Introducción al libro
de San Juan Bautista De La Salle así titulado
Si hoy se conoce la figura de Juan Bautista
De La Salle
(1651-1719) es, probablemente, gracias a sus seguidores más cercanos, los
Hermanos de las Escuelas Cristianas –conocidos
también por el apelativo de “Hermanos de La Salle ”, en referencia a quien fuera su iniciador-,
que han llenado de escuelas, colegios y
centros educativos de toda condición numerosos lugares de nuestra tierra.
de San Juan Bautista De La Salle así titulado
Así las cosas, nada de extraño tiene el que
entre nosotros se acostumbre a destacar, sobre todo, algunas facetas concretas
de la personalidad de este santo francés y de su aportación a la historia y a
la sociedad. Su condición de excelente pedagogo, por ejemplo, no sólo en el
terreno de la práctica, sino también en el de la reflexión escolar, como autor,
junto con los primeros Hermanos, del que es generalmente reconocido como uno de
los mejores tratados de pedagogía -si no el mejor- publicados durante el siglo XVIII: la Conduite des Écoles Chrétiennes, conocido en
español como Guía de las Escuelas
Cristianas. O su carácter de fundador de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas, congregación religiosa cuyos impagables servicios en campos tan
esenciales como la educación popular, la formación de maestros o la
evangelización pocos se atreverán a menospreciar. O, incluso, sus dotes como guía
espiritual y autor notable de obras que han orientado el compromiso cristiano
de tantos educadores creyentes por las vías del Evangelio, haciéndolos caer en
la cuenta de que, ejerciendo su profesión con fe, responsabilidad y entrega
generosa, estaban respondiendo a la llamada divina a construir el Reino de Dios
y desarrollaban un auténtico ministerio eclesial.
Con estas premisas previas, puestos a
buscar entre la veintena de libros que Juan Bautista De La Salle llegó a publicar el
que, sin duda, ha tenido mayor éxito editorial pocos darían con el título acertado.
Porque lo normal sería pensar en alguna obra de contenido más bien espiritual,
o quizás escolar, o pedagógico. Sin embargo, por más que a más de uno le pueda
costar convencerse de ello, el gran éxito editorial de Juan Bautista De La Salle a lo largo de la
historia ha sido un tratado sobre cortesía y buenas maneras titulado Règles de la bienséance et de la civilité
chrétiennes à l’usage des Écoles Chrétiennes, que se ha traducido al
español con el título de Reglas de
cortesía y urbanidad cristianas para uso de las Escuelas Cristianas. Los
datos son incontestables; echémosles un vistazo.
Nuestro libro se imprimió por primera vez a
principios de 1703, y tuvo ya cuatro reediciones en vida de su autor. Hasta el
día de hoy se han localizado ejemplares de 177 ediciones distintas, aunque
algunos calculan que, si se tuvieran en cuenta los ejemplares probablemente destruidos
para siempre a causa de los avatares históricos
-no olvidemos que por medio se halla la Revolución Francesa-,
el número real de ediciones podría superar los dos centenares. Sólo a lo largo
del año 1825, por aportar otro dato, salieron al mercado seis ediciones,
preparadas por seis imprentas distintas. La mayor parte de los ejemplares
publicados están en su lengua original, el francés, aunque los responsables de
su impresión no siempre radicaran en Francia; y es que durante el segundo
tercio del siglo XIX, con la expansión y progresiva consolidación del Instituto
de los Hermanos en aquellos países, también aparecieron libros de la Civilité
en Bélgica y Canadá, junto con otras traducciones parciales al inglés, en
Irlanda, y al alemán. Recientemente, y fuera ya de los cómputos antedichos, ha
visto la luz una edición crítica muy cuidada, al tiempo que el libro se
publicaba en su integridad en inglés, italiano, portugués, vasco y español,
idioma este último en el que, además, en edición diferente, apareció asimismo una
interesante selección de textos. Todo un récord para una obra que nació con pretensiones
mucho más humildes; porque, en el fondo, las
Règles de la bienséance et de la civilité chrétiennes lasalianas no son más
que un simple libro de lectura escolar.
Juan Bautista De La Salle y sus discípulos procuraban,
en efecto, organizar la educación en sus establecimientos a partir de unos planteamientos
muy pegados al suelo, tremendamente prácticos, de modo que todo lo realizado en
la escuela sirviera sin más a los alumnos para la vida que les aguardaba fuera
de los muros escolares. Por explicarlo en términos populares, con sus métodos los
Hermanos trataban siempre de matar dos pájaros de un tiro. Al objetivo
puramente didáctico de aprender a leer, por centrarnos en el aspecto que aquí
nos interesa, intentaban asociarle otro más directamente relacionado con la
vida misma. Éste podía ser de corte más profesional, como el trabajo sobre
manuscritos u otros documentos concretos, que les permitiera conocerlos bien,
saber qué apariencia material presentaban, de qué manera estaban escritos, con
qué tipos de letra, en qué había que fijarse, etc.; otros tenían una finalidad claramente
religiosa, como el conocimiento de oraciones o pasajes bíblicos, de modo que
los alumnos fueran poco a poco familiarizándose con ellos; y en otros primaba
el propósito social, o más general, como es el caso que nos ocupa: en él, al objetivo
puramente didáctico de aprender a leer se añadía el conocimiento de las reglas
sociales de urbanidad y cortesía comúnmente admitidas en la buena sociedad de
las ciudades, de forma que su uso fuera calando en unos alumnos más bien poco habituados
a regirse por este tipo de conductas. Partiendo de esta filosofía de base, que
permitía preparar más directa y rápidamente a los alumnos para la vida, los
Hermanos habían seleccionado y escalonado convenientemente las lecturas más
apropiadas a las necesidades educativas de sus escolares.
Como es bien sabido, contra lo que se
estilaba en las sociedades occidentales de finales del siglo XVII, en las
primitivas escuelas lasalianas se enseñaba primero a leer en francés y sólo cuando
los escolares se manejaban bien en su lengua vernácula se pasaba al latín, cuya
lectura también terminaban por dominar quienes continuaban en la escuela hasta
los últimos grados. A partir de esta revolucionaria opción metodológica, los
Hermanos habían establecido en sus escuelas nueve niveles de lectura. Pues
bien: el libro que nos ocupa era el correspondiente al octavo nivel, consecutivo
al séptimo, cuyo manual de lectura eran los salmos bíblicos, que se leían en
latín, de manera que los alumnos de este grado pusiesen definitivamente a punto
la lectura en dicha lengua, y previo al noveno y último, que consistía en la
lectura de manuscritos de todo tipo: contratos, actas, cartas, etc. La
peculiaridad de las Règles de la
bienséance et de la civilité chrétiennes, redactadas en francés y desde ese
punto de vista sin apenas dificultad para los alumnos de octavo nivel, residía
en el hecho de estar imprimidas en caracteres góticos, o muy parecidos a ellos,
lo que complicaba mucho su interpretación. Aunque no era demasiado frecuente
por aquella época encontrarse con este tipo de letra en las publicaciones, tampoco
era raro del todo, sobre todo en libros de cortesía y buena educación -de hecho, a estas letras se las llamaba caractères de civilité-, por lo que parecía
obligado entrenar a los chavales en su lectura. Con ese propósito nació nuestro
libro que, según hemos comentado, alcanzó pronto un éxito enorme.
Pero, si el origen del libro es el que se acaba
de explicar, no sería justo silenciar que, sin descuidar nunca su objetivo
inicial -que, materializándose en contenidos concretos diferentes, ha servido de
acicate hasta bien entrado el siglo XX para la aparición de numerosos libros de
lectura escolar con pretensiones similares-, muy pronto, incluso en vida de su
propio autor, surgieron ediciones de las Règles
de la bienséance et de la civilité chrétiennes en caracteres normales, cuya
única intención era dar a conocer el tenor literal de la obra a los interesados.
De hecho, gran parte de las ediciones que han llegado hasta nosotros están imprimidas
en los tipos de letra habituales de cualquier libro. Y es que, si atendemos a
sus contenidos concretos, nuestro libro parecería dirigido a un público muy distinto
de los hijos de los artesanos y los pobres que atestaban las aulas de las
primeras escuelas lasalianas. A lo largo de sus páginas, el Señor de La Salle parece dirigirse a
gente de su propio nivel social: urbano y de una cierta cultura; como es obvio,
si se mueve con tanta soltura en estas cuestiones es porque trata de asuntos
que, por propia experiencia, conoce a la perfección. Es como si el Santo de
Reims quisiera extender la manera concreta de comportarse que él mismo había
aprendido en su familia a todos los alumnos de sus escuelas, de extracción
urbana como él, aunque la mayor parte de ellos pertenecientes a niveles
sociales muy diferentes del suyo.
Más tarde, con el paso del tiempo, los
cambios alcanzaron al propio contenido del libro, que sufrió algunas transformaciones
sustanciales. Así, se adaptó al mundo de las niñas, y hasta el propio Instituto
de los Hermanos, según evolucionaban las modas y exigencias sociales, fue introduciendo
en él ajustes progresivos, tanto para agilizar el estilo como para poner al día
su contenido, que desfiguraron un tanto el texto originario, aunque sin enmascarar
del todo sus raíces de proveniencia y buena parte de su tronco y ramaje.
Las Règles
de la bienséance et de la civilité chrétiennes no son, ni mucho menos, el
único libro de cortesía conocido por aquella época. Al contrario, desde que Erasmo
de Rotterdam abriera la veda en 1526 con la redacción y publicación del
primero, los tratados de urbanidad habían ido cobrando interés entre las clases
más altas de las sociedades europeas. En tiempos del Señor de La Salle circulaban por Francia
unos quince, de los que dos o tres gozaban incluso de una cierta popularidad
entre las capas cultivadas. De La
Salle se inspiró claramente en ellos, ya sea en cuanto a
contenido, ya en el estilo y forma de expresarse o en el esquema general
elegido para organizar la obra. Nuestro autor no intenta en absoluto camuflar
este hecho, entre otras cosas porque, por aquel entonces, el plagio no
preocupaba para nada a los escritores; pero, de poder consultarle la cuestión,
es muy probable que se hubiera mostrado convencido de haber compuesto una obra original.
Porque, en los tratados de cortesía y urbanidad que conocía, seguro que Juan
Bautista De La Salle
echaba de menos algo que para él resultaba primordial, indispensable: alguna
razón de fondo importante para comportarse según se proponía en los libros y no
de manera más grosera. Y, como es natural, para nuestro Santo esta razón
fundamental no podía ser otra que la fe.
En este sentido, la gran aportación lasaliana
al mundo de las reglas de urbanidad y cortesía es su fundamentación cristiana,
que les da una peculiaridad innegable, como atestigua sin esfuerzo la presencia
del adjetivo chrétiennes en el mismo
título de la obra. Y es que para Juan Bautista De La Salle actuar en público como
se debe es una consecuencia evidente de la caridad cristiana, una manera concreta
de amar al prójimo, de respetarlo, de hacerle ver con obras que para nosotros cuenta
y es importante. Por ello, desde las páginas del libro se pondrá en guardia al
lector para que evite en sus actos las intenciones viles, para que nunca deriven
éstos de la falsedad o la doblez, para que se alejen de toda hipocresía, vicio
tan extendido en ciertos ambientes sociales de la época que algunos manuales
del género lo presentaban como perfectamente aceptable y normal. Para Juan
Bautista De La Salle ,
en cambio, la hipocresía se compadece muy mal con la fe cristiana ya que es
contraria a las propuestas evangélicas, que son las que debieran inspirar la
vida entera del creyente. No a la hipocresía, por tanto, y un sí muy grande al
amor cristiano, con lo que las Règles de
la bienséance et de la civilité chrétiennes entran de lleno en los fines evangelizadores
de la escuela de los Hermanos.
Juan Bautista De La Salle , al que se suele calificar
a menudo -con alguna razón- de escritor denso y hasta en muchas ocasiones
monótono y pesado, logra, sin embargo, en esta obra, adaptarse al auditorio al
que va dirigida y expone los distintos hechos y sus circunstancias con gran
claridad, evitando los párrafos demasiado largos que caracterizan otras obras
suyas, mostrándose concreto y minucioso, sin rehuir en ningún momento la
crudeza de ciertos temas por lo demás ineludibles en este terreno, como los
modos de comportarse en la mesa, la higiene personal, la suciedad indumentaria,
o los escupitajos, mocos y demás.
Analizando globalmente su obra completa –y no solamente la escrita-, algunos expertos
en temas lasalianos descubren en el Señor de La Salle una personalidad muy original,
en la que se concitan, en extraña mezcla, varias características muy distintas
entre sí. Porque, por un lado, De La
Salle parece muy tradicional, hasta extremadamente
conservador, sobre todo cuando se refiere a ciertas cuestiones de costumbres y
religión, mientras que desde otros puntos de vista más prácticos se muestra
como un adelantado a su tiempo, un auténtico enciclopedista que actúa como tal bastantes
décadas antes de que esa manera de plantear la vida, basada en la organización,
la observación de la realidad, la experimentación de nuevas técnicas, el método
de ensayo y error, etc., se abra un hueco destacado en la historia occidental. Aunque
puede que en algunas obras suyas estos planteamientos no aparezcan tan claros,
el libro de las Règles de la bienséance
et de la civilité chrétiennes es un ejemplo nítido de lo acertado que
resultan en otras ocasiones. Porque si atendemos a la presentación de la
sociedad y a las concepciones sociales que se vislumbran en sus páginas -la estricta división de la sociedad en grupos
sociales inamovibles; el respeto y acatamiento que cada cual debe al nivel
social en que su nacimiento le ha colocado, manifestación evidente de la
voluntad de Dios sobre él; la indiscutible sumisión de los artesanos a los
nobles, independientemente de la riqueza de la que cada cual pueda hacer gala; las
nulas posibilidades de que los miembros de las capas más bajas consigan
progresar en la escala social, por más dinero que atesoren o matrimonios traten
de arreglar; etc.-, resulta del todo evidente que a nuestro autor ni se le pasa
por la cabeza que la organización social en la que él mismo se había criado
pudiera ser alterada lo más mínimo, o incluso que fuera pertinente intentarlo, aunque
personalmente hubiera renunciado a sus prerrogativas sociales y religiosas para
irse a vivir con y como sus Hermanos, gente de una categoría social muy
inferior a la que por nacimiento pertenecía su fundador. Pero, al mismo tiempo,
en el planteamiento fundamental de sus escuelas, que pretendían formar a los
alumnos modestos en áreas que, de acuerdo con los usos sociales de su tiempo, se
alejaban por completo de lo estrictamente necesario e, incluso, de lo conveniente
y prudente; en la opción por un método pedagógico tan alejado de lo que por
entonces se estilaba; en el escalonamiento minucioso de sus objetivos
educativos; en la utilización del libro como medio para el aprendizaje
simultáneo de la lectura y de los buenos modales; en el contenido mismo del texto,
que por aquellas fechas pocos considerarían adecuado al tipo de alumnos que
frecuentaban las aulas lasalianas, etc., nuestro autor aplica con mucha
antelación no pocos principios de los que, casi un siglo más tarde, promoverían
en Occidente un sinfín de cambios trascendentales de todo tipo, cuyo
pistoletazo de salida se suele asociar con la Revolución Francesa.
Lo dicho: una curiosa mezcla que, contra todo pronóstico, en ningún momento
chirría.
El paso del tiempo ha sido inmisericorde
con los contenidos de cortesía y urbanidad de las Règles de la bienséance et de la civilité chrétiennes. Hoy vivimos
en otra época, en la que los consejos de Juan Bautista De La Salle en relación con estos
temas pueden sonar a curiosidad histórica e incluso a extravagancia y ridículo.
Ahí han quedado, no obstante, inalterados, como testigos mudos, pero
elocuentes, de las costumbres y criterios de aquella gente. Aunque, a la hora
de valorar estas cuestiones, lo más sensato es andar con cierto cuidado; porque
si las reglas de cortesía de los siglos XVII y XVIII son hoy anacrónicas y
remiten inmediatamente a unos tiempos del todo caducos y olvidados, en los que
la sociedad vibraba con asuntos en las antípodas de los que hoy nos preocupan,
en el fondo del libro late una preocupación pedagógica que sigue conservando gran
parte de su vigor. Ese afán por educar al niño de manera integral, por ejemplo,
y no sólo a base de llenar su cabeza de datos más o menos interesantes. O la
preocupación constante por adaptar los contenidos de la enseñanza, las técnicas
educativas y los materiales didácticos a las necesidades concretas que
encontrarán los escolares en la sociedad, cuando les toque ganarse la vida en
ella. O las invitaciones permanentes que se lanzan a los padres para que tomen
en serio la educación de sus retoños en todos los aspectos de su existencia,
incluidos los aparentemente más intrascendentes. Desde este punto de vista
menos literal, en una sociedad como la nuestra, que con frecuencia vacía la
pedagogía de muchos de sus componentes humanistas de base y la deja en
demasiadas áreas huérfana de abundantes dosis de sentido común, las Règles de la bienséance et de la civilité
chrétiennes mantienen, y hasta han dilatado, buena parte de su interés
pedagógico y didáctico.
Decíamos más arriba que para encontrar el libro
más exitoso de Juan Bautista De La
Salle parecía lógico rebuscar entre sus obras religiosas o
escolares. Es la mejor opción, sin duda, porque lleva además, de hecho, a los
resultados apropiados. Y es que, desde los ángulos que hemos expuesto, las Règles de la bienséance et de la civilité
chrétiennes son una obra que pertenece por derecho propio a ambas
categorías al mismo tiempo; no en vano se trata de un libro escolar que intenta
enseñar a los alumnos, no sólo los secretos de la lectura más enrevesada, sino
también el arte de la relación social, que es una forma importante de caridad
cristiana; también es, por tanto, catequesis, formación humana y cristiana a un
tiempo. Educación integral, en definitiva, que incluye, como no podía ser
menos, el cultivo de las dimensiones trascendentes, sin caer para nada en el
adoctrinamiento. Un pequeño tesoro pedagógico, en definitiva, si el lector es
capaz de saltar por encima de sus anacronismos y extravagancias para llegar a
su meollo educativo y catequístico fundamental, cien por cien lasaliano.
Josean
Villalabeitia