La Salle es hoy intensamente internacional. Los lasalianos se extienden por 85 países de los cinco continentes. Si concretamos un poquito las cifras, nos saldrían en la actualidad unos 4000 Hermanos, 85.000 seglares (profesores, no docentes, colaboradores varios...) y más de un millón de alumnos y alumnas. Casi nada...
A estas cifras habría que añadir los antiguos alumnos que se sienten orgullosos de haber conocido a La Salle y tratan de seguir en contacto con sus obras, los padres de familia que consideran un auténtico privilegio educar a sus hijos en centros "La Salle", y tantas personas más, de toda clase y condición, que admiran la obra de los lasalianos y se dejan guiar por las enseñanzas espirituales de su fundador, san Juan Bautista De La Salle.
En esta página web tienes información de los países donde existen comunidades y centros La Salle, reunidos en las respectivas regiones lasalianas, con nítidos mapas y la posibilidad de conocer al detalle las localidades y direcciones concretas en las que se ubican.
Este informe, por su parte, aporta las estadísticas más recientes que se han publicado (de diciembre de 2013) sobre Hermanos, comunidades, novicios, escuelas y colegios, profesores lasalianos, alumnos... Todo ello clasificado por países y regiones lasalianas. Además, al final se incluyen unos muy interesantes y agradables gráficos estadísticos para comprenderlo todo más fácilmente y mejor.
Un auténtico lujazo de información lasaliana, fácilmente asequible a todo aquel que esté interesado en ella.
martes, 24 de marzo de 2015
lunes, 16 de marzo de 2015
La Salle en el norte de Togo (África)
- Su presencia ronda ya el medio siglo
- Trabaja en todos los campos de la educación escolar
- Destaca el innovador Centro de Formación Rural de Tami
La presencia de los Hermanos de La Salle en el norte de Togo (África Occidental), más en concreto en la Diócesis de Dapaong, va camino de cumplir medio siglo ya.
Fieles al carisma de su Fundador, la actividad lasaliana se ha circunscrito a tareas de educación en diversos ámbitos. En este momento, su presencia abarca todos los campos de la educación escolar, desde la educación primaria -de hecho, los Hermanos son los responsables de la animación pedagógica de todas las escuelas diocesanas- hasta la educación secundaria, materializada en la dirección de los Colegios "Saint-Athanase" y "La Salle", ambos en Dapaong.
Fuera de la capital, aunque no demasiado lejos de ella, los Hermanos de La Salle animan, desde su fundación, a principios de los años setenta de siglo pasado, el Centro de Formación Rural de Tami (CFRT), un proyecto muy original de formación rural, no solo en asuntos de agricultura y ganadería, sino intentando abarcar todos los aspectos de la vida campesina, en aquella región tan abandonada de los políticos, que no de Dios. De ahí el compromiso de los Hermanos y de tantos lasalianos de todo origen y condición, en el CFRT.
El siguiente vídeo, titulado "Tami, un milagro hecho realidad", cuenta lo que es el CFRT, su origen, sus objetivos y su peculiar manera de actuar. Se trata de un reportaje de gran calidad visual, lleno de imágenes sugerentes, con las opiniones de los hermanos comprometidos en su animación. Lo podéis ver AQUÍ.
Como complemento indispensable, este interesante libro sobre el CFRT.
lunes, 9 de marzo de 2015
La estrecha conexión Barré-De La Salle
Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (15)
Pero
es que, además, en la propuesta del Padre Barré estaba también el que Juan
Bautista renunciara a todos sus bienes, incluida “su prebenda de canónigo, para
que se pudiera entregar por entero, sin división, a una obra que le reclamaba
por completo, y ofrecer en su persona el modelo de una renuncia total y de un
abandono perfecto”, según indica Blain; es más: Barré pensaba que “no atraería
la gracia sobre los suyos sino cuando les hubiera dado ese ejemplo”. Además,
esos ingentes bienes a los que se le invitaba a renunciar, no debía utilizarlos
para garantizar la existencia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, cuya
institución estaba a punto de nacer en aquellos precisos momentos. Asegurar la
existencia material de una criatura tan frágil era lo que la prudencia más
elemental reclamaba, pero el santo Mínimo invitaba a De La Salle a confiar en que su
obra nacía por voluntad de la
Providencia y, como consecuencia, en buena lógica espiritual,
a ella le tocaba otorgar a la fundación lasaliana un futuro luminoso: “Un
hombre que no quería más fondos para las Escuelas Cristianas que la divina
Providencia, no podía aprobar dedicar los bienes a la fundación de las
escuelas. Pensaba que, de todo tipo de fondo, el mejor y más seguro era el
abandono a los cuidados del Padre celestial, y que las Escuelas Cristianas se
arruinarían si las dotaba de fondos”.
El
Padre Barré y Juan Bautista De La
Salle no se frecuentaron demasiado, es verdad, pero la huella
que la espiritualidad del fraile Mínimo dejó en el canónigo remense tuvo que
ser muy intensa. No lo afirmamos porque Juan Bautista lo haya consignado
expresamente en algún sitio, que no es así, sino por las decisiones que De La Salle fue adoptando en
adelante, y mantuvo hasta el final de su vida. De hecho, la fundación lasaliana
fue la única que mantuvo los criterios de Barré hasta la muerte de su fundador;
luego, como resulta inevitable, también comenzó a evolucionar... Y es que ni
las dos congregaciones de maestras de Barré, ni la de Roland, admitieron vivir sin
garantías financieras que asegurasen su subsistencia material, y sin patentes
reales que oficializaran de alguna manera su existencia en la sociedad de la
época. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en cambio, sí lo hicieron, y
solo comenzaron el proceso de solicitud de tales patentes tras el fallecimiento
de su fundador[1].
De
La Salle
aplicaría a pies juntillas lo que el santo Mínimo le propuso. Por un lado, la
primera invitación fue a vivir con los maestros y como ellos, a guiarlos desde
dentro, siendo uno más en su fraternidad. El Padre Barré, por su condición de
fraile obligado a vivir en comunidad, nunca pudo practicar en carne propia este
consejo; pero De La Salle ,
sacerdote diocesano sin más obligación concreta que la canonjía, sí que podía
hacerlo. De La Salle
aplicó el consejo trayendo primero a los maestros a su casa, y yéndose más
tarde a vivir con ellos en una casa alquilada.

De
La Salle nos ha
dejado testimonio explícito de cuánto le costó cumplir todas y cada una de las
indicaciones del Padre Barré[2],
pero, de hecho, las puso en práctica sin tardar demasiado. Y aquí se puede,
quizás, descubrir una de las claves del éxito de la fundación de la comunidad
lasaliana de maestros, en la que Barré, como tantos otros, había fracasado
hasta en dos ocasiones: el que los maestros lasalianos tuvieran desde el
principio a alguien de elevada categoría espiritual que vivía como ellos y era
uno de ellos, pero que, no obstante, tenía la formación y el criterio
suficientes como para orientarlos de cerca con acierto por el camino de la vida
interior y el compromiso apostólico escolar.
Ciertamente
De La Salle fue
un destacado discípulo del Padre Barré, en el ámbito espiritual y en el
escolar. Pero, en concreto, ¿qué tomó de él, aparte de su ejemplo y sus
consejos? Difícil de responder con detalle...
De
fundar escuelas y surtirlas de maestros, De La Salle pasa rápidamente a reunirlos en comunidad e
intentar organizar un poco su vida de oración y su cualificación profesional. Y
al poco de comenzar a vivir con los maestros, por otra parte, De La Salle materializa su idea de
constituir un seminario de maestros para las escuelas rurales. ¿De dónde le
llegaron a De La Salle
estas ideas, tan peculiares en aquellas fechas?
Porque
eran ideas de las que Juan Bautista estaba muy convencido; el marco comunitario
para los maestros lo fue apuntalando con cuidado durante toda su vida, y el
seminario para maestros rurales constituyó un proyecto que, como a Barré, nunca
terminó de resultarle bien, aunque Juan Bautista insistió en su fundación en
varias ocasiones a lo largo de su existencia. Así las cosas, nada tendría de
extraño suponer que, a la hora de pensar soluciones e imaginar actuaciones
concretas, De La Salle
se inspiró, de manera más o menos lejana, en cuanto había hecho, o intentado
hacer, Nicolás Barré con sus maestras y maestros. Y a partir de una idea
inicial iría, más tarde, delineando su propio camino, por supuesto.
Como
hemos indicado más arriba, a Rigault no le quedan dudas a este respecto, hasta
llegar a colocar un reconocimiento explícito de los hechos en boca del propio
Juan Bautista. Lo que no dice el historiador lasaliano es de dónde extrae una
convicción tan firme, aunque, ciertamente, la coherencia de toda la historia no
está en absoluto reñida con constataciones de ese estilo.
Hermano Josean Villalabeitia
[1] En
realidad a De La Salle
le pasó, al menos en parte, lo mismo que a su consejero espiritual. Porque a la
muerte del Padre Barré, los responsables de los Mínimos que se hicieron cargo
de las maestras de Ruan y París pudieron, al fin, asegurar el sostenimiento
financiero de tales instituciones por el que tanto suspiraban, y solicitaron su
reconocimiento oficial. A ambas decisiones se había opuesto expresamente Barré
en vida, suscitando una agria polémica en el interior de su Orden. De La Salle tuvo que conocer, sin
duda, esas decisiones y, sin embargo, no cambió de ruta. En este criterio él sí
que se mantuvo fiel a los criterios de su maestro Barré. Roland, por su parte, nunca
siguió en este asunto al Padre Barré, su inspirador. De hecho, desde un
principio decidió poner su fortuna personal al servicio de la fundación de las
Hermanas del Niño Jesús y, antes de morir, encomendó a su amigo De La Salle las gestiones para
obtener la patente real para sus Hermanas, cuyas primeras gestiones Roland
había ya iniciado personalmente cerca de sus amigos poderosos.
[2] Es el
llamado Memorial de los orígenes. En
él también se recogen los razonamientos que nuestro canónigo remense se planteó
ante la posibilidad de abandonar su canonjía para dedicarse a las escuelas;
desde el punto de vista meramente intelectual, esto parece que lo tuvo más
claro casi desde el principio.
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Ruan
lunes, 2 de marzo de 2015
¡Oh, buen Jesús!
Una poesía lasaliana de autor controvertido
Las estrofas del “¡Oh, buen
Jesús!” han sido entonadas durante muchos años por el pueblo fiel de habla
hispana, pues fue un canto muy popular y muy extendido por nuestras iglesias
españolas y latinoamericanas. Seguro que, aún hoy, se sigue interpretando de
vez en cuando en más de una.
Según se afirma en distintos
lugares desde hace mucho tiempo, el autor de la letra de tan bello himno sería
el santo Hermano Miguel Febres Cordero, aunque las opiniones no se muestran del todo unánimes
a la hora de atribuirle su autoría. ¿Qué podemos decir?
La hermosa poesía “Actos para
antes de la comunión”, título original de la letra del mencionado canto, es de
origen indiscutiblemente lasaliano, aunque su atribución al Hermano Miguel
pueda ponerse razonablemente en cuestión. Al menos su autoría no debería
sostenerse de modo tan terminante como propone el bello libro “Cartas y poesías
del Hermano Miguel”, que los Hermanos del Ecuador publicaron con ocasión del centenario
de la muerte del Santo Hermano[1].
De hecho, distintos indicios y
testimonios muy sólidos de algunos conocidos suyos atribuyen la autoría del
poema al Hermano Valeriano León, también conocido como Hermano Valeriano
Benildo[2]
(Juan Sáez Montalbo), nacido en 1879 en Tarancón (Cuenca) -que, como hijo insigne del pueblo, le ha
dedicado recientemente una calle, del mismo modo que hicieran algunos años
antes en Jerez- y fallecido en Griñón,
en 1958. El Hermano Valeriano León fue durante veinte años catequista en el
noviciado de Bujedo, donde también él mismo se había formado, cuando el
monasterio premostratense acababa apenas de pasar a manos de los hijos de De La
Salle. Nuestro Hermano dirigió asimismo, en su momento, la Editorial Bruño, en
Madrid, y una comunidad de Hermanos estudiantes en Zaragoza, a más de su larga
presencia en Jerez, entre otros destinos. También se encargó, durante bastante
tiempo, de llevar adelante las causas de beatificación de los Hermanos mártires
del antiguo Distrito de Madrid. De la afición y buen hacer literarios del
Hermano Valeriano, además de sus poesías[3],
habla la cuarentena de cuentos catequísticos que llegó a publicar en la revista
“Vida y luz”. A veces firmó sus obras mediante seudónimos, como “León” o
“Noel”.
La “Colección de cánticos
sagrados” en español, de la que el poema “Actos para antes de la comunión” forma
parte desde sus orígenes, fue reunida hacia 1904 por el Hermano belga
Bethervien Léon (1862-1943), que al parecer puso también música a bastantes de
ellos. El libro recogía un amplio abanico de canciones piadosas: no pocas de
ellas nacidas del genio poético y musical de distintos Hermanos; otras
procedían de autores de fuera del Instituto y el resto eran, más que nada, cantos
tradicionales y latinos, casi siempre de autor desconocido.
A causa de los criterios para
publicar sus obras que han utilizado los Hermanos de La Salle hasta bien
entrado el siglo XX, no sabemos quiénes fueron los Hermanos que compusieron
esos cánticos lasalianos, pues todas sus obras han llegado a nosotros de forma completamente
anónima; no así otras, que sí indican con claridad el nombre de su autor o
autores, como hemos comentado más arriba. Sí que se podrían especificar algunos
nombres de Hermanos que participaron en los trabajos de composición del libro,
aunque sin poder precisar casi nada de sus aportaciones concretas. Es el caso
de los tres Hermanos que se citan en el presente artículo.
Por ejemplo, en la edición de
1913 del libro “Colección de cánticos religiosos” todos los cantos lasalianos
van firmados por “H*”, asterisco incluido. En la de 1941 –con nihil
obstat de 1930– el canto “Actos para
antes de la comunión”[4]
aparece firmado dos veces por “H. E. C.”: una debajo del título, al que seguirá
la partitura, y la otra al final del texto escrito, sin música, que sigue a los
pentagramas iniciales. Al principio de esta última edición[5]
se puede leer lo siguiente: “Hay en la Colección más de sesenta composiciones
musicales completamente inéditas y expresamente compuestas para ser en ella
publicadas. Otro tanto decimos de no pocas de las literarias, que son la mayor
parte de las firmadas por H. E. C.” No
hace falta ser demasiado imaginativo para suponer que tras esas iniciales podría
esconderse la expresión “Hermanos de las Escuelas Cristianas”, sin afinar más
la identidad del autor. En ediciones posteriores del mismo libro se verán
cantos firmados por “H. E. C.”, u otras iniciales comenzadas por “H.” o “H*”,
además de cantos latinos o tradicionales, y de otros autores, letra y música, que
se citan con la inicial de su nombre y apellido completo, además de indicar si
es presbítero o de una congregación religiosa particular. La composición de “Actos
para después de la comunión”, en concreto, se atribuirá siempre a “H. E. C.”, sin
que en ningún lugar de las obras se explique cómo han de interpretarse todos
esos signos y letras. Por otra parte, en el libro “Devocionario de la juventud,
seguido de una colección de cantos”, publicado por Bruño en 1931, aparece
asimismo nuestro canto con el título “Para antes de la comunión”, firmado por
“H. E. C”[6].
En definitiva, a partir de las indicaciones de las publicaciones donde fue
editado, nada podemos saber sobre la identidad del autor de la letra del canto.
A este respecto, es conocido que
al propio Hermano Miguel se le asignó alguna vez el seudónimo “G. M. Bruño”,
presunto autor permanente, durante mucho tiempo, de todos los libros lasalianos
en español. En realidad, como es bien sabido, dicho seudónimo escondía el nombre,
adaptado libremente a la fonética española, del Hermano Gabriel Marie Brunhes, gran
matemático y Superior General del Instituto cuando echaron a andar las primeras
publicaciones escolares lasalianas en España. De hecho, los Hermanos decidieron
en 1909 que, a partir de esa fecha, todos sus libros llevasen como razón social
común “G. M. Bruño”, aunque todavía faltasen varios años para que la Editorial
Bruño quedara oficialmente constituida como tal. Para los no enterados, sin
embargo, de acuerdo con el número ingente de sus publicaciones -y según el chascarrillo bien conocido en
ámbitos lasalianos-, el tal G. M. Bruño no
podía menos que ser un escritor extraordinariamente prolífico...
No ha llegado a nosotros ninguna
copia manuscrita o mecanografiada del poema “Actos para antes de la comunión”,
previa o posterior a su publicación en “Cánticos religiosos”, que lleve la
firma de ninguno de los dos Hermanos en cuestión. Tampoco disponemos de otras
fuentes escritas de la época que confirmen nada, en uno u otro sentido. De ahí el
interés de los testimonios personales, en los que se basa tanto el citado libro
de los Hermanos ecuatorianos para atribuírsela al Hermano Miguel como nosotros,
aquí mismo, para apuntar que su autoría podría corresponder al Hermano
Valeriano León. Pero a partir de estos testimonios contradictorios, y sin más
datos concluyentes, nada se puede deducir de forma demasiado definitiva. Sin
pretender suscitar controversias estériles, y mucho menos hirientes, quede
sencillamente constancia de esas dudas en la autoría del poema, nada gratuitas
por otra parte...
Lo mejor de todo tal vez sea que “¡Oh,
buen Jesús!” es un texto indiscutiblemente lasaliano, como, incluso, su
división en actos y el tenor de los mismos estarían sugiriendo. En línea con
los escritos de nuestro santo Padre y Fundador, podría añadirse que se trata de
un canto que ha tocado el corazón[7]
del pueblo cristiano durante varias generaciones, y a buen seguro que lo ha
hecho con fruto generoso. ¡Gracias sean dadas al Dios del cielo que reparte
estos dones entre sus hijos y se sirve de ellos para extender y fortalecer la
fe cristiana por el mundo!
Hermano Josean Villalabeitia
[1]
Hermanos Guillermo Pérez Pazmiño y Edwin Arteaga Tobón, Cartas y poesías del Hermano Miguel,
Hermanos de las Escuelas Cristianas, Quito 2011; cf. páginas 314-315. Los
Hermanos ecuatorianos acaban de publicar una segunda edición, “aumentada y
corregida”, en 2014.
[2]
El Hermano Valeriano resultó curado de manera milagrosa por mediación del
Hermano Benildo. De hecho, este hecho fue oficialmente reconocido como milagro
para la beatificación del Santo Hermano. Por este motivo, el Hermano Valeriano
solicitó y obtuvo de sus superiores el que se reemplazase su segundo nombre en
el Instituto por el de Benildo. Por ello, si al principio se llamaba Hermano
Valeriano León, a partir de 1931 aproximadamente comenzó a conocérsele como
Hermano Valeriano Benildo.
[3]
Hasta 114 poemas y letras de canciones habría escrito el Hermano Valeriano
León, según testimonio de un Hermano que conoce bien su obra.
[4] Canto número 83, pp. 116-117.
[5] Página 7.
[6] Se trata del canto número 12, de
una selección de 32, no todos tomados de la “Colección de cánticos sagrados”,
ya conocida para aquel momento; cf. pp 316-317. Es de señalar que en las
ediciones de 1904 y 1908 de citado devocionario lasaliano no aparece nuestro
canto.
[7]
Cf. Meditaciones para los domingos,
MD 43,3,2.
Actos para antes de
la comunión
Acto de fe
¡Oh buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar.
Acto de humildad
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa comunión;
Jesús, que ves mi nada y mi pecado,
prepara tú mi pobre corazón.
Acto de contrición
Pequé, Señor: ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad.
Contrito ya, perdón, Señor, te pido;
eres mi Dios, apelo a tu bondad.
Acto de esperanza
Espero en ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz, que dice: «Ven a mí».
Porque eres fiel, por eso en ti confío;
todo, Señor, espérolo de Ti.
Acto de amor
¡Oh buen Jesús, amable y fino amante!
Mi corazón se abrasa en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que, constante,
he de vivir tan solo de tu amor.
Acto de deseo
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud del que te come bien,
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida;
desciende a mí, hasta mi pecho ven.
http://www.lasalle.es/images/stories/Documentos/Boletin%20ARLEP/Boletin%20ARLEP%20271/Creacion%20Lasaliana.pdf
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