Precursores de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (14)
Hemos
comentado ya cómo el Padre Barré promovió dos interesantes redes de escuelas
para niñas, una en Ruan y la otra en París, y sendas instituciones de maestras
cristianas para animar dichas redes, con sus respectivos seminarios de
formación. Todos estas obras fueron muy originales y de mucho éxito.
Pero,
¿cuál es la conexión entre De La
Salle y Barré, habida cuenta de la respetable distancia
geográfica que existía entre sus mundos
—sobre todo en aquellas fechas de transportes complicados—, y que gran
parte de la historia de las fundaciones de Barré tiene lugar cuando De La Salle era aún muy joven? La
respuesta es, sin duda, Nicolás Roland, director espiritual de De La Salle en sus últimos años de
seminario y, al mismo tiempo, conocido y entusiasta imitador de Barré. Y
también seguramente, aunque de forma distinta, Adrián Nyel.
Y
es que, en efecto, al poco de ser ordenado sacerdote, en pleno proceso de
conversión interior, Roland acudió a Ruan en busca de los consejos espirituales
de un sacerdote que, a su vez, colaboraba con Barré: el Padre Antonio De La Haye. Nos hallamos en
1666, justo cuando las primeras escuelitas del Padre Barré están echando a
andar por aquellas comarcas normandas. Cuatro años más tarde, siendo ya un
respetable canónigo y prestigioso
predicador en Reims, Nicolás Roland es invitado por su director espiritual De La Haye a predicar un retiro en
Ruan. Para aquellas fechas Roland ha leído ya las Remontrances de Démia y, apreciando en directo lo que estaba
sucediendo en Ruan con las escuelas del Padre Barré, acabó convenciéndose, con
impetuoso entusiasmo, de que aquel de las escuelas para pobres era también el
camino apostólico y espiritual que Dios le proponía. Para iniciarlo, llegó
incluso a un acuerdo con el Mínimo para que enviase a Reims a un par de
Hermanas de la Providencia,
de modo que pudieran enseñar a las futuras maestras de Roland los rudimentos de
la vida en común.
De esta manera, la obra apostólica de Roland tomó una dirección precisa, pues
hasta entonces el canónigo se había limitado simplemente a acoger y socorrer,
sin ninguna estructuración concreta, a algunas niñas huérfanas o abandonadas.
Tras la muerte de Roland, ocho años más tarde, a De La Salle le tocaría como
herencia oficializar la institución de maestras fundada por Roland, que llevaba
la impronta indudable de Nicolás Barré.

Una
segunda conexión, en la misma línea, complementaria de la anterior sin duda, le
llega a De La Salle
a través de la figura de Adrián Nyel, que vivía en Ruan, se dedicaba a las
escuelas y tenía alto aprecio por la obra del Padre Barré en la capital
normanda. Además, en la carta que Nyel trae para el canónigo De La Salle de parte de la viuda
Maillefer, su pariente lejana, hay también referencias implícitas a Barré. Y es
que, casualmente, esta señora había ya colaborado con Barré en la fundación de
una escuela para niñas en Darnétal, cerca de Ruan, y parecer ser que se había
comprometido con Roland a hacer lo mismo en Reims, ciudad natal de ambos,
aunque apostando esta vez en favor de los chicos. Con Roland ya enterrado, De La Salle aceptó ese reto y se
puso a las órdenes de Nyel para organizar en 1679 la que a la postre sería la
primera escuela lasaliana de la historia, con evidentes resonancias barresianas
y ruanesas.
Con
Juan Bautista De La Salle
metido de lleno, junto a Nyel, en la labor de fundar escuelas y formar a
maestros, habiéndose quedado, por el fallecimiento de Roland, sin director
espiritual que lo guiara, y enfrentado a decisiones muy complejas, que
requerían probada experiencia espiritual y convicciones evangélicas muy
profundas, nuestro joven canónigo decide acudir al Padre Barré para que le
ilumine en el oscuro camino. La opción de consultar a Barré se abriría paso
hacia el joven Juan Bautista por cualquiera de los caminos que hemos indicado
más arriba, quizás por varios de ellos a la vez, o incluso por el prestigio que
como director espiritual y promotor de escuelas había ya adquirido el Mínimo,
sin duda, para aquellas fechas.
Sea
como fuere, el encuentro entre ambas personalidades se produce en 1680. Será,
sin duda, el primero, y probablemente también el último. Porque si, hasta la
muerte del Padre Barré, con seguridad, el contacto entre ellos debió de ser
bastante estrecho, lo más probable es que se llevara materialmente a cabo a
través de cartas, aunque de tal presunta correspondencia no haya quedado
constancia ninguna. Pudo haber, quizás, un nuevo encuentro en 1682, aunque no
es demasiado probable; porque París quedaba entonces a ¡tres días! de viaje de
Reims, y no estaban las cosas en la ciudad del champán como para dejarlas
demasiado tiempo a su aire. Por otra parte, para cuando los Hermanos llegaron a
París, el Mínimo llevaba muerto casi dos años.
Hermano Josean Villalabeitia