La
visión que nuestro santo Fundador manifiesta acerca del juego en sus escritos es,
cuando menos, sorprendente. Y es que, en palabras de Michel Fiévet, “la
descripción de las reglas a las que atenerse cuando se juega [que nos ofrece el
Fundador] es tan precisa que lleva incluso a creer -y esto aportaría un toque inédito a la
hagiografía oficial- que Juan Bautista
De La Salle participó de vez en cuando, al menos como espectador, en los juegos
de cartas de los niños”.
¿Y
por qué solo entre niños? ¿Por qué no admitir que el juego podía ser algo
habitual en su casa y entre sus amistades, en aquel ambiente acomodado en que
vivían los burgueses De La Salle? Cuando De La Salle inició su aventura con los
maestros, estas costumbres quedarían abandonadas por completo, pero antes, ¿por
qué no imaginarlo participando con desenfado en algunas partidas de cartas u
otros juegos? Sería esta una explicación muy convincente a la alta experiencia
y conocimiento sobre el juego que exhibe De La Salle en su libro de cortesía. Curioso
también que el santo Fundador entre en tanto detalle cuando se trata de un
libro de lectura escolar, destinado a niños más bien pequeños por tanto.
Comprobémoslo literalmente en las
propias páginas del libro lasaliano de Urbanidad
cristiana: “El juego es una diversión que a veces está permitida, pero que
hay que tomar con muchas precauciones. Es ocupación a la que se puede dedicar
algún tiempo, pero es preciso observar en él cierto comedimiento. Se requiere
mucha cautela para no dejarse llevar de alguna pasión desordenada; y se
necesita mesura para no entregarse a él por completo ni dedicarle excesivo
tiempo. Como es imposible dedicarse a él con urbanidad sin esas dos
condiciones, no puede uno permitirse jugar sin ellas. En particular, existen
dos pasiones de las que hay que procurar no dejarse llevar en el juego. La
primera es la avaricia, que es también, de ordinario, el origen de la segunda,
que es la impaciencia y el arrebato. Quienes juegan deben procurar no jugar por
avaricia, ya que el juego no se inventó para ganar dinero, sino sólo para
mitigar un poco la tensión de la mente y del cuerpo después del trabajo. Por
esto no es educado jugar fuertes

cantidades, sino sencillamente un poco de dinero,
que no pueda enriquecer al que gana, ni empobrecer al que pierde, sino que
ayude a mantener el juego y a despertar mayor interés por ganar, que es lo que
contribuye en gran medida al placer del juego. Es gran descortesía
impacientarse en el juego, cuando a uno no le salen las cosas como quisiera.
Pero mucho más vergonzoso es dejarse llevar de arrebatos y mucho más aún decir
palabrotas. En el mismo hay que comportarse de forma sensata y tranquila, para
no perturbar la diversión. Es totalmente contrario a la urbanidad engañar en el
juego, e incluso es un hurto; y si se gana, hay obligación de restituir, aun
cuando se hubiera ganado en parte por la propia habilidad. El dinero que se
gana no se debe exigir apresuradamente; pero si hay alguno que no ha puesto su
parte en el juego y ha perdido, no hay que pedírselo o exigirle que deposite en
el juego lo que debe, sino de forma educada, manifestándole tan sólo que no ha
depositado su parte en el juego, de esta manera: Al parecer, usted se ha
olvidado de apostar. O si ha perdido y sigue jugando: Tenga la bondad de poner
dos veces en el juego. O: falta tal cantidad en lo que debiera haber, alguien
no ha puesto la última vez. En estas ocasiones hay que procurar no usar formas
de hablar como éstas: ¡Pague!, ¡ponga en el juego! Aunque cuando se juega sea
necesario mostrar mucha alegría en el rostro, ya que no se juega sino para
divertirse, con todo es contrario a la cortesía manifestar excesivo contento
cuando se gana; y lo mismo turbarse, entristecerse o enfadarse cuando se
pierde; pues es señal de que sólo se juega para ganar dinero. Uno de los
mejores medios de que puede uno servirse para no incurrir en ninguno de estos
desórdenes, es apostar tan poco dinero que ni la ganancia ni la pérdida puedan
excitar ninguna pasión en los que juegan. También es descortés canturrear o
silbar mientras se juega, aun cuando se haga con suavidad y entre dientes.
Mucho más aún lo es tamborilear con los dedos o los pies; sin embargo, es lo
que sucede a veces con los que están muy enfrascados en el juego. Si en el juego
surge alguna diferencia, hay que abstenerse de gritar, disputar o ponerse
terco. Pero si uno está obligado a defender una jugada, debe hacerlo con mucha
mesura y educación, exponiendo simplemente y en pocas palabras el derecho que
se cree tener, sin ni siquiera levantar ni cambiar el tono de voz, por poco que
sea. Cuando se pierde, la educación exige pagar siempre antes de que se lo reclamen;
pues es señal de espíritu generoso y de persona bien nacida pagar lo que debe
en el juego, sin denotar ningún pesar”.
Y un poco más adelante, el santo
Fundador añade: “Es totalmente contrario a la educación enardecerse en el
juego. Sin embargo, no hay que descuidarse ni dejarse ganar por complacencia,
para que la persona con quien se juega no crea que se pone poco esfuerzo en
contribuir a su diversión”.
En sus orientaciones sobre cómo comportarse
en el juego, Juan Bautista De La Salle deja bien clara cuál su concepción de la
sociedad: su división en diferentes clases sociales y la relación que debe mantenerse
entre ellas, incluso cuando se habla de una actividad de puro ocio, como el
juego: “Nunca hay que comenzar a jugar con una persona de rango muy superior
sin que ella lo pida. Pero si una persona de calidad obliga a alguien, que es
de condición muy inferior a la suya, a que juegue con ella, hay que cuidarse mucho
de manifestar apresuramiento en el juego ni ganas de ganar, pues eso es señal
de pequeñez de espíritu y de que se es de baja condición. Si uno sabe que la
persona con quien está jugando, y a quien se debe respeto, le cuesta perder, si
se le gana no hay que abandonar el juego, a menos que la decisión parta de
ella, o que

haya vuelto a recuperar lo que hubiere perdido. Pero si se pierde,
puede uno retirarse cortésmente, y esto siempre está permitido, cualquiera que
sea la persona con quien se juega. Es educado manifestar que se está satisfecho
de que una persona a quien se debe respeto gane en el juego, particularmente
cuando no juega uno mismo o se es sólo espectador”.
Sin olvidarse de ceder el puesto a
quienes lo “merecen” más que tú: “Si personas más calificadas llegan para jugar
y se está ocupando el lugar, la cortesía exige ceder el puesto”.
Esta concepción social de quien viene
de una familia de la alta burguesía se manifiesta en otros detalles. Por
ejemplo a la hora de jugar con alguien que no es de tu misma posición social: “Y
si se juega con una persona de mayor rango, por parejas, y esa persona llega a
ganar la partida, su compañero debe guardarse mucho de decir «hemos ganado»;
sino «usted ha ganado, caballero», o «usted ganó»”.
También tienen su interés las
apreciaciones del santo De La Salle en relación con lo que él llama “humor”
para jugar: “Es importante abstenerse por completo de jugar si uno no es de
humor asequible
en el juego, pues podrían seguirse muchos inconvenientes que
uno debe evitar. Pero si la persona con quien se juega está de mal humor, no
hay que manifestar que uno está molesto, por sus palabras o por su modo de
actuar. Mucho menos aún debe uno tomar en consideración sus arrebatos. Hay que intentar
proseguir tranquilamente el juego, como si no ocurriera nada. La misma
prudencia y la sensatez exigen que se eche todo a buena parte, y que nunca se
desvíe uno del respeto debido a esa persona, ni de la tranquilidad que se debe
conservar siempre en el espíritu. Es muy descortés reírse de alguien que no
hubiera tenido habilidad en el juego”.
Por otra parte, en el texto del Santo resulta
evidente que el juego de cartas, como el ajedrez o las damas, se considera
socialmente -y moralmente- admisible porque la “destreza interviene en
ellos y no son puramente de azar. Pero hay otros que son hasta tal punto de
azar, como… el juego de dados u otros semejantes, que no solo están prohibidos
por la ley de Dios, sino que ni siquiera se permite
jugar a ellos de acuerdo
con las reglas de la cortesía. Por eso deben ser considerados como indignos de
una persona bien educada”.
En caso de jugar al ajedrez o las
damas, el Santo afirma que “es educado ofrecer las piezas blancas, o las damas
blancas, a la persona con quien se juega, o colocárselas delante, o al menos
ayudarle a ello o disponerse a hacerlo, y no consentir que se nos ofrezcan las
piezas blancas de ajedrez o las damas blancas, ni que las pongan delante de
nosotros”.
Por otra parte, De La Salle también se
refiere al tiempo que se debe dedicar al juego. Lo ha mencionado ya, como de
pasada, en uno de los textos citados más arriba, pero más adelante vuelve a
referirse al asunto con más extensión: “La urbanidad exige también que el
tiempo que se dedique al juego sea moderado, y que muy lejos de jugar
continuamente, como hacen algunos, no se juegue ni siquiera con demasiada
frecuencia, ni varias horas seguidas. Pues eso sería convertir en ocupación
algo que no es propiamente sino un descanso o interrupción del trabajo por
corto tiempo, lo que no es compatible con la sensatez propia de una persona que
sabe comportarse”.
Destaquemos, por fin, que entre los
distintos juegos a los que uno pudiera entregarse, “los juegos que ejercitan el
cuerpo, como el frontón o los bolos […] son preferibles a los demás, e incluso
a los que ejercitan y absorben demasiado la mente, como son el ajedrez y las
damas”. Eso
sí: “Cuando se juega a ese tipo de juegos, que favorecen el ejercicio físico,
hay que guardarse mucho de hacer contorsiones ridículas o indecorosas con el
cuerpo. Hay que procurar también no sofocarse y evitar desabrocharse y quitarse
la ropa, ni siquiera el sombrero, pues son cosas que la urbanidad no consiente”. Que se
olvide nunca, pues, la cortesía y la modestia cristianas, bien iluminadas por
una moral de corte puritano, por supuesto.

Reglas de cortesía y urbanidad cristiana
para uso de las Escuelas Cristianas, publicado por primera vez en 1703 -en vida del Fundador por tanto- que la traducción española de las Obras Completas de De La Salle le ha
asignado las siglas RU. Si consideramos toda la historia lasaliana, hasta
nuestros días, es, sin duda, con diferencia, el mayor best-seller entre los escritos del Fundador. En este curioso libro
de De La Salle podemos encontrar un capitulillo entero, bastante extenso,
dedicado a cómo comportarse en el juego, de cartas o de otro tipo, en RU 2,5,3
(205,3,377-393)