentos, que el mensaje había tenido hasta entonces para volverse una conminación legal inapelable: “Le ordenamos, en nombre y de parte del Cuerpo de la Sociedad, al que usted prometió obediencia, que vuelva a asumir de inmediato el gobierno general de nuestra Sociedad”. Ya no hay bromas: se trata del voto hecho al Dios que lo eligió y de la promesa hecha a sus compañeros de institución. Tal vez nunca había tenido ocasión de comprobarlo, pero esta vez estaba claro que sus Hermanos comprendían perfectamente cuál era la empresa a la que Dios los había convocado, que la Sociedad de las Escuelas Cristianas disponía en su interior de los dinamismos y recursos necesarios para asegurar su existencia y el cumplimiento de sus objetivos fundamentales. Sin duda De La Salle comprendió complacido que, precisamente porque sus discípulos lo llamaron, teniendo en cuenta las razones en las que fundamentaban su llamada, su presencia al frente de la Sociedad ya no era indispensable. Los Hermanos podían perfectamente dirigirla sin él.

Y así sucedió. Porque, tras su regreso a París, las cosas ya no volvieron a ser como antes. En teoría Juan Bautista continuaba siendo el Superior, pero de hecho compartía responsabilidades con el Hermano Bartolomé, que era quien lo había sustituido al frente de la Sociedad durante la ausencia del titular. No se había tratado de nada oficial; había sido, más bien, una reacción espontánea de los Hermanos, orientada por el puesto en que De La Salle había colocado al Hermano Bartolomé: maestro de novicios de la región norte. Poco después, el domingo de Pentecostés de 1717, de acuerdo con la tradición de la Sociedad, dieciséis Hermanos directores se reunieron en San Yon (Ruán) y, en ausencia del Fundador, expresamente solicitada por él mismo, eligieron al Hermano Bartolomé como Superior General del Instituto. El resultado de la votación, para qué decirlo, no ofreció sorpresa alguna. En adelante, la tradición de los Hermanos hará una distinción histórica de roles verdaderamente significativa: si Juan Bautista De La Salle es el Padre y Fundador del Instituto, sólo el Hermano Bartolomé será considerado como el primer Superior General[13]; se entiende así que la situación de gobierno anterior a su elección como tal formaba parte de las circunstancias excepcionales propias del tiempo de fundación. Al actuar así, la Sociedad de las Escuelas Cristianas se ha mostrado escrupulosamente fiel a aquellos principios fundacionales que dejaron firmados en el acta de 1694.

                                                                 Hermano Josean Villalabeitia




[1] Descripción, detalles y análisis de todas estas cuestiones en Bédel H., Orígenes: 1651-1726, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Roma 1998, pp. 149-155; Gallego S., San Juan Bautista De La Salle I. Biografía, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1986, pp. 471-514; Villalabeitia J., ¿Qué pasó en Parmenia?, en Unánimes 158 (2002) 5-16. Un excelente comentario de la carta, a cargo del Hermano Michel Sauvage, puede hallarse en Burkhard L. – Sauvage M., Parménie. La crise de Jean-Baptiste De La Salle et de son Institut (1712-1714) (Cahiers Lasalliens 57), Maison Saint Jean-Baptiste De La Salle, Roma 1994.
[2] Esta mujer, con fama de santidad, era conocida como ‘Sor Luisa’, y residía en la colina de Parmenia, cerca de Grenoble, en Francia. Cf. Gallego S., o. c., pp. 507-508.
[3] En la vida del Hermano Bartolomé que escribió como anexo a su biografía del Fundador,  Juan Bautista Blain indica que la carta que recibió De La Salle en Parmenia sólo le pedía que volviese a París; cf. CL 8, Abregé de la vie du frère Barthelemi..., p. 19. Esto explicaría el saludo del Fundador a su llegada a la comunidad parisina de la calle Barouillère: “Heme aquí ¿Qué desean de mí?”; Blain J.-B., Cahiers lasalliens 8 (CL 8), Maison Saint Jean-Baptiste De La Salle, Roma 1961, p. 120.
[4] La carta la transcriben los dos biógrafos primitivos del Fundador que narran estos hechos. Detalles en Gallego S., o. c., p. 512, nota 70. Descripción de la crisis y análisis interesante de la carta en Bédel H., o. c., pp. 149-159.
[5] Leyendo los últimos capítulos del tercer libro de Blain, uno tiene la sensación de que el biógrafo, amigo del Señor de La Salle, al que conoció en los últimos años de su vida, intentó obtener de él alguna valoración personal de los sucesos que concluyeron con la carta de Parmenia. Todo parece indicar, sin embargo, que Juan Bautista siempre se negó a manifestar comentarios al respecto... Cf. Blain J.-B., CL 8, pp. 121ss.
[6] Maillefer F. E., La vie de M. Jean-Baptiste De La Salle, prêtre, docteur en théologie, ancien chanoine de la cathédrale de Reims, et instituteur des Frères des Écoles Chrétiennes (Cahiers lasalliens 6), Maison Saint Jean-Baptiste De La Salle, Roma 1966, p. 227; Blain J.-B., CL 8, p. 119.
[7] "Para los biógrafos, los reunidos son los principales Hermanos de París, Versalles y San Denis; […] Entre las tres comunidades sumaban dieciocho Hermanos: los que ya habían profesado perpetuamente podrían ser de seis a diez. Ellos firmaban la carta". Gallego S., o. c., 512-513. Cf., en esas páginas, notas 71, 72 y 73.
[8] Blain J.-B., CL 8, p. 119.
[9] El Hermano Alphonse Daniel Marcel estudió los rasgos caracteriológicos de la personalidad del Fundador, tal como aparecen en sus biografías y escritos personales, llegando a la conclusión de que se trataba de un apasionado, es decir, de una persona emotiva, activa y secundaria, con una particular acentuación de este última rasgo. Por consiguiente, la aparente frialdad con la que se comportaba en público no hay que interpretarla, de ningún modo, como que Juan Bautista fuera insensible a ciertos gestos de aprecio y cariño hacia su persona; eso sí, hacía serios esfuerzos por que sus reacciones afectivas no aflorasen al exterior; cf. À l’école de Saint Jean-Baptiste De La Salle, Ligel, París 1952, pp. 41-59.
[10] Todas las referencias de los párrafos siguientes a la carta de Parmenia se pueden confrontar con el texto completo de la carta que se ofrece en las páginas 109-110.
[11] Jr 1,6.
[12] La palabra ‘Instituto’ no aparece nunca en la carta, que emplea preferentemente el término ‘Sociedad’  -una vez el de ‘compañía’-  para hablar de los Hermanos.
[13] El Hermano Bédel H lo comenta, citando al historiador del Instituto Georges Rigault; cf. o. c., p. 165.